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Patrick se encontraba al borde de la pista, donde corría sin moverse del sitio, con
su camiseta y pantalones cortos nuevos de Nike que se le pegaban levemente a
los muslos sudorosos. Me había acercado a saludarlo y a decirle que no iría a la
reunión de los Diablos del Triatlón de esa noche. Nathan estaba librando y yo me
había ofrecido a encargarme de los cuidados del final del día.
—Ya te has perdido tres reuniones seguidas.
—¿De verdad? —Conté con los dedos—. Supongo que sí.
—Tienes que venir la semana que viene. Vamos a planear el viaje del
Norseman. Y no me has dicho qué quieres que hagamos en tu cumpleaños. —
Comenzó a hacer estiramientos, alzando la pierna y llevando la rodilla al pecho
—. ¿Y si vamos al cine? No quiero una cena a lo grande, no mientras entreno.
—Ah. Mis padres quieren preparar una cena especial.
Se agarró el talón y apuntó con la rodilla al suelo.
No pude evitar percibir que su pierna se estaba volviendo extrañamente
fibrosa.
—No es lo mismo que una cita romántica, ¿verdad?
—Bueno, tampoco los multicines. De todos modos, creo que debería decirles
que sí, Patrick. Mamá está un poco desanimada.
Treena se había ido el fin de semana anterior (sin mi bolsa de aseo con
limones, que recuperé la noche previa a su marcha). Mi madre estaba devastada;
se sentía incluso peor que cuando Treena se fue a la universidad por primera vez.
Echaba de menos a Thomas como a un miembro amputado. Sus juguetes, tirados
por el suelo del salón desde que era bebé, estaban recogidos en cajas. No había
dedos de chocolate ni pequeños cartones de leche en el armario de la cocina. Ya
no tenía una razón para pasear hasta la escuela a las tres y cuarto de la tarde,
nadie con quien hablar en el breve trayecto a casa. Eran los únicos momentos
que mi madre pasaba fuera de casa. Ahora no iba a ningún lugar, salvo por el
viaje semanal al supermercado con mi padre.
Deambuló por la casa con aire ausente durante tres días, hasta que comenzó
la limpieza de primavera con un vigor que asustó incluso al abuelo. Él le
mostraba las encías en señal de protesta mientras ella intentaba pasar la
aspiradora bajo la silla donde estaba sentado o le sacudía los hombros con un
plumero. Treena había dicho que no volvería a casa durante las primeras
semanas, para que Thomas tuviera ocasión de adaptarse. Cuando mi hermana
llamaba por la noche, mi madre hablaba con ambos, tras lo cual lloraba media
hora encerrada en su habitación.
—Últimamente siempre trabajas hasta tarde. Casi no te veo.
—Bueno, te pasas el día entrenando. De todos modos, me pagan bien, Patrick.
No les voy a decir que no si me ofrecen horas extras.
Le fue imposible poner reparos a eso.
Nunca antes había ganado tanto dinero. Dupliqué la cantidad que daba a mis
padres, depositaba un poco en una cuenta de ahorros cada mes y aún me sobraba
más de lo que podía gastar. En parte se debía a que trabajaba tantas horas que
casi siempre estaba en Granta House cuando las tiendas aún seguían abiertas.
Además, no tenía ganas de ir de compras. Las horas libres las pasaba en la
biblioteca, mirando cosas en Internet.
Un mundo nuevo se abrió ante mí en la pantalla de ese PC, página a página, y
comencé a dejarme seducir por su canto de sirena.
Todo empezó con la carta de agradecimiento. Un par de días después del
concierto, le dije a Will que deberíamos escribir a su amigo, el violinista, para
darle las gracias.
—He comprado una bonita tarjeta al venir —expliqué—. Dime qué quieres
que ponga y lo escribo. Hasta he traído mi mejor bolígrafo.
—Mejor que no —dijo Will.
—¿Qué?
—Ya me has oído.
—¿Mejor que no? Ese hombre nos regaló dos asientos en primera fila. Tú
mismo dijiste que fue fantástico. Al menos podrías darle las gracias.
Las mandíbulas de Will estaban tensas, inamovibles.
Dejé el bolígrafo.
—¿Tan acostumbrado estás a que la gente te regale cosas que ya ni te
molestas en darles las gracias?
—No tienes ni idea, Clark, de lo frustrante que es depender de otra persona
para que escriba tus propias palabras. La frase « escribo en nombre de...» es
humillante.
—¿Sí? Bueno, es mejor que nada —farfullé—. Yo le voy a dar las gracias de
todos modos. No voy a mencionar tu nombre si realmente te vas a portar como
un imbécil.
Escribí la tarjeta y la envié. No hablé más al respecto. Pero esa noche, con
las palabras de Will aún en la cabeza, me dirigí a la biblioteca y, al ver un
ordenador libre, me conecté a Internet. Busqué si existía algún aparato que
permitiera a Will escribir. Al cabo de una hora, había descubierto tres: una
especie de programa de reconocimiento de voz, otro que se basaba en el
parpadeo de un ojo y, como había mencionado mi hermana, un dispositivo de
grabación que se ponía en la cabeza.
Como era de prever, puso reparos al dispositivo que se llevaba en la cabeza,
pero admitió que el programa de reconocimiento de voz tal vez fuera útil y, al
cabo de una semana, gracias a la ayuda de Nathan, lo instalamos en su
ordenador y lo configuramos de modo que, con el teclado sujeto a la silla, Will
y a no necesitaba que nadie escribiera en su nombre. Al principio le daba un poco
de vergüenza, pero, cuando le sugerí que comenzara siempre diciendo: « Escriba
una carta, señorita Clark» , lo superó.
Incluso la señora Traynor fue incapaz de encontrar un motivo de queja.
—Si existen otros dispositivos que pudieran serle útiles —dijo, con los labios
aún fruncidos, como si le costase creer que acabara de ocurrir algo bueno—, no
dudes en decírnoslo. —Miró a Will, nerviosa, como si temiera que estuviera a
punto de arrancarse el micrófono de la mandíbula.
Tres días más tarde, justo cuando salía para ir al trabajo, el cartero me
entregó una carta. La abrí en el autobús, pensando que sería una felicitación de
cumpleaños anticipada de algún primo lejano. Decía, con tipografía informática:
Querida Clark:
Quería mostrarte que no soy del todo un
imbécil egoísta. Y que agradezco tus esfuerzos.
Gracias.
Will
Solté tal carcajada que el conductor del autobús me preguntó si me había
tocado la lotería.
Después de todos esos años en el trastero, con la ropa colgada en un armario del
pasillo, la habitación de Treena me pareció un palacio. La primera noche la pasé
dando vueltas en la cama con los brazos estirados, disfrutando por no tocar ambas
paredes al mismo tiempo. Fui a la tienda de bricolaje y compré pintura y
cortinas nuevas, así como una lámpara para la mesilla y unos estantes, que
instalé y o misma. No es que se me dé bien ese tipo de cosas; supongo que quería
ver si era capaz de hacerlo.
Me dediqué a redecorar: todas las noches, al volver del trabajo, pintaba
durante una hora y, antes de que pasara una semana, incluso mi padre admitió
que había hecho un buen trabajo. Dedicó un rato a observar mi obra, toqueteó las
cortinas que había colgado yo misma y al fin dejó caer una mano sobre mi
hombro.
—Tras este trabajo eres otra persona, Lou.
Compré una funda nórdica, una alfombra y unos cojines enormes, por si
recibía alguna visita y le apetecía pasar un rato ahí. Aunque no iba a venir nadie.
Colgué el calendario en la puerta. Nadie lo veía, excepto y o. Nadie más habría
sabido qué significaba, de todos modos.
Me sentí un poco mal porque, cuando pusimos la cama plegable de Thomas
junto a la de Treena en el trastero, casi no quedaba espacio, pero lo racionalicé:
al fin y al cabo, y a no vivían aquí. Y el trastero solo lo usarían para dormir. No
tenía sentido dejar vacía la habitación más amplia durante semanas.
Cada día iba al trabajo pensando a qué otros lugares llevar a Will. No tenía un
plan concreto, sino que me centraba en que saliera todos los días, en intentar que
estuviera contento. Había días (cuando le escocían las extremidades o tenía una
infección y yacía triste y con fiebre en la cama) más difíciles que otros. Pero en
los buenos días había logrado varias veces sacarlo al aire libre, bajo el sol
primaveral. Yo era consciente de que Will detestaba la compasión de los
desconocidos más que nada en el mundo, así que lo llevaba en coche a parajes
hermosos donde, durante una hora más o menos, podíamos estar a solas.
Preparaba un picnic y nos sentábamos al borde de un campo, a disfrutar de la
brisa, de estar lejos de casa.
—Mi novio quiere conocerte —le conté una tarde, mientras le ofrecía los
pedacitos que arrancaba de un sándwich de queso con pepinillo.
Había conducido durante varios kilómetros fuera del pueblo, hasta subir una
colina desde donde veíamos el castillo al otro lado del valle, del que nos separaba
un campo con corderos.
—¿Por qué?
—Quiere saber con quién paso tanto tiempo por la noche.
Por extraño que parezca, noté que esto lo animaba.
—El Hombre Maratón.
—Creo que mis padres también.
—Me pongo nervioso cuando una chica me dice que quiere presentarme a
sus padres. De todos modos, ¿cómo está tu madre?
—Igual.
—¿Y el trabajo de tu padre? ¿Alguna novedad?
—No. La semana que viene, según le dicen ahora. De todos modos, me
preguntaron si quería invitarte a mi cena de cumpleaños este viernes. Todo muy
informal. Solo familia, en realidad. Pero no pasa nada... Ya les dije que no te
apetecería.
