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27 y Y EPILOGO

27 FISCALÍA DE LA CORONA A: Jefe de la Fiscalía Documento confidencial Re.: William John Tray nor 4-9-2009 Los detectives ya han interrogado a todos los involucrados en el caso indicado, y en consecuencia adjunto los archivos que contienen todos los documentos pertinentes. El sujeto de la investigación es el señor William Traynor, de treinta y cinco años, antiguo socio de la firma Madingley Lewins, ubicada en la ciudad de Londres. El señor Traynor sufrió una lesión medular en un accidente de tráfico en 2007 y le fue diagnosticada una tetraplejia C5/C6 con un movimiento muy limitado en un solo brazo, que exigía una atención de veinticuatro horas. Se adjunta su historial clínico. Los documentos muestran que el señor Traynor se había esforzado en regularizar sus asuntos legales antes de viajar a Suiza. Su abogado, el señor Michael Lawler, nos ha hecho llegar una declaración de intenciones firmada ante testigos, así como copias de toda la documentación pertinente relacion...

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26 Supongo que en otras circunstancias habría parecido extraño que yo, Lou Clark, una muchacha que apenas se había alejado de su pueblo durante más de veinte años, se dispusiera a volar a su tercer país en menos de una semana. Pero preparé el equipaje con la rápida eficacia de una azafata de vuelo, con solo lo esencial. Treena se apresuró a mi alrededor, en silencio, a coger otras cosas que creía que me vendrían bien, y a continuación bajamos por las escaleras. Nos detuvimos a medio camino. Nuestros padres ya estaban en la entrada, de pie, juntos, de un modo que no presagiaba nada bueno, como cuando hace tiempo llegábamos tarde de una fiesta. —¿Qué pasa aquí? —Mi madre miraba mi maleta. Treena se situó frente a mí. —Lou va a ir a Suiza —dijo—. Y tiene que salir ya. Hoy y a solo queda un vuelo. Estábamos a punto de movernos cuando mi madre dio un paso al frente. —No. —En su boca se dibujaba una línea desconocida y cruzó los brazos con torpeza—. De verdad. No quiero que t...

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25 Katrina Tras volver de sus vacaciones, Louisa no salió de su habitación durante treinta y seis horas. Llegó del aeropuerto el domingo por la noche, ya tarde, pálida como un fantasma bajo el bronceado..., y, al principio, no logramos comprenderlo, pues nos había dicho con claridad que nos veríamos el lunes por la mañana. Tengo que dormir, dijo, y se encerró en su habitación y fue derecha a la cama. Nos pareció un poco extraño, pero ¿qué sabíamos nosotros? Lou ha sido rara desde que nació, al fin y al cabo. Mi madre le llevó una taza de té por la mañana y Lou ni se movió. A la hora de cenar, mi madre ya estaba preocupada y la sacudió, para comprobar que estaba viva. (Es un tanto melodramática, mi madre: aunque, para ser justos, había cocinado pastel de pescado y tal vez quería que Lou no se lo perdiese). Pero Lou se negó a comer, y ni habló ni bajó con nosotros. Solo quiero estar aquí un rato, mamá, dijo, contra la almohada. Por fin, mi madre la dejó sola. —No es la mis...

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24 Para un transeúnte no hay nada más desconcertante que ver a un hombre en silla de ruedas implorando a la mujer que debería cuidarlo. Al parecer, no está muy bien visto enfadarse con el discapacitado al que atiendes. Más aún cuando resulta evidente que es incapaz de moverse y dice, con una amabilidad exquisita: « Clark, por favor, ven aquí. Por favor» . Pero no pude. No podía ni mirarlo. Nathan se encargó de preparar el equipaje de Will y me reuní con ellos en el vestíbulo a la mañana siguiente (Nathan aún resacoso) y, desde el momento en que estuvimos juntos, me negué a hacer nada que tuviera que ver con él. Me sentía tan furiosa como desdichada. Una voz dentro de mi cabeza me exigía alejarme de Will tanto como fuera posible. Ir a casa. No volver a verlo. —¿Estás bien? —dijo Nathan, que apareció a mi lado. En cuanto llegamos al aeropuerto me había apartado de ellos para dirigirme al mostrador de facturación. —No —dije—. Y no quiero hablar de ello. —¿Resaca? —No. Hu...

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23 Exactamente diez días más tarde, el padre de Will nos dejó en el aeropuerto de Gatwick. Nathan forcejeó para subir las maletas a un carrito mientras yo comprobaba una y otra vez que Will iba cómodo..., hasta que se hartó de mí. —Cuidaos. Y que tengáis buen viaje —dijo el señor Traynor, que dejó caer una mano sobre el hombro de Will—. No hagáis demasiadas tonterías. —Y me guiñó el ojo al decir eso. La señora Traynor no logró escaparse del trabajo para venir. Sospeché que en realidad eso significaba que no estaba dispuesta a pasar dos horas en coche junto a su marido. Will asintió pero no dijo nada. Había permanecido en un silencio inquietante durante el tray ecto en coche, mirando por la ventanilla con esa expresión impenetrable, sin hacer caso ni a Nathan ni a mí, que hablábamos del tráfico y de las cosas que se nos habían olvidado en casa. Incluso mientras recorríamos la terminal del aeropuerto, dudé si estábamos haciendo lo correcto. La señora Tray nor se había nega...