4 y 5

4
Pasaron dos semanas en las que se estableció cierta rutina, más o menos. Todas
las mañanas yo me presentaba en Granta House a las ocho, anunciaba que había
llegado y, una vez que Nathan había ayudado a Will a vestirse, escuchaba con
atención mientras me explicaba lo que tenía que saber acerca de sus medicinas...
o, más importante aún, su estado de ánimo.
Cuando Nathan se iba, y o programaba la radio o la televisión para Will, le
administraba sus píldoras, que a veces trituraba con el pequeño mortero de
mármol. Por lo general, al cabo de unos diez minutos Will dejaba bien claro que
le irritaba mi presencia. En ese momento yo me entregaba a las pequeñas tareas
domésticas del pabellón, y lavaba paños de cocina que no estaban sucios o usaba
al azar los complementos de la aspiradora para limpiar un pequeño tramo de un
rodapié o de una repisa, asomando religiosamente la cabeza por la puerta cada
quince minutos, tal como me indicó la señora Traynor. Cuando lo hacía, Will
estaba sentado en su silla con la vista perdida en el desolado jardín.
Más tarde le llevaba un vaso de agua o una de esas bebidas llenas de calorías
que se suponía que le ayudaban a no perder peso y tenían el aspecto de cola para
papel pintado, o le daba de comer. Will movía las manos un poco, pero no los
brazos, de modo que había que darle de comer cucharada a cucharada. Era la
peor parte del día: por algún motivo, parecía una vileza dar de comer así a un
adulto y mi vergüenza me volvía torpe e insegura. Will lo detestaba tanto que ni
siquiera me miraba a los ojos mientras le llevaba la comida a la boca.
Y entonces, poco antes de la una, Nathan llegaba y yo agarraba mi abrigo y
desaparecía para caminar por las calles, a veces para comer el almuerzo en la
parada de autobús cercana al castillo. Hacía frío y era probable que yo tuviera
un aspecto patético, ahí encogida, mientras comía mis sándwiches, pero no me
importaba. Era incapaz de pasar un día entero en esa casa.
Por las tardes ponía una película (Will era socio de un videoclub y cada día
llegaban nuevos DVD por correo), pero no me invitaba nunca a verlas un junto a
él, así que yo solía ir a sentarme a la cocina o a la habitación de invitados.
Comencé a llevarme libros y revistas, pero sentía una extraña culpabilidad al no
trabajar de verdad, así que no lograba concentrarme en las palabras. De vez en
cuando, al final del día, aparecía la señora Traynor..., si bien no me decía gran
cosa, salvo: « ¿Todo bien?» , ante lo cual la única respuesta aceptable parecía ser:
« Sí» .
Preguntaba a Will si quería algo, a veces le sugería alguna actividad para el
día siguiente (una excursión o visitar a un amigo que había preguntado por él) y
Will casi siempre respondía desdeñosamente, cuando no con franca grosería. La
señora Traynor se mostraba dolida, recorría con los dedos, arriba y abajo, esa
pequeña cadena de oro, y desaparecía una vez más.
El padre, un hombre rellenito y de aspecto amable, solía llegar en el mismo
momento en que y o me iba. Era el tipo de hombre que iba a ver partidos de
críquet con sombrero de panamá, y al parecer había supervisado la gestión del
castillo desde que se retirara de un trabajo muy bien pagado en Londres. Yo
sospechaba que era como un afable terrateniente que de vez en cuando
sembraba patatas para tener algo que hacer. Acababa todos los días a las cinco de
la tarde y se sentaba a ver la televisión junto a Will. A veces le oía hacer algún
comentario acerca de las noticias cuando me iba.
Tuve ocasión de estudiar a Will Traynor muy de cerca en el transcurso de
ese primer par de semanas. Vi que se mostraba decidido a no parecerse en nada
al hombre que había sido; se había dejado crecer el pelo, castaño claro, en una
mata sin forma, con una barba que se enmarañaba por el mentón. Los ojos grises
denotaban cansancio o los efectos de un malestar incesante (Nathan dijo que rara
vez se sentía a gusto). Tenía la mirada vacía de alguien que siempre se
encontraba apartado del mundo que lo rodeaba. A veces me preguntaba si era un
mecanismo de defensa, si la única manera de sobrellevar esa vida era fingir que
no era a él a quien le ocurría todo eso.
Quería sentir lástima por él. De verdad. Pensaba que era la persona más triste
que había conocido en mi vida, en esos momentos en que lo veía con la mirada
perdida más allá de la ventana. Y, a medida que pasaron los días y comprendí
que sus circunstancias no se limitaban a estar atrapado en esa silla, a la pérdida
de la libertad corporal, sino a una inacabable letanía de humillaciones y
problemas de salud, de riesgos y molestias, decidí que, si yo fuera Will, sin duda
también me sentiría muy mal.
Pero, cielo santo, qué mal genio tenía conmigo. Dijera lo que dijera, sus
respuestas eran siempre cortantes. Si le preguntaba si tenía bastante calor, me
respondía que era perfectamente capaz de decirme si necesitaba otra manta. Si
le preguntaba si le molestaba el ruido de la aspiradora (no quería interrumpir la
película que estaba viendo), me preguntaba si acaso había descubierto una
manera de que funcionara en silencio. Cuando le daba de comer, se quejaba de
que la comida estaba demasiado caliente o demasiado fría o que le había llevado
el tenedor a la boca antes de que terminara de masticar. Tenía la capacidad de
retorcer cualquier cosa que yo dijera o hiciera para dejarme como una estúpida.
Durante esas dos primeras semanas, mejoré mucho en mantener el
semblante del todo impasible; me daba la vuelta y desaparecía en otra habitación
y hablaba con él lo menos posible. Comenzaba a odiarlo, y estoy segura de que
él lo sabía.
No me había imaginado que fuera posible echar de menos mi anterior
trabajo incluso más que antes. Añoraba a Frank, su modo de alegrarse al verme
cuando llegaba por la mañana. Echaba de menos a los clientes, su compañía y
las charlas desenfadadas cuy o tono subía y descendía como un mar en calma
que me rodeaba. Esta casa, por bella y lujosa que fuera, era silenciosa e inerte
como una morgue. Seis meses, me repetía entre dientes cuando resultaba
insoportable. Seis meses.
Y entonces, un jueves, mientras preparaba la bebida alta en calorías de Will,
oí la voz de la señora Tray nor en el pasillo. Salvo que, en esta ocasión, estaba
acompañada de otras voces. Esperé, el tenedor en la mano, inmóvil. Apenas
distinguía la voz de una mujer, joven, educada, y la de un hombre.
La señora Tray nor apareció en el umbral de la cocina y yo intenté aparentar
que estaba ocupada, batiendo con brío la bebida.
—¿Está hecha con sesenta por ciento de agua y cuarenta de leche? —
preguntó, mientras echaba un vistazo a la bebida.
—Sí. Es la de fresa.
—Unos amigos de Will han venido a verlo. Es probable que sea mejor que
usted...