—¿Quién dice que no me apetecería?
—No te gustan los desconocidos. No te gusta comer delante de los demás. Y
no te gusta cómo es mi novio. O sea, era obvio.
Ya lo tenía en mis manos. La mejor manera de conseguir que Will hiciera
algo era decirle que no querría hacerlo. Aún persistía en él esa parte obstinada,
dada a llevar la contraria.
Will masticó un momento.
—No. Voy a ir a tu cumpleaños. Así tu madre tendrá algo en lo que pensar,
por lo menos.
—¿De verdad? Oh, Dios, si se lo digo va a empezar a limpiar y sacar brillo
esta misma noche.
—¿Estás segura de que es tu madre biológica? ¿No debería existir cierta
semejanza genética? Sándwich, por favor, Clark. Y con más pepinillo.
Solo bromeaba a medias. Mi madre entró en barrena ante la mera idea de
recibir a un tetrapléjico en casa. Se llevó las manos a la cara en el acto, y de
inmediato comenzó a reordenar el aparador, como si Will fuera a llegar en
cuestión de minutos.
—Pero ¿y si necesita ir al baño? No tenemos un baño aquí abajo. No creo que
papá pueda subirlo a cuestas. Yo podría ayudar..., pero no sabría dónde poner las
manos. ¿Se encargaría Patrick?
—No te preocupes por esas cosas. De verdad.
—¿Y la comida? ¿Will solo come purés? ¿Hay algo que no pueda comer?
—No, solo necesita ayuda para coger las cosas.
—¿Quién va a hacer eso?
—Yo. Tranquila, mamá. Es simpático. Te va a caer bien.
Y así quedó decidido. Nathan recogería a Will, lo traería en coche y se
pasaría dos horas más tarde para llevarlo de nuevo a casa y encargarse de los
cuidados nocturnos. Yo me había ofrecido, pero ambos insistieron en que « me
soltara el pelo» en mi cumpleaños. Era evidente que no conocían a mis padres.
A las siete y media, ni un minuto más ni un minuto menos, abrí la puerta para
encontrarme a Will y a Nathan en el porche. Will vestía una camisa y chaqueta
elegantes. No sabía si sentirme complacida al ver que se había tomado la
molestia o preocupada porque mi madre se pasaría las dos primeras horas de la
velada temiendo no haberse arreglado lo suficiente.
—Hola.
Mi padre apareció en el vestíbulo detrás de mí.
—Ajá. ¿Estaba bien la rampa, jóvenes? —Había dedicado toda la tarde a
montar una rampa de tablero aglomerado en la escalera de entrada.
Con cuidado, Nathan subió la silla de Will y la llevó a nuestro estrecho
vestíbulo.
—Muy bien —dijo Nathan mientras y o cerraba la puerta detrás de él—.
Estupenda. Las he visto peores en los hospitales.
—Bernard Clark. —Mi padre tendió la mano y estrechó la de Nathan. La
tendió a Will antes de retirarla con un movimiento brusco y un súbito ataque de
vergüenza—. Bernard. Disculpa... Eh... No sé cómo saludar a un... No te puedo
dar la... —Comenzó a trastabillarse.
—Una reverencia es suficiente.
Mi padre me miró y entonces, al comprender que Will bromeaba, soltó una
gran carcajada, aliviado.
—¡Ja! —dijo, y dio un golpecito a Will en el hombro—. Sí. Una reverencia.
Qué bueno. ¡Ja!
Así se rompió el hielo. Nathan se despidió con un gesto de la mano y un
guiño, y y o llevé a Will a la cocina. Mi madre, por fortuna, sostenía una fuente
en las manos, así que se libró de sentir la misma zozobra.
—Mamá, este es Will. Will, Josephine.
—Josie, por favor. —Mi madre lo miró encantada, con los guantes del horno
hasta los codos—. Qué alegría conocerte por fin, Will.
—Encantado —contestó—. No quiero interrumpir.
Mi madre dejó la fuente y se llevó la mano al pelo, lo que siempre era una
buena señal. Lástima que olvidara quitarse los guantes primero.
—Disculpa —dijo—. Hay asado para cenar. El secreto es que esté en su
punto, como y a sabes.
—En realidad, no —replicó Will—. No soy muy dado a cocinar. Pero me
encanta la buena comida. Por eso tenía tantas ganas de venir.
—Entonces... —Mi padre abrió el frigorífico—. ¿Cómo lo hacemos? ¿Tomas
la cerveza en... un vaso especial, Will?
Si de mi padre dependiera, le dije a Will, habría tenido un vaso especial para
beber cerveza antes que una silla de ruedas.
—Es importante saber cuáles son tus prioridades —dijo mi padre. Hurgué en
la mochila de Will hasta que encontré su taza.
—Cerveza está bien. Gracias.
Tomó un sorbo y y o fui a la cocina, cohibida, de repente, por nuestra casa
pequeñita y desordenada, con su papel pintado de los años ochenta y los
aparadores de la cocina arañados. La vivienda de Will tenía muebles elegantes y
la decoración era discreta y de buen gusto. Nuestra casa daba la impresión de
que el noventa por ciento de su contenido procedía de la tienda de todo a una
libra. Los dibujos de Thomas cubrían todas las superficies desnudas de la pared.
Pero, si se fijó, Will no dijo nada. Él y mi padre no tardaron en encontrar un
tema de conversación: lo inútil que era yo. No me molestó. Así ambos estaban de
buen humor.
—¿Sabías que una vez se estrelló contra una baliza y juró que la culpa era de
la baliza?
—Tendrías que ver cómo baja la rampa. A veces es un deporte extremo
bajar de ese coche...
Mi padre estalló en carcajadas.
Les dejé a lo suy o. Mi madre me siguió, desazonada. Colocó una bandeja con
copas en la mesa, tras lo cual miró al reloj.
—¿Dónde está Patrick?
—Iba a venir directo del entrenamiento —dije—. Tal vez ha surgido algo.
—¿No podía dejarlo ni siquiera por tu cumpleaños? Este pollo se va a
estropear si se retrasa más.
—Mamá, va a estar muy rico.
Esperé hasta que terminó con la bandeja y la estreché entre mis brazos.
Estaba rígida de los nervios. Sentí un afecto súbito por ella. Seguro que no era
fácil ser mi madre.
—De verdad. Todo va a estar muy rico.
Se desprendió de mí, me besó en la cabeza y se limpió las manos con el
delantal.
—Ojalá estuviera aquí tu hermana. Se me hace raro celebrar algo sin ella.
A mí, en cambio, no. Solo por una vez, me estaba gustando ser el centro de
atención. Tal vez suene infantil, pero era cierto. Me encantaba que mi padre y
Will se rieran hablando de mí. Me encantaba que todo en esta cena (desde el
pollo asado hasta la mousse de chocolate) fuera mi comida favorita. Me gustaba
ser quien quería ser sin que la voz de mi hermana me recordase quién había sido.
Sonó el timbre de la puerta y mi madre se sacudió las manos.
—Ahí está. Lou, ¿por qué no empiezas a servir?
Patrickaún estaba colorado por el esfuerzo del ejercicio.
—Feliz cumpleaños, preciosa —dijo, inclinándose para besarme. Olía a
loción para después del afeitado, a desodorante y a piel limpia, recién duchada.
—Mejor que entres enseguida. —Señalé el salón con un gesto—. Mamá está
de los nervios por la hora.
—Oh. —Patrick miró el reloj—. Lo siento. Habré perdido la noción del
tiempo.
—Pero no de tus tiempos, ¿eh?
—¿Qué?
—Nada.
Mi padre había llevado la mesa extensible al salón. También, siguiendo mis
instrucciones, había trasladado un sofá a la otra pared para que Will no
encontrara obstáculos al entrar. Will maniobró la silla de ruedas hasta el lugar que
le había indicado, y se elevó un poco para estar a la misma altura que los demás.
Yo me senté a su izquierda y Patrick, enfrente. Él, Will y el abuelo se saludaron
con un movimiento de cabeza. Ya había advertido a Patrick que no intentara
estrechar la mano de Will. Al sentarme noté que Will estudiaba a Patrick y me
pregunté, por un momento, si sería tan encantador con mi novio como con mis
padres.
Will inclinó la cabeza hacia mí.
—Si miras tras el respaldo de la silla, he traído una cosilla para la cena.
Me agaché y metí la mano en la mochila. Saqué una botella de champán
Laurent-Perrier.
—En un cumpleaños siempre es necesario un buen champán —dijo.
—Oh, mira —exclamó mi madre, que traía los platos—. Qué maravilla. Pero
no tenemos copas de champán.
—Estas valen —contestó Will.
—Yo lo abro. —Patrick cogió el champán, retiró el alambre y colocó los
pulgares bajo el corcho. No dejaba de mirar a Will, como si fuera muy diferente
a lo que se esperaba.
—Si lo haces así —observó Will—, va a salir por todos lados. —Alzó el brazo
más o menos un centímetro, en un gesto vago—. Creo que suele salir mejor si
sostienes el corcho e inclinas la botella.
—He aquí un hombre que sabe de champán —proclamó mi padre—. Ahí lo
tienes, Patrick. ¿Inclinar la botella, dices? Vay a, quién se lo habría imaginado.
—Ya lo sabía —replicó Patrick—. Iba a hacerlo así.
El champán se abrió y se sirvió sin incidentes, y brindamos por mi
cumpleaños.
El abuelo dijo algo que tal vez fuera « Chin, chin» .
Me levanté y saludé. Llevaba un vestido corto amarillo, estilo años sesenta,
comprado en una tienda de la beneficencia. La mujer pensaba que podía ser un
Biba, aunque alguien le había arrancado la etiqueta.
