27 y Y EPILOGO

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FISCALÍA DE LA CORONA
A: Jefe de la Fiscalía
Documento confidencial
Re.: William John Tray nor
4-9-2009
Los detectives ya han interrogado a todos los involucrados en el caso indicado, y
en consecuencia adjunto los archivos que contienen todos los documentos
pertinentes.
El sujeto de la investigación es el señor William Traynor, de treinta y cinco
años, antiguo socio de la firma Madingley Lewins, ubicada en la ciudad de
Londres. El señor Traynor sufrió una lesión medular en un accidente de tráfico
en 2007 y le fue diagnosticada una tetraplejia C5/C6 con un movimiento muy
limitado en un solo brazo, que exigía una atención de veinticuatro horas. Se
adjunta su historial clínico.
Los documentos muestran que el señor Traynor se había esforzado en
regularizar sus asuntos legales antes de viajar a Suiza. Su abogado, el señor
Michael Lawler, nos ha hecho llegar una declaración de intenciones firmada ante
testigos, así como copias de toda la documentación pertinente relacionada con sus
consultas con la clínica mencionada.
La familia y los amigos del señor Traynor habían expresado unánimemente
su oposición al deseo manifiesto de acabar con su vida prematuramente, pero,
dados su historial clínico y los intentos anteriores de suicidio (detallados en los
registros del hospital adjuntos), así como su inteligencia y fuerza de carácter,
fueron al parecer incapaces de disuadirlo, incluso durante un prolongado periodo
de seis meses que negociaron con él con esa única finalidad.
Es digno de mención que una de las beneficiarias del testamento del señor
Tray nor es su cuidadora remunerada, la señorita Louisa Clark. Dada la brevedad
de su relación con el señor Traynor, cabría cuestionar la generosidad del señor
Tray nor con ella, pero todas las partes afirman que no desean impugnar los
deseos del señor Traynor, que están legalmente documentados. Ha sido
largamente interrogada en varias ocasiones y la policía está convencida de que
hizo un gran esfuerzo para disuadir al señor Tray nor (véase el « calendario de
aventuras» incluido entre las pruebas).
Asimismo, es digno de mención que la señora Camilla Traynor, la madre,
una respetada juez de paz durante muchos años, ha presentado la dimisión debido
a la publicidad que ha recibido el caso. Es sabido que ella y el señor Traynor se
separaron poco después de la muerte de su hijo.
Si bien esta fiscalía no apoy a el suicidio asistido en clínicas extranjeras, a
juzgar por las pruebas reunidas es evidente que la familia del señor Traynor y
sus cuidadores han obrado según las directrices actuales relativas al suicidio
asistido y a la posible acusación por parte de los seres cercanos al fallecido.
El señor Traynor fue declarado competente y tomar esa decisión fue su
deseo « voluntario, claro, decidido e informado» .
No hay prueba alguna de enfermedad mental ni de coacción por parte de
nadie.
El señor Tray nor había manifestado sin equívoco posible que deseaba
suicidarse.
La discapacidad del señor Traynor era grave e incurable.
Las acciones de quienes acompañaron al señor Traynor supusieron tan solo
una ay uda menor.
Las acciones de quienes acompañaron al señor Traynor pueden describirse
como asistencia renuente ante el deseo manifiesto por parte de la víctima.
Todas las partes involucradas han colaborado sin reservas con la policía
durante la investigación del caso.
Considerando estos hechos sumariamente expuestos, la buena reputación de
todas las partes y las pruebas adjuntas, concluyo que iniciar un proceso judicial
no serviría al interés público.
Sugiero que, si se realiza alguna declaración pública a tal respecto, el jefe de
la Fiscalía deje bien claro que el caso de los Traynor no sienta precedente alguno
y que la Fiscalía continuará juzgando cada caso según sus circunstancias
particulares.
Atentamente,
Sheilagh Mackinnon
Fiscalía de la Corona
Epílogo
Me limité a seguir las instrucciones.