—Tengo muchas cosas que hacer aquí —dije. En realidad, era un alivio
verme libre de su compañía durante una hora más o menos. Enrosqué la tapa de
la taza—. ¿Querrían sus invitados tomar té o café?
La señora Tray nor casi pareció sorprendida.
—Sí. Sería muy amable. Café. Creo que yo...
Parecía más tensa de lo habitual y lanzaba miradas furtivas al pasillo, donde
se oía el leve murmullo de unas voces. Supuse que Will no recibía visitas a
menudo.
—Creo que... los voy a dejar a su aire. —Echó un vistazo al pasillo; daba la
impresión de que sus pensamientos estaban muy lejos de ahí—. Rupert. Es
Rupert, un viejo amigo del trabajo —dijo, dándose la vuelta, de repente, hacia
mí.
Tuve la sensación de que se trataba de un momento importante, y que
necesitaba compartirlo con alguien, aunque solo fuera yo.
—Y Alicia. Estuvieron... muy unidos... durante un tiempo. Algo de té sería
maravilloso. Gracias, señorita Clark.
Vacilé durante un momento antes de abrir la puerta, con la ayuda de la cadera
para que no se me cayera la bandeja de las manos.
—La señora Tray nor sugirió que tal vez les apeteciera tomar café —dije al
entrar, dejando la bandeja en la mesa de centro. Al colocar la taza de Will en el
portavasos de la silla y girar la pajita de modo que solo necesitara cambiar la
posición de la cabeza para alcanzarla, eché una mirada discreta a las visitas.
Fue a la mujer a quien percibí en primer lugar. De piernas largas y cabello
rubio, con cutis acaramelado y pálido, era el tipo de mujer que me lleva a
preguntarme si todos los seres humanos pertenecemos a la misma especie. Tenía
el aspecto de un caballo de carreras humano. Había visto a mujeres así en otras
ocasiones; por lo general subían la colina hacia el castillo agarrando niños
pequeños ataviados con ropa de la marca Boden, y cuando entraban en el café
sus voces, claras como el cristal y despreocupadas, llenaban el ambiente al
preguntar: « Harry, cariño, ¿te apetece un café? ¿Pregunto si tienen macchiato?» .
Sin duda, se trataba de una mujer macchiato. Todo en ella olía a dinero, a
grandeza, a una vida que se asemejaba a las de las páginas de una revista de
relumbrón.
Entonces, la miré más de cerca y comprendí con un sobresalto dos cosas: era
la mujer de las fotografías de Will en la nieve y tenía todo el aspecto de estar
muy muy incómoda.
Besó a Will en la mejilla y se apartó con una sonrisa torpe. Vestía un
chaquetón marrón sin mangas de borrego con el que yo habría parecido el y eti,
y una bufanda gris claro de cachemir, con la que comenzó a juguetear, como si
no supiera si debía quitársela o no.
—Tienes buen aspecto —le dijo a Will—. De verdad. Te has dejado... el pelo
largo.
Will no dijo nada. Se limitó a mirarla, con esa expresión indescifrable de
siempre. Sentí una fugaz gratitud al comprobar que no me miraba de ese modo
solo a mí.
—Una silla nueva, ¿eh? —El hombre dio un golpecito en el respaldo de la silla
de Will, el mentón contra el pecho, y asintió en señal de aprobación, como si
admirara un coche deportivo de gama alta—. Parece... muy elegante. De alta...
tecnología.
Yo no sabía qué hacer. Me quedé ahí un momento, apoyándome en un pie y
luego en el otro, hasta que la voz de Will rompió el silencio.
—Louisa, ¿te importa echar más leños al fuego? Estaría bien avivarlo un
poco.
Era la primera vez que me tuteaba.
—Claro —dije.
Me afané junto a la chimenea, avivando el fuego y buscando leños del
tamaño adecuado.
—Dios, qué frío hace fuera —dijo la mujer—. Qué bien tener un fuego de
verdad.
Abrí la puertecilla del hogar y di golpecitos a los leños incandescentes con el
atizador.
—Aquí el tiempo es unos cuantos grados más frío que en Londres.
—Sí, sin duda —convino el hombre.
—Estaba pensando en instalar una chimenea cerrada en casa. Al parecer, son
mucho más eficientes que las abiertas. —Alicia se agachó un poco para observar
el fuego, como si nunca hubiera visto uno.
—Sí, eso he oído —dijo el hombre.
—Tengo que enterarme bien. Es una de esas cosas que quieres hacer y
luego... —Se quedó sin palabras—. Qué rico el café —añadió, tras una pausa.
—Entonces..., ¿qué has estado haciendo, Will? —La voz del hombre sonaba
como con una especie de jovialidad forzada.
—No mucho, por raro que parezca.
—Pero la fisioterapia y todo eso. ¿Va todo bien? ¿Alguna... mejora?
—No creo que vay a a ir a esquiar esta semana, Rupert —dijo Will con una
voz que rezumaba sarcasmo.
Casi sonreí. Este era el Will que y o conocía. Comencé a retirar las cenizas de
la chimenea. Tenía la sensación de que los tres me miraban. Era un silencio
cargado. Me pregunté por un momento si se vería la etiqueta de mis pantalones y
tuve que contener las ganas de comprobarlo.
—Entonces... —dijo Will al final—. ¿A qué debo el placer? Han pasado...
¿ocho meses?
—Ah, lo sé. Lo lamento. Ha sido... He estado ocupadísima. Tengo un nuevo
trabajo, en Chelsea. Dirigiendo la boutique de Sasha Goldstein. ¿Recuerdas a
Sasha? Además, he trabajado un montón de fines de semana. Los sábados son de
un ajetreo terrible. Resulta muy difícil encontrar tiempo libre. —La voz de Alicia
se volvió crispada—. Llamé un par de veces. ¿Te lo dijo tu madre?
—En Lewins las cosas han sido una locura. Tú..., tú ya sabes cómo es, Will.
Tenemos un nuevo socio. Un tipo de Nueva York. Bains. Dan Bains. ¿Te cruzaste
con él alguna vez?
—No.
—El capullo parece trabajar veinticuatro horas al día y espera que todo el
mundo haga lo mismo. —Era evidente el alivio del hombre al haber encontrado
un tema de conversación que le resultaba cómodo—. Ya conoces la vieja ética
de trabajo de los y anquis: nada de almuerzos largos, nada de chistes verdes. Will,
y a te digo. Todo el ambiente ha cambiado.
—Vaya.
—Oh, Dios, sí. Presentismo a lo grande. A veces ni me atrevo a levantarme
de la silla.
Todo el aire pareció desaparecer de la habitación en una ráfaga de
aspiradora. Alguien tosió.
Me levanté y me limpié las manos en los vaqueros.
—Voy a... Voy a buscar más leña —farfullé, mirando más o menos hacia
Will.
Cogí la cesta y hui.