—Que este sea el año en que nuestra Lou por fin madure —dijo mi padre—.
Iba a decir « que haga algo con su vida» , pero parece que por fin lo está
haciendo. Tengo que decirte, Will, que desde que trabaja contigo..., bueno, es otra
persona.
—Estamos muy orgullosos —señaló mi madre—. Y agradecidos. A ti. Por
darle un empleo, quiero decir.
—Soy yo quien está agradecido —contestó Will. Me miró de soslayo.
—Por Lou —dijo mi padre—. Y por que le sigan y endo bien las cosas.
—Y por los miembros de la familia ausentes —añadió mi madre.
—¡Caray ! —intervine—. Debería cumplir años más a menudo. Y pensar que
casi todos los días solo me tomáis el pelo.
Comenzaron a hablar y mi padre contó una anécdota ridícula acerca de mí
que hizo reír a mi madre. Fue bonito verlos alegres. Mi padre se había mostrado
las últimas semanas agotado y mi madre ojerosa y distraída, como si tuviera la
cabeza en otra parte. Quería saborear estos momentos, estos breves instantes en
que olvidaban sus problemas y compartían bromas y cariño. Solo entonces
comprendí que no me habría importado que Thomas estuviera ahí. O Treena, y a
puestos.
Estaba tan ensimismada en mis pensamientos que tardé un minuto en fijarme
en la expresión de Patrick. Mientras decía algo al abuelo, daba de comer a Will;
doblé un trozo de salmón ahumado entre los dedos y lo acerqué a sus labios. Ya
era una parte tan habitual de mi vida cotidiana que solo reparé en la intimidad del
gesto cuando vi la expresión de pasmo en el rostro de Patrick.
Will dijo algo a mi padre y y o miré a Patrick fijamente, deseosa de que
parara. A su izquierda, el abuelo llevaba el tenedor al plato con una glotonería
indisimulada, emitiendo lo que llamábamos sus « ruidos de comer» : pequeños
rugidos y murmullos de placer.
—Está riquísimo el salmón—dijo Will a mi madre—. De verdad, un sabor
delicioso.
—Bueno, no es algo que comamos todos los días —respondió ella, sonriente
—. Pero queríamos que fuera un día especial.
Deja de mirar, rogué a Patricken silencio.
Al fin me vio y apartó la vista. Parecía furioso.
Di a Will otro trozo de salmón y luego un pedazo de pan cuando vi que le
echaba un vistazo. Me había vuelto, comprendí en ese momento, tan sensible a
sus necesidades que apenas me hacía falta mirarlo para saber qué quería.
Patrick, al otro lado, comía con la cabeza gacha, cortando el salmón en trocitos
pequeños que pinchaba con el tenedor. No tocó el pan.
—Entonces, Patrick—dijo Will, que tal vez percibió mi desazón—, Louisa me
dice que eres entrenador personal. ¿Qué haces exactamente?
Cómo deseé que no hubiera preguntado. Patrick se lanzó a una perorata de
vendedor sobre la motivación personal y cómo un cuerpo en forma ay udaba a
tener una mente sana. A continuación, se explay ó acerca de su programa de
entrenamiento para el Norseman: las temperaturas del mar del Norte, las
proporciones de grasa corporal adecuadas para correr una maratón, sus mejores
tiempos en cada disciplina. Por lo general, a esas alturas yo y a no escuchaba,
pero ahora, con Will junto a mí, no dejaba de pensar en qué inoportuno era. ¿Es
que no podía explicarlo por encima y quedarse contento?
—De hecho, cuando Lou me dijo que ibas a venir, pensé en echarle un
vistazo a mis libros a ver si encontraba una fisioterapia que recomendarte.
Casi me ahogo con el champán.
—Es toda una especialidad, Patrick. No creo que seas la persona indicada.
—Yo soy un especialista. Me dedico a las lesiones deportivas. Tengo
formación médica.
—Esto no es un esguince, Pat. De verdad.
—Hace un par de años trabajé con un hombre que tenía un cliente
tetrapléjico. Dice que ahora está casi completamente recuperado. Hace
triatlones y todo.
—¡Imagínate! —dijo mi madre.
—Me habló de una nueva investigación en Canadá basada en que es posible
entrenar los músculos para recordar las actividades pasadas. Si los ejercitas
bastante, todos los días, es como una sinapsis cerebral: todo vuelve. Te apuesto
algo a que, si te sometemos a un programa bueno de verdad, notarías cambios en
tu memoria muscular. Al fin y al cabo, Lou me dice que antes eras todo un
hombre de acción.
—Patrick—dije en voz alta—. No sabes de qué hablas.
—Solo intentaba...
—Bueno, pues no lo intentes. De verdad.
En la mesa se hizo el silencio. Mi padre tosió y se disculpó. El abuelo miró
alrededor de la mesa en un silencio cauteloso.
Mi madre hizo el gesto de ofrecer más pan a todos, para a continuación
cambiar de parecer.
Cuando Patrick habló de nuevo, su voz sonó como la de un mártir.
—Era solo una investigación que me pareció útil. Pero ya me callo.
Will alzó la vista y sonrió, con un semblante inexpresivo y educado.
—Sin duda, lo tendré en mente.
Me levanté para retirar los platos, con la esperanza de escaparme. Pero mi
madre me riñó y me dijo que me sentara.
—Es tu cumpleaños —dijo, como si en otras ocasiones consintiera que la
ay udaran—. Bernard, ¿por qué no vas a la cocina a por el pollo?
—Ja, ja. Esperemos que hay a dejado de corretear por ahí, ¿eh? —Mi padre
sonrió y mostró los dientes en una especie de mueca.
El resto de la cena transcurrió sin incidentes. Mis padres estaban encantados
con Will. Patrick, no tanto. Patrick y Will apenas intercambiaron una palabra
más. En algún momento, mientras mi madre servía las patatas asadas (con mi
padre haciendo su numerito habitual de intentar robarlas), dejé de preocuparme.
Mi padre hacía todo tipo de preguntas a Will sobre su vida anterior, incluso sobre
el accidente, y Will parecía bastante cómodo para responder sin titubear. De
hecho, me enteré de bastantes cosas que no me había contado antes. Su trabajo,
por ejemplo, daba la impresión de ser bastante importante, aunque lo negara.
Compraba y vendía empresas y se encargaba de lograr beneficios entretanto. Mi
padre tuvo que insistir para sonsacarle que su idea de beneficios se elevaba a seis
o siete cifras. Me descubrí a mí misma con la mirada clavada en Will, tratando
de conciliar al hombre que conocía con ese ejecutivo despiadado de la gran
ciudad. Mi padre le habló de la empresa que iba a comprar la fábrica de muebles
y, cuando mencionó el nombre, Will asintió con la cabeza, casi compungido, y
dijo que sí, que los conocía. Sí, era probable que él también hubiera hecho lo
mismo. Por el modo en que lo dijo, el futuro del trabajo de mi padre no resultó
muy esperanzador.
Mi madre miraba maravillada a Will y estaba absorta en él. Comprendí, al
verla sonreír, que en algún momento a lo largo de la cena Will había pasado a ser
un joven apuesto sentado a su mesa. No era de extrañar que Patrick estuviera tan
molesto.
—¿Tarta de cumpleaños? —preguntó el abuelo en cuanto mi madre comenzó
a retirar los platos.
Fue tan claro, tan sorprendente, que mi padre y yo nos miramos,
boquiabiertos. Todo el mundo guardó silencio.
—No. —Caminé alrededor de la mesa y lo besé—. No, abuelo. Lo siento.
Pero hay mousse de chocolate. Te va a gustar.
El abuelo asintió en señal de aprobación. Mi madre estaba radiante. Creo que
ninguno de nosotros podría haber recibido un regalo mejor.
Llegó la mousse a la mesa y, junto a ella, un regalo cuadrado, del tamaño de
una guía telefónica, envuelto en papel de seda.
—Hora de los regalos, ¿eh? —dijo Patrick—. Toma. Aquí está el mío. —Me
sonrió al dejarlo en el centro de la mesa.
Yo le devolví la sonrisa. No era momento para discrepancias, al fin y al cabo.
—Vamos —me animó mi padre—. Ábrelo.
Abrí primero el de mis padres, desenvolviendo el papel con cuidado, para no
rasgarlo. Era un álbum de fotografías, y en cada página había una foto de un año
de mi vida. De bebé, junto a Treena, dos niñas de caras regordetas, en mi primer
día en el instituto, llena de horquillas y con una falda enorme. Más reciente, había
una de mí y de Patrick, esa en la que le llamaba cabrón. Y, vestida con una falda
gris, en el primer día de mi nuevo trabajo. Entre las páginas había dibujos de la
familia hechos por Thomas, cartas que mi madre había conservado de las
excursiones escolares, donde, con letra de niña, hablaba de la playa, de helados
perdidos y de gaviotas ladronas. Lo hojeé entero y solo dudé un momento
cuando vi a esa chica de pelo oscuro y largo. Pasé de página.
—¿Me dejas verlo? —preguntó Will.
—No ha sido... nuestro mejor año —se excusó mi madre, mientras y o pasaba
las páginas frente a él—. Es decir, estamos bien y no podemos quejarnos. Pero
ya sabes cómo están las cosas. Y el abuelo vio algo en la tele acerca de hacer los
regalos en vez de comprarlos, y pensé que sería algo..., y a sabes..., con un
significado especial.
—Y es especial, mamá. —Se me habían cubierto los ojos de lágrimas—. Me
encanta. Gracias.
—El abuelo escogió algunas fotografías —señaló.
—Es precioso —comentó Will.
—Me encanta —dije de nuevo.
La mirada de completo alivio que intercambiaron mi madre y mi padre fue
lo más triste que había visto en toda mi vida.