Estaba sentada a la sombra del toldo verde oscuro de un café, contemplando
la Rue des Francs Bourgeois, mientras el tibio sol del otoño parisino me daba a un
lado de la cara. Frente a mí el camarero había depositado, con una eficacia
típicamente francesa, un plato de cruasanes y una taza grande de café. En la
calle, a unos cien metros, dos ciclistas se detuvieron cerca del semáforo y
entablaron una conversación. Uno llevaba una mochila azul de la que sobresalían
dos baguetes formando un ángulo extraño. En el aire, inmóvil y pesado, flotaban
los aromas del café y la bollería y el toque acre de los cigarrillos de alguien.
Terminé la carta de Treena (me habría llamado, dijo, pero no se podía
permitir las tarifas de las llamadas al extranjero). Había obtenido las mejores
notas de su promoción en Contabilidad 2 y se había echado novio, Sundeep, quien
trataba de decidir si trabajar en el negocio de importación y exportación de su
padre y tenía unos gustos musicales incluso peores que los de Treena. Thomas
estaba entusiasmado por pasar a una clase nueva en el colegio. A mi padre aún le
iba de maravilla en el trabajo y me mandaba recuerdos. Estaba segura de que
mi madre me perdonaría pronto. Ha recibido tu carta, dijo. Sé que la ha leído.
Dale tiempo.
Tomé un sorbo de café y por un instante me transportó a Renfrew Road, a
una casa que parecía estar a un millón de kilómetros. Entrecerré los ojos por el
sol bajo y observé a una mujer con gafas de sol que se retocaba el pelo ante el
espejo de un escaparate. Frunció los labios al ver su reflejo, se enderezó un poco
y continuó su camino.
Dejé la taza, respiré hondo y cogí la otra carta, la carta que había llevado
conmigo durante casi seis semanas.
En el sobre, en letras mayúsculas, estaba escrito, bajo mi nombre:
PARA LEER SOLO EN EL CAFÉ MARQUIS, RUE DES FRANCS
BOURGEOIS, ACOMPAÑADA DE CRUASANES Y UNA TAZA
GRANDE DE CAFÉ CON LECHE.
Me reí, al mismo tiempo que lloraba, al leer el sobre por primera vez: qué
típico de Will, mandón hasta el final.
El camarero (un hombre alto y enérgico con una docena de trocitos de papel
que le sobresalían del delantal) se dio la vuelta y vio mi mirada. ¿Todo bien?, me
preguntaron sus cejas alzadas.
—Sí —dije. Y añadí, un poco tímida—: Oui.
La carta estaba escrita en ordenador. Reconocí la misma tipografía de una
nota que me había enviado hacía un tiempo. Me recliné en la silla y comencé a
leer.
Clark:
Cuando leas esto habrán pasado unas pocas semanas (incluso con tus
dotes organizativas recién descubiertas dudo que hayas llegado a París
antes de comienzos de septiembre). Espero que el café sea bueno y fuerte
y que los cruasanes estén frescos y que aún haga buen tiempo para
sentarse fuera, en una de esas sillas metálicas que nunca quedan del todo
firmes sobre la acera. No está mal, el Marquis. El bistec también está
rico, por si te apetece volver más tarde a comer. Y si miras por la calle, a
tu izquierda, verás L’Artisan Parfumeur, donde, cuando termines de leer
esta carta, deberías ir a probar el aroma llamado algo así como Papillons
Extrême (no lo recuerdo bien). Siempre pensé que te iría muy bien.
Vale, se acabaron las órdenes. Hay unas cuantas cosas que me
gustaría decirte y te las habría dicho en persona, pero, en primer lugar, te
habrías puesto toda sentimental y, en segundo lugar, no me habrías dejado
decir todo lo que quería decir. Siempre has hablado demasiado.
Por tanto, aquí lo tienes: el cheque que recibiste en el sobre inicial de
Michael Lawler no era la cantidad completa, sino solo un pequeño regalo,
para ay udarte durante las primeras semanas de desempleo, y para que
fueras a París.