Hacía muchísimo frío fuera, pero me entretuve ahí, matando el tiempo
eligiendo los trozos de leña. Intentaba calcular si sería mejor perder algún dedo
por congelación o volver dentro. Pero hacía demasiado frío y mi dedo índice, el
que uso para coser, fue el primero en ponerse azul y al fin tuve que admitir la
derrota. Acarreé la madera tan despacio como me fue posible, entré en el
pabellón y recorrí el pasillo a paso lento. Al acercarme al salón oí la voz de la
mujer, que se deslizó por la puerta entornada.
—En realidad, Will, es otro el motivo de nuestra visita —decía—. Tenemos
que darte... una noticia.
Vacilé ante la puerta, con el cesto de leña en las manos.
—Pensé..., bueno, pensamos..., que lo mejor sería decírtelo..., pero, bueno,
aquí va. Rupert y yo nos vamos a casar.
Me quedé inmóvil, calculando si podría alejarme sin que me oyeran.
La mujer continuó, sin convicción.
—Mira, sé que esto probablemente será una conmoción para ti. En realidad,
lo fue también para mí. Nosotros..., lo nuestro..., bueno, solo comenzó mucho
después de...
Me empezaron a doler los brazos. Miré la cesta, intentando decidir qué hacer.
—Bueno, ya sabes que tú y y o..., nosotros...
Otro silencio de plomo.
—Will, por favor, di algo.
—Enhorabuena —dijo al fin.
—Sé qué estás pensando. Pero ninguno de los dos quería que esto ocurriera
así. De verdad. Durante muchísimo tiempo solo fuimos amigos. Amigos que se
preocupaban por ti. Pero es que Rupert fue quien más me apoy ó después de tu
accidente...
—Qué amable.
—Por favor, no seas así. Esto es horrible. Me daba pavor decírtelo. A los dos.
—Es evidente —dijo Will en un tono cansino.
La voz de Rupert intervino.
—Mira, te lo contamos solo porque nos importas a los dos. No queríamos que
te enteraras por otros. Pero, ya sabes, la vida sigue. Ya lo sabes. Han pasado dos
años, al fin y al cabo.
Hubo un silencio. Comprendí que no quería seguir escuchando y comencé a
apartarme de la puerta a toda prisa, y debido al esfuerzo se me escapó un leve
gruñido. Pero la voz de Rupert, cuando volvió a sonar, aumentó de volumen, de
modo que aún lo oía.
—Vamos, hombre. Sé que debe de ser durísimo... todo esto. Pero, si te
importa Lissa al menos un poco, querrás que tenga una buena vida.
—Di algo, Will. Por favor.
Podía imaginar su cara. Vi esa mirada tan suya que lograba ser indescifrable
al tiempo que transmitía un desprecio distante.
—Enhorabuena —dijo, al fin—. No me cabe duda de que seréis muy felices.
Alicia comenzó a protestar (de un modo que apenas se oía), pero Rupert la
interrumpió.
—Vamos, Lissa. Creo que es mejor que nos vayamos. Will, no es que
esperáramos tu bendición al venir. Ha sido una cortesía. Lissa pensaba..., bueno,
los dos pensábamos que deberías saberlo. Lo siento, amigo. Yo... confío en que
las cosas vay an a mejor para ti y espero que quieras seguir en contacto cuando
las cosas..., y a sabes..., cuando las cosas se asienten un poco.
Oí pasos y me agaché sobre la cesta de la leña, como si acabara de llegar.
Los oí en el pasillo y entonces Alicia apareció frente a mí. Tenía los ojos
enrojecidos, como si estuviera a punto de llorar.
—¿Puedo usar el baño? —preguntó, con una voz pastosa y entrecortada.
Despacio alcé el dedo y señalé en silencio en qué dirección estaba.
Entonces ella se me quedó mirando fijamente y comprendí que mis
sentimientos se debían de reflejar a todas luces en mi expresión. Nunca se me ha
dado bien ocultar mis emociones.
—Sé lo que piensas —aseguró, al cabo de una pausa—. Pero yo lo intenté. Lo
intenté de verdad. Durante meses. Y él me alejó, sin más. —Tenía el mentón
rígido y había una extraña furia en su expresión—. De hecho, él no quería que y o
estuviera aquí. Me lo dejó muy claro.
Parecía esperar a que y o dijera algo.
—No es asunto mío —repliqué, al final.
Las dos nos quedamos mirándonos.
—¿Sabes?, en realidad solo podemos ayudar a alguien que quiere ser
ayudado —dijo.
Y se fue.
Esperé un par de minutos, mientras escuchaba el sonido del coche que
desaparecía por la calzada, y entonces fui a la cocina. Me quedé ahí y puse la
tetera en el fuego aunque no me apetecía tomar té. Por fin, volví al pasillo y, con
un gruñido, recogí la cesta de la leña y la arrastré al salón, dando un leve golpe
en la puerta antes de entrar, para que Will supiera de mi llegada.
—Me preguntaba si quería que... —comencé.
Pero no había nadie ahí.
La habitación estaba vacía.
Fue entonces cuando oí el golpe. Salí corriendo al pasillo justo a tiempo para
oír otro, seguido del sonido de cristal que se hacía añicos. Procedía de la
habitación de Will. Oh, Dios, por favor, que no se haya hecho daño. Me entró un
ataque de pánico: la advertencia de la señora Traynor retumbó en mi mente. Lo
había dejado solo más de quince minutos.
Recorrí el pasillo apresurada, me paré en seco en el umbral y me quedé ahí,
con ambas manos aferradas al marco. Will estaba en medio de la habitación,
erguido en la silla, con un bastón apoy ado en los reposabrazos, de tal modo que
sobresalía unos cuarenta y cinco centímetros por la izquierda: era su lanza. No
quedaba ni una sola fotografía en los estantes y la alfombra estaba tachonada de
relucientes fragmentos de vidrio. Will tenía el regazo cubierto de añicos de cristal
y marcos de madera astillados. Observé la escena de la destrucción, al mismo
tiempo que sentía cómo disminuía la frecuencia de mis latidos al comprobar que
Will estaba ileso. Respiraba con dificultad, como si se recuperase de un gran
esfuerzo.
La silla se giró, entre cristales que crujían. Sus ojos se encontraron con los
míos. Me desafiaban a ofrecerle consuelo.
Bajé la vista y miré su regazo y luego al suelo que lo rodeaba. Identifiqué la
fotografía de Alicia y él, la cara de ella ahora oculta tras un marco de plata
abollado, entre los otros desastres.
Tragué saliva sin dejar de mirarla, y poco a poco alcé los ojos para
observarlo. Esos pocos segundos fueron los más largos que recordaba.
—¿Ese cacharro se puede pinchar? —dije al fin, señalando la silla de ruedas
con un gesto de la cabeza—. Porque no tengo ni idea de dónde tendría que poner
el gato.
Los ojos de Will se agrandaron. Solo por un momento pensé que había metido
la pata del todo. Pero la más leve insinuación de una sonrisa se extendió por sus
labios.
—Mira, no te muevas —dije—. Voy a buscar la aspiradora.
Oí que el bastón caía al suelo. Al salir de la habitación, pensé que tal vez le
había oído decir que lo sentía.