—Ahora, el mío. —Patrick acercó la pequeña caja sobre la mesa. La abrí
despacio, con una indefinida y breve sensación de pánico por si era un anillo de
compromiso. Yo no estaba preparada. Apenas había comenzado a asimilar que
ya tenía habitación. Abrí la cajita y, sobre el terciopelo azul, había una delgada
cadena de oro con una pequeña estrella de colgante. Era algo dulce, delicado y
no tenía nada que ver conmigo. No usaba ese tipo de joyas, nunca lo había
hecho.
Dejé que mis ojos reposaran sobre ella mientras decidía qué decir.
—Es preciosa —dije, y Patrick se inclinó sobre la mesa y me la abrochó al
cuello.
—Me alegra que te guste —contestó Patrick, y me dio un beso en la boca.
Juro que era la primera vez que me besaba así delante de mis padres.
Will me observó, impasible.
—Bueno, creo que es la hora de tomar el postre —dijo mi padre—. Antes de
que se caliente. —Se rio de su propia broma. El champán le había subido los
ánimos.
—En la mochila tengo algo para ti —comentó Will, en voz baja—. La que
está detrás de mi silla. El envoltorio es naranja.
Saqué el regalo de la mochila de Will.
Mi madre se detuvo con la cuchara de servir en la mano.
—¿Le has traído un regalo a Lou, Will? Qué amable. ¿No es un detalle,
Bernard?
—Claro que sí.
El papel de envolver tenía unos quimonos chinos de colores brillantes. No me
hizo falta mirarlo dos veces para saber que iba a guardarlo. Tal vez idearía algo
que ponerme basándome en él. Retiré la cinta, que dejé a un lado para más
tarde. Abrí el paquete y luego el papel de seda que había dentro, y ahí,
mirándome, había algo de color negro y amarillo extrañamente familiar.
Saqué la tela del paquete y en mis manos encontré dos pares de leotardos,
negros y amarillos. De mi talla, de una lana tan suave que casi se deslizaba entre
los dedos.
—No me lo creo —dije. Comencé a reír: de un modo alegre, inesperado—.
Oh, santo cielo. ¿Dónde los has encontrado?
—Encargué que me los hicieran. Te alegrará saber que di las instrucciones a
la mujer con mi nuevo programa de reconocimiento de voz.
—¿Leotardos? —dijeron mi padre y Patrickal unísono.
—Ni más ni menos que los mejores leotardos de todos los tiempos.
Mi madre los miró con atención.
—Sabes, Louisa, estoy casi segura de que tenías un par igualito a esos cuando
eras muy pequeña.
Will y y o intercambiamos una mirada.
No podía dejar de sonreír.
—Quiero ponérmelos ya —dije.
—Madre mía, se va a parecer al humorista Max Wall en una colmena —
exclamó mi padre sacudiendo la cabeza.
—Ah, Bernard, es su cumpleaños. Que se ponga lo que quiera.
Salí corriendo y me los puse en el pasillo. Estiré la punta del pie para admirar
lo ridículo que parecía. No creo que un regalo de cumpleaños me hubiera puesto
tan contenta en mi vida.
Volví al salón. Will soltó una pequeña ovación. El abuelo golpeó la mesa con
las manos. Mi madre y mi padre soltaron una carcajada. Patrick se limitó a
mirar.
—No sé cómo decirte lo mucho que me gustan —dije—. Gracias. Gracias.
—Estiré una mano y le toqué el hombro—. De verdad.
—También hay una tarjeta ahí dentro —respondió—. Ábrela en otro
momento.
Mis padres se mostraron encantados con Will cuando se fue.
Mi padre, que estaba borracho, le agradeció una y otra vez que me diera
trabajo y le hizo prometer que volvería.
—Si me quedo sin trabajo, a lo mejor me paso a ver un partido de fútbol
contigo —dijo.
—Estupendo —contestó Will, aunque yo nunca le había visto siguiendo un
partido de fútbol.
Mi madre le obligó a llevarse una porción de la mousse que había sobrado en
un recipiente de plástico.
—Como te ha gustado tanto...
Qué caballero, dirían durante una buena hora después de su marcha. Un
caballero de verdad.
Patrick salió al pasillo, con las manos en los bolsillos, como si quisiera
contener la tentación de estrechar las de Will. Esa, al menos, fue mi conclusión
más generosa.
—Me alegro de conocerte, Patrick—dijo Will—. Y gracias por el... consejo.
—Oh, solo intentaba que mi novia aprovechara al máximo su trabajo —
replicó—. Eso es todo. —Hizo un hincapié evidente en el posesivo mi.
—Bueno, eres un hombre afortunado —comentó Will, mientras Nathan
comenzaba a empujar la silla—. Sin duda, se le dan de maravilla los baños en la
cama. —Lo dijo tan rápido que la puerta se cerró antes de que Patrick asimilara
qué había dicho.
—No me habías dicho que lo bañabas en la cama. —Habíamos vuelto a la casa
de Patrick, un piso nuevo en las afueras del pueblo. En los anuncios aseguraban
que era para quien quería vivir por todo lo alto, aunque daba a la zona de
hipermercados y solo era un tercer piso—. ¿Qué quiere decir eso? ¿Que le lavas
la polla?
—No le lavo la polla. —Cogí la crema limpiadora, una de las pocas cosas que
me era permitido llevar a la casa de Patrick, y comencé a limpiarme el
maquillaje con movimientos amplios.
—Es lo que dijo.
—Te estaba tomando el pelo. Y, teniendo en cuenta la de veces que repetiste
que antes era un hombre de acción, no le culpo.
—Entonces, ¿qué es lo que le haces? Es evidente que no me lo has contado
todo.
—Lo lavo, a veces, pero solo hasta llegar a la ropa interior.
La mirada de Patrick lo dijo todo. Al final, apartó la vista, se quitó los
calcetines y los arrojó al cesto de la ropa sucia.
—Tu trabajo no debería incluir eso. Nada de cuidados médicos, decía. Nada
de cuidados íntimos. No era parte de la descripción del trabajo. —Una idea súbita
cruzó su mente—. Podrías presentar una demanda. Despido indirecto, creo que lo
llaman, cuando cambian las condiciones del trabajo.
—No seas ridículo. Y lo hago porque Nathan no puede estar siempre ahí, y
para Will es horrible que se encargue un completo desconocido de una agencia.
Y, además, y a me he acostumbrado. En realidad, no me molesta.
¿Cómo explicarle... que un cuerpo puede volverse tan familiar? Era capaz de
cambiar los tubos de Will con una eficacia profesional, bañarle el torso con una
esponja sin la menor interrupción en nuestra conversación. Ya ni siquiera sus
cicatrices me impresionaban. Durante un tiempo, no veía más que un suicida en
potencia. Ahora, era solo Will: el exasperante, voluble, inteligente y divertido
Will, que me trataba con condescendencia y le gustaba actuar como si él fuera el
profesor Higgins y y o Eliza Doolittle. Su cuerpo era solo una parte del todo, a la
que había que tratar, a intervalos regulares, antes de volver a la conversación. Se
había convertido, supuse, en la parte menos interesante de él.
—No puedo creerlo... Después de todo lo que hemos pasado juntos... De todo
lo que tardaste en dejar que me acercara a ti..., y he aquí un desconocido con el
que estás encantada de compartir su intimidad...
—¿Y si hablamos de esto en otro momento, Patrick? Es mi cumpleaños.
—No fui y o quien empezó con los baños en la cama y qué sé y o.
—¿Todo esto es porque es guapo? —pregunté—. ¿Es ese el problema? ¿Sería
todo más fácil para ti si pareciese, y a sabes, una planta de verdad?
—Entonces, te parece guapo.
Me saqué el vestido por la cabeza y comencé a quitarme los leotardos, con
cuidado, ya evaporados los restos de mi buen humor.
—No puedo creerme esto. No me puedo creer que estés celoso de él.
—No estoy celoso. —Su tono era despectivo—. ¿Cómo voy a estar celoso de
un tullido?
Patrick me hizo el amor esa noche. Tal vez « hacer el amor» no sea la
expresión correcta. Mantuvimos relaciones sexuales, una sesión maratoniana en
la que se mostró decidido a exhibir su condición atlética, su fuerza, su vigor. Duró
horas. Si hubiera podido balancearme en la lámpara del techo, creo que lo habría
hecho. Fue agradable sentirse tan deseada, ser el centro de la atención de Patrick
después de tantos meses de semiindiferencia. Pero una pequeña parte de mí se
mantuvo distante durante todo ese tiempo. Sospechaba que no se trataba de mí, al
fin y al cabo. No había tardado en deducirlo. Este pequeño espectáculo se debía a
Will.
—¿Qué tal, eh? —Patrick se enroscó en torno a mí cuando hubo acabado,
estrechando nuestros cuerpos pegajosos por el sudor, y me besó en la frente.
—Muy bien —dije.
—Te quiero, preciosa.
Y, satisfecho, se dio la vuelta, se pasó un brazo por encima de la cabeza y se
quedó dormido en cuestión de minutos.
Como no me venía el sueño, salí de la cama y bajé a por mi bolso. Revolví en
su interior, en busca del libro de relatos de Flannery O’Connor. Al sacarlo, el
sobre cay ó.
Me quedé mirándolo. Era la tarjeta de Will. No la había abierto en la mesa.
Lo hice en ese momento, y sentí una inesperada esponjosidad en su interior.