Cuando vuelvas a Inglaterra, lleva esta carta a Michael en su despacho
de Londres y te dará los documentos pertinentes para que tengas acceso a
la cuenta que ha abierto en tu nombre. Esta cuenta contiene lo suficiente
para que te compres un lugar agradable donde vivir, para que te pagues la
carrera y para cubrir tus gastos mientras eres estudiante a tiempo
completo.
Mis padres y a estarán informados al respecto. Espero que esto, y el
trabajo jurídico de Michael Lawler, simplifiquen los trámites en la
medida de lo posible.
Clark, desde aquí casi oigo cómo empiezas a hiperventilar. No te
pongas de los nervios ni intentes regalarlo: no es bastante para que te
quedes de brazos cruzados el resto de tu vida. Pero debería ser suficiente
para comprar tu libertad, tanto en lo que se refiere a ese pueblecito
claustrofóbico que los dos consideramos nuestro hogar como a las
elecciones que te viste obligada a tomar hasta ahora.
No te doy este dinero porque quiera que te sientas nostálgica ni en
deuda conmigo, ni tampoco para que sea una especie de maldito
recuerdo.
Te lo doy porque casi nada me hace feliz a estas alturas, salvo tú.
Soy consciente de que conocerme te ha causado dolor y pena, y
espero que un día, cuando estés menos enfadada conmigo, comprendas
que no solo hice lo único que podía hacer, sino que eso te va a ayudar a
vivir una buena vida, una vida mejor, que si no me hubieras conocido.
Te vas a sentir incómoda en tu nuevo mundo durante un tiempo.
Siempre es extraño vernos fuera del lugar donde estábamos cómodos.
Pero espero que también te sientas un poco dichosa. Cuando volviste de
hacer submarinismo esa vez, tu cara me lo dijo todo: hay anhelo en ti,
Clark. Audacia. Solo la habías enterrado, como casi todo el mundo.
No te estoy pidiendo que te arrojes de un rascacielos ni que nades
junto a ballenas ni nada parecido (aunque, en secreto, me encantaría
pensar que lo estás haciendo), pero sí que vivas con osadía. Que seas
exigente contigo misma. Que no te conformes. Viste con orgullo esos
leotardos a rayas. Y, si insistes en conformarte con algún tipo ridículo,
guarda a buen recaudo una parte de este dinero. Saber que aún tienes
posibilidades es un lujo. Saber que tal vez te las he proporcionado ha sido
un gran alivio para mí.
Eso es todo. Te llevo grabada en el corazón, Clark. Desde el primer día
en que te vi, con esas prendas ridículas y esas bromas tontas y tu
completa incapacidad para disimular una sola de tus emociones. Has
cambiado mi vida muchísimo más de lo que este dinero cambiará la tuya.
No te acuerdes demasiado de mí. No quiero pensar que te vas a poner
sensiblera. Vive bien.
Vive.
Con amor,
Will
Cay ó una lágrima sobre la mesa destartalada, frente a mí. Me limpié la
mejilla con la palma de la mano y dejé la carta sobre la mesa. Tardé unos
minutos en volver a ver con claridad.
—¿Otro café? —dijo el camarero, que reapareció frente a mí.
Parpadeé al mirarlo. Era más joven de lo que había pensado y ya no tenía
ese aire altanero. Tal vez los camareros parisinos consideren parte de su trabajo
ser amables con las mujeres que lloran en sus cafés.
—¿Tal vez... un coñac? —El camarero echó un vistazo a la carta y sonrió, con
algo parecido a la comprensión.
—No —dije, sonriéndole yo también—. Gracias. Tengo..., tengo cosas que
hacer.
Pagué la cuenta y guardé la carta con cuidado en el bolsillo.
Y, al levantarme de la mesa, coloqué bien el bolso que llevaba al hombro y
caminé por la calle hacia la perfumería y hacia el resto de París que se extendía
ante mí.

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