Los jueves por la noche el pub The Kings Head siempre era un lugar concurrido,
y el rincón de la sala estaba incluso más abarrotado. Me senté apretujada entre
Patrick y un hombre a quien parecían llamar el Surcador, que miraba con
frecuencia los arreos de caballo colgados de las traviesas de roble sobre mi
cabeza y las fotografías del castillo que jalonaban las vigas, e intenté mostrarme
al menos vagamente interesada en la conversación que me rodeaba, que giraba
en torno a la proporción entre la grasa corporal y la ingesta de carbohidratos.
Siempre había pensado que esas reuniones quincenales de los Diablos del
Triatlón de Hailsbury debían de ser la peor pesadilla del dueño de un bar. Yo era
la única que bebía alcohol y mi solitaria bolsa de patatas fritas reposaba arrugada
y vacía en la mesa. Todos los demás bebían agua mineral o comprobaban la
cantidad de edulcorante de sus Coca-Colas light. Cuando, al fin, pedían comida,
no había una ensalada a la que permitieran rociar con salsa aceitosa ni un trozo
de pollo que conservara la piel. A menudo y o pedía patatas fritas solo para ver
cómo fingían que no querían ni una.
—Phil perdió el control a unos sesenta y cinco kilómetros. Dijo que llegó a oír
voces. Se sintió como si fuera de plomo. Tenía esa cara de zombi, ¿sabes?
—Encargué un par de esas deportivas japonesas a medida. En los veinte
kilómetros mis tiempos han bajado diez minutos.
—No viajes con una funda de bicicletas blanda. Nigel llegó al campamento y
la suy a parecía una percha arrugada.
No podía decir que disfrutaba de las reuniones de los Diablos del Triatlón de
Hailsbury, pero, entre mi horario cada vez más exigente y el programa de
entrenamiento de Patrick, era una de las pocas ocasiones en que sabía que podía
verlo. Se sentó a mi lado, los muslos musculosos enfundados en unos pantalones
cortos a pesar del frío despiadado que hacía fuera. Entre los miembros del club,
era una cuestión de honor vestir con cuanta menos ropa mejor. Los hombres,
delgados y fuertes, presumían de prendas deportivas desconocidas y caras que
tenían propiedades extraabsorbentes y un peso más ligero que el aire. Se
llamaban Scud o Trig y flexionaban partes del cuerpo para mostrar heridas o un
supuesto desarrollo muscular. Las mujeres no llevaban maquillaje y tenían la
complexión robusta de quien no teme correr durante kilómetros en un clima
helado. Me miraban con un leve desprecio (o tal vez incluso incomprensión), sin
duda calculando mi proporción de grasa y músculo, que les parecería deficiente.
—Fue horrible —dije a Patrick, mientras me preguntaba si podría pedir una
tarta de queso sin que me mataran con la mirada—. Su novia y su mejor amigo.
—No puedes culparla —contestó—. ¿De verdad me dices que seguirías
conmigo si me quedara paralizado de cuello para abajo?
—Claro que sí.
—No, de eso nada. Y yo no lo esperaría.
—Bueno, pues lo haría.
—Pero yo no querría. No querría que alguien estuviera conmigo solo por
pena.
—¿Quién dice que sería por pena? Seguirías siendo la misma persona.
—No, claro que no. No sería la misma persona en absoluto. —Arrugó la nariz
—. No querría vivir. Depender de otras personas hasta para las cosas más
insignificantes... Que unos desconocidos me limpien el culo...
Un hombre con la cabeza afeitada irrumpió entre nosotros.
—Pat —dijo—, ¿has probado esa nueva bebida de gel? Una me explotó en la
mochila la semana pasada. Nunca había visto algo así.
—No las he probado, Trig. Yo soy de plátano y Lucozade, y y a está.
—Dazzer se tomó una Coca-Cola light mientras hacía el Norseman. Lo
vomitó todo a 900 metros de altura. Dios, cómo nos reímos.
Forcé una leve sonrisa.
El hombre de la cabeza afeitada desapareció y Patrick se giró hacia mí de
nuevo, al parecer reflexionando aún acerca del destino de Will.
—Santo cielo. Piensa en todas las cosas que no podrías hacer... —Negó con la
cabeza—. Se acabó correr o montar en bici. —Me miró como si se le acabara de
ocurrir—. Se acabó el sexo.
—Claro que podrías tener relaciones sexuales. Solo que la mujer se tendría
que poner encima.
—Estaríamos apañados, entonces.
—Qué gracioso.
—Además, si estás paralizado de cuello para abajo, supongo que..., hum..., el
aparato no funciona como debería.
Pensé en Alicia. Pero yo lo intenté. dijo. Lo intenté de verdad. Durante meses.
—Seguro que a algunas personas sí. De todos modos, debe de haber una
solución para todo esto si... te dejas llevar por la imaginación.
—Ja. —Patrick tomó un sorbo de agua—. Tendrás que preguntárselo mañana.
Mira, has dicho que estar con él es horrible. Tal vez era horrible antes del
accidente. Tal vez ese es el verdadero motivo por el que ella lo dejó. ¿Lo habías
pensado?
—No lo sé... —Pensé en la fotografía—. Parecían muy felices juntos. —De
todos modos, ¿qué demostraba una fotografía? En casa tenía una enmarcada en
la que sonreía encantada a Patrick como si me acabara de sacar de un edificio en
llamas, aunque en realidad le acababa de llamar cabrón y él me había
respondido con un efusivo « ¡Vete a la mierda!» .
Patrick había perdido el interés.
—Eh, Jim... Jim, ¿has visto esa nueva bici ligera? ¿Qué tal?
Le permití que cambiara de tema y pensé en lo que me había dicho Alicia.
No me costaba imaginar que Will la ahuy entara. Pero, sin duda, si querías a
alguien, ¿no era tu deber permanecer a su lado? ¿Ay udarlo a superar la
depresión? ¿En la salud y en la enfermedad y todo eso?
—¿Otra ronda?
—Vodka con tónica. La tónica, light —añadí cuando Patrickalzó una ceja.
Se encogió de hombros y se dirigió a la barra.
Había comenzado a sentirme un poco culpable por el modo en que
analizábamos a Will. En especial, cuando comprendí que le ocurriría eso todo el
tiempo. Era casi imposible no conjeturar acerca de los aspectos más íntimos de
su vida. Me desconecté. La conversación giraba en torno a un fin de semana de
entrenamiento en España. Solo escuchaba a medias, hasta que Patrick reapareció
a mi lado y me dio con el codo.
—¿Te apetece?
—¿El qué?
—Un fin de semana en España. En lugar de las vacaciones griegas. Podrías
poner los pies a remojo en la piscina si no te apetece recorrer setenta kilómetros
en bici. Seguro que encontramos vuelos baratos. Es dentro de seis semanas.
Ahora que te estás forrando...
Pensé en la señora Tray nor.
—No lo sé... No creo que vay an a ver con buenos ojos que me tome un
tiempo libre tan pronto.
—¿Te importa si voy y o, entonces? Me apetece muchísimo entrenarme en
altura. Estoy pensando en hacer el grande.
—El grande ¿qué?