Saqué la tarjeta con cuidado y la abrí. Contenía diez billetes nuevos de cincuenta
libras. Los conté dos veces, incapaz de creer lo que veían mis ojos. La tarjeta
decía:
El bono de cumpleaños. Ni lo pienses. Es una exigencia legal. W
Patrick se encontraba al borde de la pista, donde corría sin moverse del sitio, con
su camiseta y pantalones cortos nuevos de Nike que se le pegaban levemente a
los muslos sudorosos. Me había acercado a saludarlo y a decirle que no iría a la
reunión de los Diablos del Triatlón de esa noche. Nathan estaba librando y yo me
había ofrecido a encargarme de los cuidados del final del día.
—Ya te has perdido tres reuniones seguidas.
—¿De verdad? —Conté con los dedos—. Supongo que sí.
—Tienes que venir la semana que viene. Vamos a planear el viaje del
Norseman. Y no me has dicho qué quieres que hagamos en tu cumpleaños. —
Comenzó a hacer estiramientos, alzando la pierna y llevando la rodilla al pecho
—. ¿Y si vamos al cine? No quiero una cena a lo grande, no mientras entreno.
—Ah. Mis padres quieren preparar una cena especial.
Se agarró el talón y apuntó con la rodilla al suelo.
No pude evitar percibir que su pierna se estaba volviendo extrañamente
fibrosa.
—No es lo mismo que una cita romántica, ¿verdad?
—Bueno, tampoco los multicines. De todos modos, creo que debería decirles
que sí, Patrick. Mamá está un poco desanimada.
Treena se había ido el fin de semana anterior (sin mi bolsa de aseo con
limones, que recuperé la noche previa a su marcha). Mi madre estaba devastada;
se sentía incluso peor que cuando Treena se fue a la universidad por primera vez.
Echaba de menos a Thomas como a un miembro amputado. Sus juguetes, tirados
por el suelo del salón desde que era bebé, estaban recogidos en cajas. No había
dedos de chocolate ni pequeños cartones de leche en el armario de la cocina. Ya
no tenía una razón para pasear hasta la escuela a las tres y cuarto de la tarde,
nadie con quien hablar en el breve trayecto a casa. Eran los únicos momentos
que mi madre pasaba fuera de casa. Ahora no iba a ningún lugar, salvo por el
viaje semanal al supermercado con mi padre.
Deambuló por la casa con aire ausente durante tres días, hasta que comenzó
la limpieza de primavera con un vigor que asustó incluso al abuelo. Él le
mostraba las encías en señal de protesta mientras ella intentaba pasar la
aspiradora bajo la silla donde estaba sentado o le sacudía los hombros con un
plumero. Treena había dicho que no volvería a casa durante las primeras
semanas, para que Thomas tuviera ocasión de adaptarse. Cuando mi hermana
llamaba por la noche, mi madre hablaba con ambos, tras lo cual lloraba media
hora encerrada en su habitación.
—Últimamente siempre trabajas hasta tarde. Casi no te veo.
—Bueno, te pasas el día entrenando. De todos modos, me pagan bien, Patrick.
No les voy a decir que no si me ofrecen horas extras.
Le fue imposible poner reparos a eso.
Nunca antes había ganado tanto dinero. Dupliqué la cantidad que daba a mis
padres, depositaba un poco en una cuenta de ahorros cada mes y aún me sobraba
más de lo que podía gastar. En parte se debía a que trabajaba tantas horas que
casi siempre estaba en Granta House cuando las tiendas aún seguían abiertas.
Además, no tenía ganas de ir de compras. Las horas libres las pasaba en la
biblioteca, mirando cosas en Internet.
Un mundo nuevo se abrió ante mí en la pantalla de ese PC, página a página, y
comencé a dejarme seducir por su canto de sirena.
Todo empezó con la carta de agradecimiento. Un par de días después del
concierto, le dije a Will que deberíamos escribir a su amigo, el violinista, para
darle las gracias.
—He comprado una bonita tarjeta al venir —expliqué—. Dime qué quieres
que ponga y lo escribo. Hasta he traído mi mejor bolígrafo.
—Mejor que no —dijo Will.
—¿Qué?
—Ya me has oído.
—¿Mejor que no? Ese hombre nos regaló dos asientos en primera fila. Tú
mismo dijiste que fue fantástico. Al menos podrías darle las gracias.
Las mandíbulas de Will estaban tensas, inamovibles.
Dejé el bolígrafo.
—¿Tan acostumbrado estás a que la gente te regale cosas que ya ni te
molestas en darles las gracias?
—No tienes ni idea, Clark, de lo frustrante que es depender de otra persona
para que escriba tus propias palabras. La frase « escribo en nombre de...» es
humillante.
—¿Sí? Bueno, es mejor que nada —farfullé—. Yo le voy a dar las gracias de
todos modos. No voy a mencionar tu nombre si realmente te vas a portar como
un imbécil.
Escribí la tarjeta y la envié. No hablé más al respecto. Pero esa noche, con
las palabras de Will aún en la cabeza, me dirigí a la biblioteca y, al ver un
ordenador libre, me conecté a Internet. Busqué si existía algún aparato que
permitiera a Will escribir. Al cabo de una hora, había descubierto tres: una
especie de programa de reconocimiento de voz, otro que se basaba en el
parpadeo de un ojo y, como había mencionado mi hermana, un dispositivo de
grabación que se ponía en la cabeza.
Como era de prever, puso reparos al dispositivo que se llevaba en la cabeza,
pero admitió que el programa de reconocimiento de voz tal vez fuera útil y, al
cabo de una semana, gracias a la ayuda de Nathan, lo instalamos en su
ordenador y lo configuramos de modo que, con el teclado sujeto a la silla, Will
y a no necesitaba que nadie escribiera en su nombre. Al principio le daba un poco
de vergüenza, pero, cuando le sugerí que comenzara siempre diciendo: « Escriba
una carta, señorita Clark» , lo superó.
Incluso la señora Traynor fue incapaz de encontrar un motivo de queja.
—Si existen otros dispositivos que pudieran serle útiles —dijo, con los labios
aún fruncidos, como si le costase creer que acabara de ocurrir algo bueno—, no
dudes en decírnoslo. —Miró a Will, nerviosa, como si temiera que estuviera a
punto de arrancarse el micrófono de la mandíbula.
Tres días más tarde, justo cuando salía para ir al trabajo, el cartero me
entregó una carta. La abrí en el autobús, pensando que sería una felicitación de
cumpleaños anticipada de algún primo lejano. Decía, con tipografía informática:
Querida Clark:
Quería mostrarte que no soy del todo un
imbécil egoísta. Y que agradezco tus esfuerzos.
Gracias.
Will
Solté tal carcajada que el conductor del autobús me preguntó si me había
tocado la lotería.
Después de todos esos años en el trastero, con la ropa colgada en un armario del
pasillo, la habitación de Treena me pareció un palacio. La primera noche la pasé
dando vueltas en la cama con los brazos estirados, disfrutando por no tocar ambas
paredes al mismo tiempo. Fui a la tienda de bricolaje y compré pintura y
cortinas nuevas, así como una lámpara para la mesilla y unos estantes, que
instalé y o misma. No es que se me dé bien ese tipo de cosas; supongo que quería
ver si era capaz de hacerlo.
Me dediqué a redecorar: todas las noches, al volver del trabajo, pintaba
durante una hora y, antes de que pasara una semana, incluso mi padre admitió
que había hecho un buen trabajo. Dedicó un rato a observar mi obra, toqueteó las
cortinas que había colgado yo misma y al fin dejó caer una mano sobre mi
hombro.
—Tras este trabajo eres otra persona, Lou.
Compré una funda nórdica, una alfombra y unos cojines enormes, por si
recibía alguna visita y le apetecía pasar un rato ahí. Aunque no iba a venir nadie.
Colgué el calendario en la puerta. Nadie lo veía, excepto y o. Nadie más habría
sabido qué significaba, de todos modos.
Me sentí un poco mal porque, cuando pusimos la cama plegable de Thomas
junto a la de Treena en el trastero, casi no quedaba espacio, pero lo racionalicé:
al fin y al cabo, y a no vivían aquí. Y el trastero solo lo usarían para dormir. No
tenía sentido dejar vacía la habitación más amplia durante semanas.
Cada día iba al trabajo pensando a qué otros lugares llevar a Will. No tenía un
plan concreto, sino que me centraba en que saliera todos los días, en intentar que
estuviera contento. Había días (cuando le escocían las extremidades o tenía una
infección y yacía triste y con fiebre en la cama) más difíciles que otros. Pero en
los buenos días había logrado varias veces sacarlo al aire libre, bajo el sol
primaveral. Yo era consciente de que Will detestaba la compasión de los
desconocidos más que nada en el mundo, así que lo llevaba en coche a parajes
hermosos donde, durante una hora más o menos, podíamos estar a solas.
Preparaba un picnic y nos sentábamos al borde de un campo, a disfrutar de la
brisa, de estar lejos de casa.
—Mi novio quiere conocerte —le conté una tarde, mientras le ofrecía los
pedacitos que arrancaba de un sándwich de queso con pepinillo.
Había conducido durante varios kilómetros fuera del pueblo, hasta subir una
colina desde donde veíamos el castillo al otro lado del valle, del que nos separaba
un campo con corderos.
—¿Por qué?
—Quiere saber con quién paso tanto tiempo por la noche.
Por extraño que parezca, noté que esto lo animaba.
—El Hombre Maratón.
—Creo que mis padres también.
—Me pongo nervioso cuando una chica me dice que quiere presentarme a
sus padres. De todos modos, ¿cómo está tu madre?
—Igual.
—¿Y el trabajo de tu padre? ¿Alguna novedad?
—No. La semana que viene, según le dicen ahora. De todos modos, me
preguntaron si quería invitarte a mi cena de cumpleaños este viernes. Todo muy
informal. Solo familia, en realidad. Pero no pasa nada... Ya les dije que no te
apetecería.
—¿Quién dice que no me apetecería?
—No te gustan los desconocidos. No te gusta comer delante de los demás. Y
no te gusta cómo es mi novio. O sea, era obvio.
Ya lo tenía en mis manos. La mejor manera de conseguir que Will hiciera
algo era decirle que no querría hacerlo. Aún persistía en él esa parte obstinada,
dada a llevar la contraria.
Will masticó un momento.
—No. Voy a ir a tu cumpleaños. Así tu madre tendrá algo en lo que pensar,
por lo menos.
—¿De verdad? Oh, Dios, si se lo digo va a empezar a limpiar y sacar brillo
esta misma noche.
—¿Estás segura de que es tu madre biológica? ¿No debería existir cierta
semejanza genética? Sándwich, por favor, Clark. Y con más pepinillo.
Solo bromeaba a medias. Mi madre entró en barrena ante la mera idea de
recibir a un tetrapléjico en casa. Se llevó las manos a la cara en el acto, y de
inmediato comenzó a reordenar el aparador, como si Will fuera a llegar en
cuestión de minutos.
—Pero ¿y si necesita ir al baño? No tenemos un baño aquí abajo. No creo que
papá pueda subirlo a cuestas. Yo podría ayudar..., pero no sabría dónde poner las
manos. ¿Se encargaría Patrick?
—No te preocupes por esas cosas. De verdad.
—¿Y la comida? ¿Will solo come purés? ¿Hay algo que no pueda comer?
—No, solo necesita ayuda para coger las cosas.
—¿Quién va a hacer eso?
—Yo. Tranquila, mamá. Es simpático. Te va a caer bien.
Y así quedó decidido. Nathan recogería a Will, lo traería en coche y se
pasaría dos horas más tarde para llevarlo de nuevo a casa y encargarse de los
cuidados nocturnos. Yo me había ofrecido, pero ambos insistieron en que « me
soltara el pelo» en mi cumpleaños. Era evidente que no conocían a mis padres.
A las siete y media, ni un minuto más ni un minuto menos, abrí la puerta para
encontrarme a Will y a Nathan en el porche. Will vestía una camisa y chaqueta
elegantes. No sabía si sentirme complacida al ver que se había tomado la
molestia o preocupada porque mi madre se pasaría las dos primeras horas de la
velada temiendo no haberse arreglado lo suficiente.
—Hola.
Mi padre apareció en el vestíbulo detrás de mí.
—Ajá. ¿Estaba bien la rampa, jóvenes? —Había dedicado toda la tarde a
montar una rampa de tablero aglomerado en la escalera de entrada.
Con cuidado, Nathan subió la silla de Will y la llevó a nuestro estrecho
vestíbulo.
—Muy bien —dijo Nathan mientras y o cerraba la puerta detrás de él—.
Estupenda. Las he visto peores en los hospitales.
—Bernard Clark. —Mi padre tendió la mano y estrechó la de Nathan. La
tendió a Will antes de retirarla con un movimiento brusco y un súbito ataque de
vergüenza—. Bernard. Disculpa... Eh... No sé cómo saludar a un... No te puedo
dar la... —Comenzó a trastabillarse.
—Una reverencia es suficiente.
Mi padre me miró y entonces, al comprender que Will bromeaba, soltó una
gran carcajada, aliviado.
—¡Ja! —dijo, y dio un golpecito a Will en el hombro—. Sí. Una reverencia.
Qué bueno. ¡Ja!
Así se rompió el hielo. Nathan se despidió con un gesto de la mano y un
guiño, y y o llevé a Will a la cocina. Mi madre, por fortuna, sostenía una fuente
en las manos, así que se libró de sentir la misma zozobra.
—Mamá, este es Will. Will, Josephine.
—Josie, por favor. —Mi madre lo miró encantada, con los guantes del horno
hasta los codos—. Qué alegría conocerte por fin, Will.
—Encantado —contestó—. No quiero interrumpir.
Mi madre dejó la fuente y se llevó la mano al pelo, lo que siempre era una
buena señal. Lástima que olvidara quitarse los guantes primero.
—Disculpa —dijo—. Hay asado para cenar. El secreto es que esté en su
punto, como y a sabes.
—En realidad, no —replicó Will—. No soy muy dado a cocinar. Pero me
encanta la buena comida. Por eso tenía tantas ganas de venir.
—Entonces... —Mi padre abrió el frigorífico—. ¿Cómo lo hacemos? ¿Tomas
la cerveza en... un vaso especial, Will?
Si de mi padre dependiera, le dije a Will, habría tenido un vaso especial para
beber cerveza antes que una silla de ruedas.
—Es importante saber cuáles son tus prioridades —dijo mi padre. Hurgué en
la mochila de Will hasta que encontré su taza.
—Cerveza está bien. Gracias.
Tomó un sorbo y y o fui a la cocina, cohibida, de repente, por nuestra casa
pequeñita y desordenada, con su papel pintado de los años ochenta y los
aparadores de la cocina arañados. La vivienda de Will tenía muebles elegantes y
la decoración era discreta y de buen gusto. Nuestra casa daba la impresión de
que el noventa por ciento de su contenido procedía de la tienda de todo a una
libra. Los dibujos de Thomas cubrían todas las superficies desnudas de la pared.
Pero, si se fijó, Will no dijo nada. Él y mi padre no tardaron en encontrar un
tema de conversación: lo inútil que era yo. No me molestó. Así ambos estaban de
buen humor.
—¿Sabías que una vez se estrelló contra una baliza y juró que la culpa era de
la baliza?
—Tendrías que ver cómo baja la rampa. A veces es un deporte extremo
bajar de ese coche...
Mi padre estalló en carcajadas.
Les dejé a lo suy o. Mi madre me siguió, desazonada. Colocó una bandeja con
copas en la mesa, tras lo cual miró al reloj.
—¿Dónde está Patrick?
—Iba a venir directo del entrenamiento —dije—. Tal vez ha surgido algo.
—¿No podía dejarlo ni siquiera por tu cumpleaños? Este pollo se va a
estropear si se retrasa más.
—Mamá, va a estar muy rico.
Esperé hasta que terminó con la bandeja y la estreché entre mis brazos.
Estaba rígida de los nervios. Sentí un afecto súbito por ella. Seguro que no era
fácil ser mi madre.
—De verdad. Todo va a estar muy rico.
Se desprendió de mí, me besó en la cabeza y se limpió las manos con el
delantal.
—Ojalá estuviera aquí tu hermana. Se me hace raro celebrar algo sin ella.
A mí, en cambio, no. Solo por una vez, me estaba gustando ser el centro de
atención. Tal vez suene infantil, pero era cierto. Me encantaba que mi padre y
Will se rieran hablando de mí. Me encantaba que todo en esta cena (desde el
pollo asado hasta la mousse de chocolate) fuera mi comida favorita. Me gustaba
ser quien quería ser sin que la voz de mi hermana me recordase quién había sido.
Sonó el timbre de la puerta y mi madre se sacudió las manos.
—Ahí está. Lou, ¿por qué no empiezas a servir?
Patrickaún estaba colorado por el esfuerzo del ejercicio.
—Feliz cumpleaños, preciosa —dijo, inclinándose para besarme. Olía a
loción para después del afeitado, a desodorante y a piel limpia, recién duchada.
—Mejor que entres enseguida. —Señalé el salón con un gesto—. Mamá está
de los nervios por la hora.
—Oh. —Patrick miró el reloj—. Lo siento. Habré perdido la noción del
tiempo.
—Pero no de tus tiempos, ¿eh?
—¿Qué?
—Nada.
Mi padre había llevado la mesa extensible al salón. También, siguiendo mis
instrucciones, había trasladado un sofá a la otra pared para que Will no
encontrara obstáculos al entrar. Will maniobró la silla de ruedas hasta el lugar que
le había indicado, y se elevó un poco para estar a la misma altura que los demás.
Yo me senté a su izquierda y Patrick, enfrente. Él, Will y el abuelo se saludaron
con un movimiento de cabeza. Ya había advertido a Patrick que no intentara
estrechar la mano de Will. Al sentarme noté que Will estudiaba a Patrick y me
pregunté, por un momento, si sería tan encantador con mi novio como con mis
padres.
Will inclinó la cabeza hacia mí.
—Si miras tras el respaldo de la silla, he traído una cosilla para la cena.
Me agaché y metí la mano en la mochila. Saqué una botella de champán
Laurent-Perrier.
—En un cumpleaños siempre es necesario un buen champán —dijo.
—Oh, mira —exclamó mi madre, que traía los platos—. Qué maravilla. Pero
no tenemos copas de champán.
—Estas valen —contestó Will.
—Yo lo abro. —Patrick cogió el champán, retiró el alambre y colocó los
pulgares bajo el corcho. No dejaba de mirar a Will, como si fuera muy diferente
a lo que se esperaba.
—Si lo haces así —observó Will—, va a salir por todos lados. —Alzó el brazo
más o menos un centímetro, en un gesto vago—. Creo que suele salir mejor si
sostienes el corcho e inclinas la botella.
—He aquí un hombre que sabe de champán —proclamó mi padre—. Ahí lo
tienes, Patrick. ¿Inclinar la botella, dices? Vay a, quién se lo habría imaginado.
—Ya lo sabía —replicó Patrick—. Iba a hacerlo así.
El champán se abrió y se sirvió sin incidentes, y brindamos por mi
cumpleaños.
El abuelo dijo algo que tal vez fuera « Chin, chin» .
Me levanté y saludé. Llevaba un vestido corto amarillo, estilo años sesenta,
comprado en una tienda de la beneficencia. La mujer pensaba que podía ser un
Biba, aunque alguien le había arrancado la etiqueta.