—El Triatlón Extremo Norseman. Cien kilómetros en bicicleta, cincuenta
kilómetros a pie y un buen chapuzón en las aguas heladas de los mares nórdicos.
Del Norseman hablaban con reverencia: quienes habían participado en esa
competición llevaban sus heridas como los veteranos de una guerra lejana y
brutal. Casi se relamía los labios por la expectación. Miré a mi novio y me
pregunté si no sería un extraterrestre. Por un momento, pensé que lo prefería
cuando trabajaba en la televenta y no pasaba ante una gasolinera sin rellenar la
guantera de chocolatinas Mars.
—¿Vas a hacerlo?
—¿Por qué no? Nunca había estado tan en forma.
Pensé en todos esos entrenamientos, en las conversaciones interminables
acerca del peso y la distancia, la forma física y la resistencia. Últimamente, era
difícil lograr la atención de Patrickincluso en las mejores circunstancias.
—Podrías hacerlo conmigo —propuso, si bien ambos sabíamos que no lo
creía.
—Lo dejo para ti —dije—. Claro. Ve.
Y pedí la tarta de queso.
Si había pensado que los eventos del día anterior servirían para romper el hielo en
Granta House, me equivoqué.
Saludé a Will con una amplia sonrisa y un animado hola, y ni siquiera se
molestó en apartar la mirada de la ventana.
—No tiene un buen día —murmuró Nathan mientras se ponía el abrigo.
Era una mañana lóbrega, de nubes bajas, con una lluvia desapacible que
chispeaba contra las ventanas y era difícil imaginar que el sol volvería a salir de
nuevo alguna vez. Incluso y o me sentía alicaída en días como este. En realidad,
no era una sorpresa que Will estuviera peor. Comencé a realizar mis tareas
matinales, diciéndome sin cesar que no importaba. No era obligatorio llevarse
bien con el jefe, ¿verdad? A mucha gente le pasaba. Pensé en la jefa de Treena,
una divorciada en serie de cara tensa que llevaba la cuenta de cuántas veces mi
hermana iba al baño y hacía comentarios hirientes si pensaba que su vejiga había
excedido una actividad razonable. Y, además, y a había completado dos semanas
aquí. Eso quería decir que solo me quedaban cinco meses y trece días laborables
para acabar.
Las fotografías estaban apiladas con esmero en el cajón de abajo, donde las
había colocado el día anterior, y ahora, agachada en el suelo, comencé a
sacarlas y ordenarlas, comprobando qué marcos sería capaz de arreglar. Se me
da bien arreglar cosas. Además, pensé que sería una forma útil de matar el
tiempo.
Llevaba unos diez minutos dedicada a esta tarea cuando el discreto murmullo
de la silla de ruedas motorizada me anunció la llegada de Will.
Se quedó ahí, ante el umbral, mirándome. Tenía unas ojeras oscuras. A veces,
según me contó Nathan, apenas dormía. No quise pensar en cómo sería yacer
atrapado en una cama de la que no podía salir sin otra compañía, a esas horas de
la madrugada, que la de sus pensamientos más lóbregos.
—Pensé que a lo mejor podía arreglar algunos de estos marcos —dije,
alzando uno. Era la fotografía donde Will hacía puenting. Intenté mostrarme
animada. Necesita a alguien vivaz, alguien optimista.
—¿Por qué?
—Bueno... —Parpadeé—. Creo que aún se pueden aprovechar. He traído
pegamento, si te parece bien que lo intente. O, si quieres reemplazarlos, puedo ir
al pueblo a la hora de la comida a ver qué encuentro. O podríamos ir juntos, si te
apetece salir...
—¿Quién te dijo que los arreglaras?
Su mirada era implacable.
Oh, oh, pensé.
—Solo... Solo intentaba ay udar.
—Querías arreglar lo que hice ay er.
—Yo...
—¿Sabes qué, Louisa? Estaría bien, solo por una vez, si alguien prestara
atención a lo que y o quiero. Que destrozara esas fotografías no fue un accidente.
No fue una tentativa de rediseño interior radical. En realidad, lo hice porque no
quiero volver a verlas.
Me puse en pie.
—Lo siento. No pensé que...
—Pensaste que tú sabías lo que era mejor. Todo el mundo piensa que sabe lo
que yo necesito. Vamos a volver a reparar esas malditas fotos. Para que el pobre
lisiado tenga algo que mirar. No quiero que esas malditas fotos me contemplen
cada vez que estoy apresado en la cama hasta que viene alguien y me saca de
nuevo. ¿Vale? ¿Crees que te podrías meter eso en la cabeza?
Tragué saliva.
—No iba a arreglar la de Alicia... No soy tan estúpida... Solo pensé que dentro
de un tiempo tal vez quisieras...
—Oh, cielo santo. —Se apartó de mí y habló en un tono mordaz—. Ahórrame
la terapia psicológica. Ve a leer esas revistas tuy as de cotilleos de mierda o lo que
sea que hagas cuando no estás preparando té.
Me ardían las mejillas. Observé cómo maniobraba la silla en ese pasillo
estrecho y mi voz surgió antes incluso de saber qué iba a decir.
—No tienes por qué comportarte como un imbécil.
Las palabras retumbaron en el aire inmóvil.
La silla de ruedas se detuvo. Hubo una larga pausa, y entonces dio marcha
atrás y giró despacio, para quedar frente a mí, la mano sobre esa pequeña
palanca.
—¿Qué?
Lo miré a los ojos, con el corazón en un puño.
—A tus amigos los trataste como si fueran mierda. Vale. Es probable que lo
merecieran. Pero y o estoy aquí un día tras otro intentando hacer mi trabajo lo
mejor posible. Así que te agradecería que no me amargaras la vida igual que a
todo el mundo.
Los ojos de Will se abrieron un poco. Me dio un vuelco el corazón antes de
que hablara de nuevo.
—¿Y si te dijera que no quiero que sigas aquí?
—No trabajo para ti. Trabajo para tu madre. Y, a menos que ella me diga
que no quiere que siga aquí, me voy a quedar. No porque me importes
demasiado o porque me guste este estúpido trabajo o quiera cambiar tu vida de
algún modo, sino porque necesito el dinero. ¿Vale? De verdad necesito el dinero.
La expresión de Will Traynor no cambió mucho en apariencia, pero creí ver
asombro en su rostro, como si no estuviera acostumbrado a que alguien le llevara
la contraria.
Oh, diablos, pensé cuando com
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Verse arrojada a una nueva vida (o, al menos, lanzada con tal fuerza contra la
vida de alguien que es como aplastarse la cara contra la ventana) te obliga a
replantearte quién eres. O qué impresión causas a otras personas.
Para mis padres, en tan solo unas cuatro semanas me había vuelto un poco
más interesante. Ahora era la vía de acceso a un mundo diferente. Mi madre, en
especial, me hacía preguntas todos los días sobre Granta House y sus hábitos
domésticos, a la manera de un zoólogo que realiza un examen forense de una
exótica criatura recién descubierta y su hábitat. « ¿Usa la señora Traynor
servilletas de lino en todas las comidas?» , preguntaba, o « ¿Crees que pasan la
aspiradora todos los días, como nosotros?» , o « ¿Cómo hacen las patatas?» .