—Que este sea el año en que nuestra Lou por fin madure —dijo mi padre—.
Iba a decir « que haga algo con su vida» , pero parece que por fin lo está
haciendo. Tengo que decirte, Will, que desde que trabaja contigo..., bueno, es otra
persona.
—Estamos muy orgullosos —señaló mi madre—. Y agradecidos. A ti. Por
darle un empleo, quiero decir.
—Soy yo quien está agradecido —contestó Will. Me miró de soslayo.
—Por Lou —dijo mi padre—. Y por que le sigan y endo bien las cosas.
—Y por los miembros de la familia ausentes —añadió mi madre.
—¡Caray ! —intervine—. Debería cumplir años más a menudo. Y pensar que
casi todos los días solo me tomáis el pelo.
Comenzaron a hablar y mi padre contó una anécdota ridícula acerca de mí
que hizo reír a mi madre. Fue bonito verlos alegres. Mi padre se había mostrado
las últimas semanas agotado y mi madre ojerosa y distraída, como si tuviera la
cabeza en otra parte. Quería saborear estos momentos, estos breves instantes en
que olvidaban sus problemas y compartían bromas y cariño. Solo entonces
comprendí que no me habría importado que Thomas estuviera ahí. O Treena, y a
puestos.
Estaba tan ensimismada en mis pensamientos que tardé un minuto en fijarme
en la expresión de Patrick. Mientras decía algo al abuelo, daba de comer a Will;
doblé un trozo de salmón ahumado entre los dedos y lo acerqué a sus labios. Ya
era una parte tan habitual de mi vida cotidiana que solo reparé en la intimidad del
gesto cuando vi la expresión de pasmo en el rostro de Patrick.
Will dijo algo a mi padre y y o miré a Patrick fijamente, deseosa de que
parara. A su izquierda, el abuelo llevaba el tenedor al plato con una glotonería
indisimulada, emitiendo lo que llamábamos sus « ruidos de comer» : pequeños
rugidos y murmullos de placer.
—Está riquísimo el salmón—dijo Will a mi madre—. De verdad, un sabor
delicioso.
—Bueno, no es algo que comamos todos los días —respondió ella, sonriente
—. Pero queríamos que fuera un día especial.
Deja de mirar, rogué a Patricken silencio.
Al fin me vio y apartó la vista. Parecía furioso.
Di a Will otro trozo de salmón y luego un pedazo de pan cuando vi que le
echaba un vistazo. Me había vuelto, comprendí en ese momento, tan sensible a
sus necesidades que apenas me hacía falta mirarlo para saber qué quería.
Patrick, al otro lado, comía con la cabeza gacha, cortando el salmón en trocitos
pequeños que pinchaba con el tenedor. No tocó el pan.
—Entonces, Patrick—dijo Will, que tal vez percibió mi desazón—, Louisa me
dice que eres entrenador personal. ¿Qué haces exactamente?
Cómo deseé que no hubiera preguntado. Patrick se lanzó a una perorata de
vendedor sobre la motivación personal y cómo un cuerpo en forma ay udaba a
tener una mente sana. A continuación, se explay ó acerca de su programa de
entrenamiento para el Norseman: las temperaturas del mar del Norte, las
proporciones de grasa corporal adecuadas para correr una maratón, sus mejores
tiempos en cada disciplina. Por lo general, a esas alturas yo y a no escuchaba,
pero ahora, con Will junto a mí, no dejaba de pensar en qué inoportuno era. ¿Es
que no podía explicarlo por encima y quedarse contento?
—De hecho, cuando Lou me dijo que ibas a venir, pensé en echarle un
vistazo a mis libros a ver si encontraba una fisioterapia que recomendarte.
Casi me ahogo con el champán.
—Es toda una especialidad, Patrick. No creo que seas la persona indicada.
—Yo soy un especialista. Me dedico a las lesiones deportivas. Tengo
formación médica.
—Esto no es un esguince, Pat. De verdad.
—Hace un par de años trabajé con un hombre que tenía un cliente
tetrapléjico. Dice que ahora está casi completamente recuperado. Hace
triatlones y todo.
—¡Imagínate! —dijo mi madre.
—Me habló de una nueva investigación en Canadá basada en que es posible
entrenar los músculos para recordar las actividades pasadas. Si los ejercitas
bastante, todos los días, es como una sinapsis cerebral: todo vuelve. Te apuesto
algo a que, si te sometemos a un programa bueno de verdad, notarías cambios en
tu memoria muscular. Al fin y al cabo, Lou me dice que antes eras todo un
hombre de acción.
—Patrick—dije en voz alta—. No sabes de qué hablas.
—Solo intentaba...
—Bueno, pues no lo intentes. De verdad.
En la mesa se hizo el silencio. Mi padre tosió y se disculpó. El abuelo miró
alrededor de la mesa en un silencio cauteloso.
Mi madre hizo el gesto de ofrecer más pan a todos, para a continuación
cambiar de parecer.
Cuando Patrick habló de nuevo, su voz sonó como la de un mártir.
—Era solo una investigación que me pareció útil. Pero ya me callo.
Will alzó la vista y sonrió, con un semblante inexpresivo y educado.
—Sin duda, lo tendré en mente.
Me levanté para retirar los platos, con la esperanza de escaparme. Pero mi
madre me riñó y me dijo que me sentara.
—Es tu cumpleaños —dijo, como si en otras ocasiones consintiera que la
ay udaran—. Bernard, ¿por qué no vas a la cocina a por el pollo?
—Ja, ja. Esperemos que hay a dejado de corretear por ahí, ¿eh? —Mi padre
sonrió y mostró los dientes en una especie de mueca.
El resto de la cena transcurrió sin incidentes. Mis padres estaban encantados
con Will. Patrick, no tanto. Patrick y Will apenas intercambiaron una palabra
más. En algún momento, mientras mi madre servía las patatas asadas (con mi
padre haciendo su numerito habitual de intentar robarlas), dejé de preocuparme.
Mi padre hacía todo tipo de preguntas a Will sobre su vida anterior, incluso sobre
el accidente, y Will parecía bastante cómodo para responder sin titubear. De
hecho, me enteré de bastantes cosas que no me había contado antes. Su trabajo,
por ejemplo, daba la impresión de ser bastante importante, aunque lo negara.
Compraba y vendía empresas y se encargaba de lograr beneficios entretanto. Mi
padre tuvo que insistir para sonsacarle que su idea de beneficios se elevaba a seis
o siete cifras. Me descubrí a mí misma con la mirada clavada en Will, tratando
de conciliar al hombre que conocía con ese ejecutivo despiadado de la gran
ciudad. Mi padre le habló de la empresa que iba a comprar la fábrica de muebles
y, cuando mencionó el nombre, Will asintió con la cabeza, casi compungido, y
dijo que sí, que los conocía. Sí, era probable que él también hubiera hecho lo
mismo. Por el modo en que lo dijo, el futuro del trabajo de mi padre no resultó
muy esperanzador.
Mi madre miraba maravillada a Will y estaba absorta en él. Comprendí, al
verla sonreír, que en algún momento a lo largo de la cena Will había pasado a ser
un joven apuesto sentado a su mesa. No era de extrañar que Patrick estuviera tan
molesto.
—¿Tarta de cumpleaños? —preguntó el abuelo en cuanto mi madre comenzó
a retirar los platos.
Fue tan claro, tan sorprendente, que mi padre y yo nos miramos,
boquiabiertos. Todo el mundo guardó silencio.
—No. —Caminé alrededor de la mesa y lo besé—. No, abuelo. Lo siento.
Pero hay mousse de chocolate. Te va a gustar.
El abuelo asintió en señal de aprobación. Mi madre estaba radiante. Creo que
ninguno de nosotros podría haber recibido un regalo mejor.
Llegó la mousse a la mesa y, junto a ella, un regalo cuadrado, del tamaño de
una guía telefónica, envuelto en papel de seda.
—Hora de los regalos, ¿eh? —dijo Patrick—. Toma. Aquí está el mío. —Me
sonrió al dejarlo en el centro de la mesa.
Yo le devolví la sonrisa. No era momento para discrepancias, al fin y al cabo.
—Vamos —me animó mi padre—. Ábrelo.
Abrí primero el de mis padres, desenvolviendo el papel con cuidado, para no
rasgarlo. Era un álbum de fotografías, y en cada página había una foto de un año
de mi vida. De bebé, junto a Treena, dos niñas de caras regordetas, en mi primer
día en el instituto, llena de horquillas y con una falda enorme. Más reciente, había
una de mí y de Patrick, esa en la que le llamaba cabrón. Y, vestida con una falda
gris, en el primer día de mi nuevo trabajo. Entre las páginas había dibujos de la
familia hechos por Thomas, cartas que mi madre había conservado de las
excursiones escolares, donde, con letra de niña, hablaba de la playa, de helados
perdidos y de gaviotas ladronas. Lo hojeé entero y solo dudé un momento
cuando vi a esa chica de pelo oscuro y largo. Pasé de página.
—¿Me dejas verlo? —preguntó Will.
—No ha sido... nuestro mejor año —se excusó mi madre, mientras y o pasaba
las páginas frente a él—. Es decir, estamos bien y no podemos quejarnos. Pero
ya sabes cómo están las cosas. Y el abuelo vio algo en la tele acerca de hacer los
regalos en vez de comprarlos, y pensé que sería algo..., y a sabes..., con un
significado especial.
—Y es especial, mamá. —Se me habían cubierto los ojos de lágrimas—. Me
encanta. Gracias.
—El abuelo escogió algunas fotografías —señaló.
—Es precioso —comentó Will.
—Me encanta —dije de nuevo.
La mirada de completo alivio que intercambiaron mi madre y mi padre fue
lo más triste que había visto en toda mi vida.
—Ahora, el mío. —Patrick acercó la pequeña caja sobre la mesa. La abrí
despacio, con una indefinida y breve sensación de pánico por si era un anillo de
compromiso. Yo no estaba preparada. Apenas había comenzado a asimilar que
ya tenía habitación. Abrí la cajita y, sobre el terciopelo azul, había una delgada
cadena de oro con una pequeña estrella de colgante. Era algo dulce, delicado y
no tenía nada que ver conmigo. No usaba ese tipo de joyas, nunca lo había
hecho.
Dejé que mis ojos reposaran sobre ella mientras decidía qué decir.
—Es preciosa —dije, y Patrick se inclinó sobre la mesa y me la abrochó al
cuello.
—Me alegra que te guste —contestó Patrick, y me dio un beso en la boca.
Juro que era la primera vez que me besaba así delante de mis padres.
Will me observó, impasible.
—Bueno, creo que es la hora de tomar el postre —dijo mi padre—. Antes de
que se caliente. —Se rio de su propia broma. El champán le había subido los
ánimos.
—En la mochila tengo algo para ti —comentó Will, en voz baja—. La que
está detrás de mi silla. El envoltorio es naranja.
Saqué el regalo de la mochila de Will.
Mi madre se detuvo con la cuchara de servir en la mano.
—¿Le has traído un regalo a Lou, Will? Qué amable. ¿No es un detalle,
Bernard?
—Claro que sí.
El papel de envolver tenía unos quimonos chinos de colores brillantes. No me
hizo falta mirarlo dos veces para saber que iba a guardarlo. Tal vez idearía algo
que ponerme basándome en él. Retiré la cinta, que dejé a un lado para más
tarde. Abrí el paquete y luego el papel de seda que había dentro, y ahí,
mirándome, había algo de color negro y amarillo extrañamente familiar.
Saqué la tela del paquete y en mis manos encontré dos pares de leotardos,
negros y amarillos. De mi talla, de una lana tan suave que casi se deslizaba entre
los dedos.
—No me lo creo —dije. Comencé a reír: de un modo alegre, inesperado—.
Oh, santo cielo. ¿Dónde los has encontrado?
—Encargué que me los hicieran. Te alegrará saber que di las instrucciones a
la mujer con mi nuevo programa de reconocimiento de voz.
—¿Leotardos? —dijeron mi padre y Patrickal unísono.
—Ni más ni menos que los mejores leotardos de todos los tiempos.
Mi madre los miró con atención.
—Sabes, Louisa, estoy casi segura de que tenías un par igualito a esos cuando
eras muy pequeña.
Will y y o intercambiamos una mirada.
No podía dejar de sonreír.
—Quiero ponérmelos ya —dije.
—Madre mía, se va a parecer al humorista Max Wall en una colmena —
exclamó mi padre sacudiendo la cabeza.
—Ah, Bernard, es su cumpleaños. Que se ponga lo que quiera.
Salí corriendo y me los puse en el pasillo. Estiré la punta del pie para admirar
lo ridículo que parecía. No creo que un regalo de cumpleaños me hubiera puesto
tan contenta en mi vida.
Volví al salón. Will soltó una pequeña ovación. El abuelo golpeó la mesa con
las manos. Mi madre y mi padre soltaron una carcajada. Patrick se limitó a
mirar.
—No sé cómo decirte lo mucho que me gustan —dije—. Gracias. Gracias.
—Estiré una mano y le toqué el hombro—. De verdad.
—También hay una tarjeta ahí dentro —respondió—. Ábrela en otro
momento.
Mis padres se mostraron encantados con Will cuando se fue.
Mi padre, que estaba borracho, le agradeció una y otra vez que me diera
trabajo y le hizo prometer que volvería.
—Si me quedo sin trabajo, a lo mejor me paso a ver un partido de fútbol
contigo —dijo.
—Estupendo —contestó Will, aunque yo nunca le había visto siguiendo un
partido de fútbol.
Mi madre le obligó a llevarse una porción de la mousse que había sobrado en
un recipiente de plástico.
—Como te ha gustado tanto...
Qué caballero, dirían durante una buena hora después de su marcha. Un
caballero de verdad.
Patrick salió al pasillo, con las manos en los bolsillos, como si quisiera
contener la tentación de estrechar las de Will. Esa, al menos, fue mi conclusión
más generosa.
—Me alegro de conocerte, Patrick—dijo Will—. Y gracias por el... consejo.
—Oh, solo intentaba que mi novia aprovechara al máximo su trabajo —
replicó—. Eso es todo. —Hizo un hincapié evidente en el posesivo mi.
—Bueno, eres un hombre afortunado —comentó Will, mientras Nathan
comenzaba a empujar la silla—. Sin duda, se le dan de maravilla los baños en la
cama. —Lo dijo tan rápido que la puerta se cerró antes de que Patrick asimilara
qué había dicho.
—No me habías dicho que lo bañabas en la cama. —Habíamos vuelto a la casa
de Patrick, un piso nuevo en las afueras del pueblo. En los anuncios aseguraban
que era para quien quería vivir por todo lo alto, aunque daba a la zona de
hipermercados y solo era un tercer piso—. ¿Qué quiere decir eso? ¿Que le lavas
la polla?
—No le lavo la polla. —Cogí la crema limpiadora, una de las pocas cosas que
me era permitido llevar a la casa de Patrick, y comencé a limpiarme el
maquillaje con movimientos amplios.
—Es lo que dijo.
—Te estaba tomando el pelo. Y, teniendo en cuenta la de veces que repetiste
que antes era un hombre de acción, no le culpo.
—Entonces, ¿qué es lo que le haces? Es evidente que no me lo has contado
todo.
—Lo lavo, a veces, pero solo hasta llegar a la ropa interior.
La mirada de Patrick lo dijo todo. Al final, apartó la vista, se quitó los
calcetines y los arrojó al cesto de la ropa sucia.
—Tu trabajo no debería incluir eso. Nada de cuidados médicos, decía. Nada
de cuidados íntimos. No era parte de la descripción del trabajo. —Una idea súbita
cruzó su mente—. Podrías presentar una demanda. Despido indirecto, creo que lo
llaman, cuando cambian las condiciones del trabajo.
—No seas ridículo. Y lo hago porque Nathan no puede estar siempre ahí, y
para Will es horrible que se encargue un completo desconocido de una agencia.
Y, además, y a me he acostumbrado. En realidad, no me molesta.
¿Cómo explicarle... que un cuerpo puede volverse tan familiar? Era capaz de
cambiar los tubos de Will con una eficacia profesional, bañarle el torso con una
esponja sin la menor interrupción en nuestra conversación. Ya ni siquiera sus
cicatrices me impresionaban. Durante un tiempo, no veía más que un suicida en
potencia. Ahora, era solo Will: el exasperante, voluble, inteligente y divertido
Will, que me trataba con condescendencia y le gustaba actuar como si él fuera el
profesor Higgins y y o Eliza Doolittle. Su cuerpo era solo una parte del todo, a la
que había que tratar, a intervalos regulares, antes de volver a la conversación. Se
había convertido, supuse, en la parte menos interesante de él.
—No puedo creerlo... Después de todo lo que hemos pasado juntos... De todo
lo que tardaste en dejar que me acercara a ti..., y he aquí un desconocido con el
que estás encantada de compartir su intimidad...
—¿Y si hablamos de esto en otro momento, Patrick? Es mi cumpleaños.
—No fui y o quien empezó con los baños en la cama y qué sé y o.
—¿Todo esto es porque es guapo? —pregunté—. ¿Es ese el problema? ¿Sería
todo más fácil para ti si pareciese, y a sabes, una planta de verdad?
—Entonces, te parece guapo.
Me saqué el vestido por la cabeza y comencé a quitarme los leotardos, con
cuidado, ya evaporados los restos de mi buen humor.
—No puedo creerme esto. No me puedo creer que estés celoso de él.
—No estoy celoso. —Su tono era despectivo—. ¿Cómo voy a estar celoso de
un tullido?
Patrick me hizo el amor esa noche. Tal vez « hacer el amor» no sea la
expresión correcta. Mantuvimos relaciones sexuales, una sesión maratoniana en
la que se mostró decidido a exhibir su condición atlética, su fuerza, su vigor. Duró
horas. Si hubiera podido balancearme en la lámpara del techo, creo que lo habría
hecho. Fue agradable sentirse tan deseada, ser el centro de la atención de Patrick
después de tantos meses de semiindiferencia. Pero una pequeña parte de mí se
mantuvo distante durante todo ese tiempo. Sospechaba que no se trataba de mí, al
fin y al cabo. No había tardado en deducirlo. Este pequeño espectáculo se debía a
Will.
—¿Qué tal, eh? —Patrick se enroscó en torno a mí cuando hubo acabado,
estrechando nuestros cuerpos pegajosos por el sudor, y me besó en la frente.
—Muy bien —dije.
—Te quiero, preciosa.
Y, satisfecho, se dio la vuelta, se pasó un brazo por encima de la cabeza y se
quedó dormido en cuestión de minutos.
Como no me venía el sueño, salí de la cama y bajé a por mi bolso. Revolví en
su interior, en busca del libro de relatos de Flannery O’Connor. Al sacarlo, el
sobre cay ó.
Me quedé mirándolo. Era la tarjeta de Will. No la había abierto en la mesa.
Lo hice en ese momento, y sentí una inesperada esponjosidad en su interior.
Saqué la tarjeta con cuidado y la abrí. Contenía diez billetes nuevos de cincuenta
libras. Los conté dos veces, incapaz de creer lo que veían mis ojos. La tarjeta
decía:
El bono de cumpleaños. Ni lo pienses. Es una exigencia legal. W
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