Por las mañanas me enviaba con estrictas indicaciones para descubrir qué
marca de papel higiénico usaban o si las sábanas eran de cierta mezcla de
algodón. Era motivo de gran decepción para ella que la mayor parte del tiempo
yo ni siquiera recordara esas misiones. Mi madre albergaba la secreta
convicción de que los ricachones vivían como cerdos, especialmente desde que
le hablé, a los seis años, de un amigo de modales refinados cuya madre no nos
dejaba jugar en el salón « porque levantaríamos el polvo» .
Cuando volvía a casa y le informaba de que sí, sin duda el perro tenía
permiso para comer en la cocina, o que no, los Traynor no fregaban la escalera
de entrada todos los días, mi madre fruncía los labios, miraba de reojo a mi
padre y asentía con silenciosa satisfacción, como si acabara de confirmar todo lo
que sospechaba acerca de los descuidados hábitos de las clases altas.
Como dependían de mi salario, o tal vez porque sabían que no me gustaba mi
trabajo, y o recibía un poco más de respeto en la casa. Lo cual no significaba
gran cosa: en el caso de mi padre, dejó de llamarme « culo de cerda» y, en
cuanto a mi madre, siempre me recibía con una taza de té cuando regresaba.
Para Patrick y para mi hermana, yo no había cambiado: aún era el blanco de
sus bromas, la receptora de abrazos, besos o enfurruñamientos. Yo no me sentía
diferente. Aún tenía el mismo aspecto y vestía, según Treen, como si hubiera
sobrevivido a un combate de lucha libre en una tienda de la beneficencia.
No tenía ni idea de lo que pensaban de mí casi todos los habitantes de Granta
House. Will era indescifrable. Para Nathan, sospechaba, y o no sería más que la
última en una larga sucesión de cuidadores. Era amable, pero distante. Me daba
la impresión de que no creía que fuera a quedarme ahí mucho tiempo. El señor
Tray nor me saludaba con un educado gesto de la cabeza cada vez que nos
cruzábamos en el pasillo, y a veces me preguntaba qué tal el tráfico o si me
había adaptado bien. No estoy segura de que me hubiese reconocido de habernos
visto en otro lugar.
Pero para la señora Tray nor (oh, Dios)..., para la señora Traynor yo era, al
parecer, la persona más estúpida e irresponsable del planeta.
Todo comenzó con los marcos de las fotos. En esa casa nada escapaba a la
atención de la señora Traynor, y yo debería haber sabido que la destrucción de
los marcos sería considerada un cataclismo. Me interrogó acerca de cuánto
tiempo exactamente había dejado solo a Will, por qué motivo, cuánto había
tardado en limpiar el desastre. En realidad, no me criticó (era tan cortés que ni
siquiera alzaba la voz), pero esa manera parsimoniosa de parpadear ante mis
respuestas, sus leves mmmm, mmmm mientras y o hablaba, me dijeron todo lo que
necesitaba saber. No me sorprendí en absoluto cuando Nathan me contó que era
juez.
Pensaba que sería buena idea si no dejaba solo a Will tanto tiempo la próxima
vez, por muy incómoda que fuera la situación, ¿mmmm? Pensaba que quizá la
próxima vez que limpiara el polvo me debería asegurar de que las cosas no
estuvieran tan cerca del borde como para caerse accidentalmente al suelo,
¿mmmm? (Al parecer, prefería creer que había sido un accidente). Me hacía
sentirme tonta de capirote y, por tanto, me volvía tonta de capirote cerca de ella.
Siempre llegaba justo cuando se me acababa de caer algo o me hacía un lío con
los mandos de la cocina, o me la encontraba en el pasillo con una mirada
levemente irritada cuando y o volvía con el cesto de la leña, como si hubiera
permanecido fuera mucho más tiempo de lo que en realidad había estado.
Por extraño que parezca, su actitud me afectó más que las groserías de Will.
Un par de veces tuve la tentación de preguntarle si algo iba mal. Usted me dijo
que me iba a contratar por mi actitud y no por mis destrezas profesionales, quería
decirle. Bueno, aquí estoy, alegre todo el maldito día. Fuerte, como usted quería.
Entonces, ¿cuál es el problema?
Pero Camilla Traynor no era el tipo de mujer a quien se le podía hacer ese
tipo de comentarios. Y, además, tenía la sospecha de que nadie en esa casa se
decía las cosas a la cara.
« Lily, nuestra última chica, tenía una costumbre inteligente: usar esa sartén
para dos verduras al mismo tiempo» quería decir Lo estás poniendo todo perdido.
« Tal vez te apetezca una taza de té, Will» quería decir No tengo ni idea de
qué hablar contigo.
« Creo que tengo unos documentos que comprobar» quería decir Estás siendo
un grosero, así que me voy.
Todo ello pronunciado con esa expresión de leve sufrimiento, mientras los
esbeltos dedos recorrían de arriba abajo la cadena del crucifijo. Qué comedida
era, qué circunspecta. A su lado mi madre parecía Amy Winehouse. Yo sonreía
con educación, fingía que no lo notaba y hacía el trabajo por el que me pagaban.
O, al menos, lo intentaba.
—¿Por qué diablos intentas poner zanahorias a escondidas en el tenedor?
Miré abajo, al plato. Había estado contemplando a la presentadora de
televisión mientras me preguntaba cómo me quedaría el pelo si me lo tiñera del
mismo color.
—¿Eh? No lo he intentado.
—Claro que sí. Las aplastas y luego las ocultas con la salsa. Te he visto.
Me sonrojé. Tenía razón. Estaba dando de comer a Will mientras ambos
mirábamos las noticias del mediodía sin prestar demasiada atención. Su madre
me había pedido que le sirviera tres tipos de verduras en cada plato, aunque él
había dejado muy claro que no quería comer verduras ese día. No creo que me
pidieran preparar una sola comida que no estuviera nutricionalmente equilibrada
casi hasta la exasperación.
—¿Por qué intentas darme zanahorias a escondidas?
—No lo intento.
—Entonces, ¿no hay zanahorias ahí?
Contemplé los diminutos pedazos naranjas.
—Bueno..., vale...
Will esperaba, con las cejas alzadas.
—Hum... Supongo que pensé que las verduras te sentarían bien.
Era, en parte, por deferencia a la señora Tray nor, en parte por la fuerza del
hábito. Estaba acostumbrada a dar de comer a Thomas, para quien había que
reducir las verduras a puré y ocultarlas entre montones de patatas o trocitos de
pasta. Cada vez que comía un pedacito era una pequeña victoria.
—A ver si lo entiendo bien. ¿Crees que una cucharada de zanahorias
mejoraría mi calidad de vida?
Dicho así, sonaba bastante estúpido. Pero había aprendido que no debía
mostrarme intimidada por nada de lo que Will decía o hacía.
—Tienes razón —dije con calma—. No lo volveré a hacer.
Y entonces, sin razón aparente, Will Traynor se rio. Fue una explosión que
salió de él a ráfagas, como si le resultara del todo inesperado.
—Por amor de Dios —dijo, negando con la cabeza.
Lo miré fijamente.
—¿Qué más cosas has estado escondiendo en mi comida? Vas a acabar
diciéndome que abra el túnel para que el señor Tren pueda entregar las coles de
Bruselas en la maldita estación.
Reflexioné durante un minuto.
—No —dije, sin reír—. Yo solo trato con el señor Tenedor. El señor Tenedor
no parece un tren.
Eso me había dicho Thomas, muy firme, hace unos meses.
—¿Fue mi madre quien te pidió hacer esto?
—No. Mira, Will, lo siento. Es que... no estaba pensando.
—Como si eso no fuera lo habitual.
—Vale, vale. Voy a quitar las malditas zanahorias, si tanto te molestan.
—No son las malditas zanahorias lo que me molesta. Lo que me molesta es
que las esconda en mi comida una loca que se refiere a los cubiertos como el
señor y la señora Tenedor.
—Era una broma. Mira, déjame que me lleve las zanahorias y...
Se apartó de mí.
—No quiero nada más. Me basta con una taza de té —añadió cuando yo salía
de la habitación—. Y no intentes echarle un maldito calabacín.
Nathan entró cuando y a acababa de lavar los platos.
—Está de buen humor —dijo, y me entregó su taza.
—¿De verdad? —Yo estaba comiendo mis sándwiches en la cocina. Hacía
muchísimo frío fuera y, por algún motivo, últimamente la casa ya no me
resultaba tan hostil.
—Dice que estás intentando envenenarlo. Pero lo dijo, ya sabes, con buen
talante.
Sentí una extraña satisfacción ante esa noticia.
—Sí..., bueno... —dije, intentando ocultarla—. Dame tiempo.
—También está un poco más hablador. Hubo semanas en las que apenas abrió
la boca, pero estos últimos días ha tenido ganas de charlar.
Recordé cómo Will me dijo que, si no paraba de silbar de una puñetera vez,
se vería obligado a atropellarme.
—Creo que su definición de buen conversador y la mía son un poco
diferentes.
—Bueno, acabamos de hablar un buen rato de críquet. Y tengo que decírtelo
—Nathan bajó la voz—: la señora T me preguntó, hace más o menos una
semana, si y o pensaba que estabas haciendo bien tu trabajo. Le dije que te
consideraba muy profesional, pero sabía que no se refería a eso. Ay er vino y me
dijo que os había oído a los dos riendo.
Recordé la noche anterior.
—Se estaba riendo de mí —dije. A Will le pareció desternillante que y o no
supiera qué era el pesto. Le había dicho que había cenado « pasta con salsa
verde» .
—Ah, eso a ella le da igual. Hacía mucho tiempo desde la última vez que Will
se rio de algo.
Era cierto. Will y y o parecíamos haber encontrado una forma más sencilla
de estar juntos. Consistía sobre todo en que él fuera grosero conmigo y yo de vez
en cuando le devolviera la grosería. Él me decía que yo había hecho algo mal y
y o le decía que, si de verdad era importante para él, me lo pidiera con
amabilidad. Me soltaba palabrotas o me decía que era un dolor de huevos, y yo
le respondía que tratara de vivir sin ese dolor en concreto, a ver cómo le iba. Era
un poco forzado, pero parecía funcionar para ambos. A veces daba la impresión
de que era un alivio para él que alguien se mostrara dispuesto a ser grosero, a
contradecirlo o a decirle que se portaba de un modo horrible. Tenía la sensación
de que todo el mundo era muy cauteloso con él desde el accidente (aparte de, tal
vez, Nathan, a quien Will trataba con respeto de modo instintivo y quien, de todos
modos, era probablemente inmune a sus comentarios más hirientes. Nathan era
como un vehículo blindado con forma humana).
—Pues asegúrate de ser el blanco de más bromas suy as, ¿vale?
Dejé la taza en el fregadero.
—No creo que vaya a ser difícil.
El otro gran cambio, aparte del ambiente de la casa, era que Will no me
pedía dejarle solo tan a menudo como antes, y un par de tardes incluso me
preguntó si quería quedarme con él a ver una película. No me importó mucho
cuando vimos Terminator, pero, cuando me mostró una película francesa con
subtítulos, eché un vistazo a la portada y le dije que no era lo mío.
—¿Por qué?
—No me gustan las películas con subtítulos. —Me encogí de hombros.
—Eso es como decir que no te gustan las películas con actores. No seas
ridícula. ¿Qué es lo que no te gusta? ¿Tener que leer algo al mismo tiempo que lo
ves?
—Es solo que no me gustan las películas extranjeras.
—Todo lo que ha venido después de Un tipo genial han sido películas
extranjeras. ¿O es que te crees que Hollywood es un barrio de Birmingham?
—Qué gracioso.
Cuando admití que nunca había visto una película con subtítulos, no se lo
crey ó. Pero mis padres solían reclamar la propiedad del mando a distancia por la
noche, y Patrick tenía las mismas ganas de ver una película extranjera que de
apuntarse a clases nocturnas de ganchillo. Los multicines del pueblo de al lado
solo exhibían las últimas películas de acción o comedias románticas, y estaban
tan infestados de adolescentes ruidosos y encapuchados que casi nadie en el
pueblo se tomaba la molestia de ir.
—Tienes que ver esta película, Louisa. De hecho, te ordeno que veas esta
película. —Will movió la silla hacia atrás y señaló el sillón con un gesto de la
cabeza—. Ahí. Tú te sientas ahí. No te muevas hasta que se haya acabado.
Nunca ha visto una película extranjera. Por amor de Dios —farfulló.
Era una película antigua, acerca de un jorobado que hereda una casa en el
campo, y Will dijo que estaba basada en un libro famoso, pero a mí no me
sonaba de nada. Los primeros veinte minutos me sentí un poco inquieta, un poco
irritada por los subtítulos, y me preguntaba si Will se pondría borde si le decía que
tenía que ir al baño.
Y entonces ocurrió algo. Dejé de pensar en lo difícil que era leer y escuchar
al mismo tiempo, olvidé el horario de las medicinas de Will y, aunque la señora
Tray nor pensaría que estaba haciendo el vago, comencé a preocuparme por el
destino de ese pobre hombre y su familia, engañados por unos vecinos sin
escrúpulos. Cuando el jorobado murió, yo lloraba en silencio y tuve que
limpiarme los mocos.
—Entonces —dijo Will, que apareció a mi lado y me echó una mirada
burlona—, no te ha gustado nada de nada.
Alcé la vista y, para mi sorpresa, comprobé que y a había oscurecido.
—Te vas a ensañar, ¿verdad? —balbuceé, alcanzando la caja de pañuelos de
papel.
—Un poco. Es que me sorprende que hay as llegado a la madura edad de...
¿cuántos eran?
—Veintiséis.
—Veintiséis, y que todavía no hubieras
—Tú has preguntado. No soy una persona de aficiones. —Mi voz sonaba
extrañamente a la defensiva—. No hago gran cosa, ¿vale? Trabajo y voy a casa.
—¿Dónde vives?
—Al otro lado del castillo. Renfrew Road.
Will me miró perplejo. No era de extrañar. Había muy poco contacto
humano entre ambos lados del castillo.
—Está al salir de la calzada doble. Cerca del McDonald’s.
Will asintió, si bien sospeché que no sabía a qué lugar me refería.
—¿Vacaciones?
—He estado en España, con Patrick. Mi novio —añadí—. De niña solo íbamos
a Dorset. O a Tenby. Mi tía vive en Tenby.
—¿Y qué quieres?
—¿Qué quiero?
—Hacer con tu vida.
Parpadeé.
—Eso es un poco demasiado profundo, ¿no?
—Solo a grandes rasgos. No te estoy pidiendo que te psicoanalices. Solo
pregunto: ¿qué quieres? ¿Casarte? ¿Tener pequeñajos? ¿Un trabajo de ensueño?
¿Viajar por el mundo?
Hubo un largo silencio.
Creo que sabía que mi respuesta lo decepcionaría incluso antes de decir las
palabras en voz alta.
—No lo sé. No lo he pensado mucho.
El viernes fuimos al hospital. Menos mal que no supe de la cita de Will hasta que
llegué por la mañana, pues me habría pasado toda la noche despierta,
preocupada por tener que llevarlo en coche. Sé conducir, sí. Pero digo que sé
conducir de la misma manera que aseguro que sé hablar francés. Sí, hice ese
examen tan importante y lo aprobé. Pero no he puesto en práctica esa destreza
en concreto más de una vez al año desde entonces. Pensar en cargar a Will y a
su silla en el monovolumen adaptado y llevarlo sano y salvo al pueblo de al lado
me aterrorizaba.
Durante semanas había deseado que mi trabajo conllevara alguna escapada
de esa casa. Sin embargo, en ese momento habría dado cualquier cosa por
quedarme dentro. Encontré su tarjeta sanitaria entre las carpetas de papeles
relacionados con su salud (carpetas grandes y abarrotadas, divididas en
Transporte, Seguro médico, Vivir con incapacidades y Citas). Cogí la tarjeta y
comprobé que llevaba la fecha de hoy. Una pequeña parte de mí albergaba la
esperanza de que Will se equivocara.
—¿Va a venir tu madre?
—No. No viene a mis citas.
No logré ocultar mi sorpresa. Supuse que ella querría supervisar todos los
aspectos del tratamiento.
—Antes venía —dijo Will—. Ahora hemos llegado a un acuerdo.
—¿Va a acompañarnos Nathan?
Estaba arrodillada frente a él. Me sentía tan nerviosa que se me había caído
un poco de comida en el regazo de Will y ahora intentaba en vano limpiarlo, de
modo que un buen trozo de sus pantalones estaba empapado. Will no
reaccionaba, salvo para decir que por favor dejara de disculparme, pero no me
ayudó a apaciguar los nervios.
—¿Por qué?
—Porque sí. —Yo no quería que supiera cuánto miedo tenía. Había pasado
gran parte de esa mañana (tiempo que por lo general dedico a limpiar) leyendo
y reley endo el manual de instrucciones de la plataforma elevadora para subir la
silla al coche, pero no por ello había dejado de temer el momento en que fuera la
única responsable de izar a Will a más de cincuenta centímetros del suelo.
—Vamos, Clark. ¿Cuál es el problema?
—Vale. Es solo que... Me parece que sería más sencillo si la primera vez
hubiera alguien más que supiera cómo se hacen las cosas.
—Alguien que no sea yo —dijo.
—No es eso lo que quería decir.
—¿Porque es impensable que yo sepa algo acerca de mis necesidades?
—¿Manejas tú la plataforma? —pregunté, sin rodeos—. Tú me puedes decir
exactamente qué hacer, ¿a que sí?
Me observó con una mirada desapasionada. Si antes tenía ganas de enzarzarse
en una discusión, ahora cambió de idea.
—Tienes razón. Sí, Nathan va a venir. Nos va a echar una mano. Además,
pensé que no te alterarías tanto con él al lado.
—No me he alterado —protesté.
—Es evidente. —Se miró el regazo, que y o aún limpiaba con un trapo. Ya
había quitado la salsa, pero aún estaba mojado—. Entonces, ¿voy disfrazado de
incontinente urinario?
—Aún no he terminado. —Enchufé el secador y apunté a la entrepierna.
Cuando la ráfaga de aire caliente se topó con los pantalones, Will alzó las
cejas.
—Sí, bueno —dije—. No es exactamente lo que quería hacer un viernes por
la tarde yo tampoco.
—Estás muy tensa, ¿no? —Sentí cómo me estudiaba—. Oh, anímate, Clark.
Soy y o quien está recibiendo un chorro de aire ardiente en los genitales. —No
respondí. Su voz me llegaba amortiguada por el rugido del secador—. Vamos,
¿qué es lo peor que puede pasar? ¿Que yo acabe en una silla de ruedas?
Tal vez fuera una tontería, pero no pude contener la risa. Era lo más parecido
que había hecho Will a intentar hacerme sentir mejor.
Por fuera el coche semejaba un vehículo para personas normales, pero, al abrir
la puerta trasera, una rampa descendía de un lateral hasta llegar al suelo. Bajo la
mirada atenta de Nathan, situé la silla de calle de Will (tenía una silla especial
para cuando salía) directamente en la rampa, comprobé el freno eléctrico de
bloqueo y lo programé para alzarle poco a poco hasta el coche. Nathan entró por
la otra puerta de pasajeros, le abrochó el cinturón de seguridad y bloqueó las
ruedas. Mientras intentaba que me dejaran de temblar las manos, solté el freno
de mano y conduje despacio hacia el hospital.
Lejos de casa, Will parecía encogerse un poco. Hacía frío y Nathan y y o lo
habíamos recubierto con una bufanda y un grueso abrigo, pero aun así
permaneció callado, la mandíbula apretada, empequeñecido por el gran espacio
que lo rodeaba. Cada vez que echaba un vistazo por el retrovisor (y lo hacía a
menudo: incluso con Nathan ahí, me aterrorizaba que la silla se desprendiera de
las amarras), Will miraba por la ventana, con una expresión indescifrable. Aun
cuando paraba el coche en seco o daba un frenazo, lo que ocurrió unas cuantas
veces, Will solo hacía una pequeña mueca de dolor y esperaba mientras y o
procuraba salir del apuro.
Para cuando llegamos al hospital, y o y a estaba sudando. Di tres vueltas
alrededor del aparcamiento del hospital, demasiado temerosa para aparcar salvo
en los espacios más amplios, hasta que percibí que ambos hombres comenzaban
a perder la paciencia. Entonces, por fin, bajé la rampa y Nathan ayudó a dejar
la silla de Will sobre el asfalto.
—Bien hecho —dijo Nathan, que me dio un golpecito en la espalda al salir.
Pero me resultó difícil creerle.
Hay cosas a las que uno nunca presta atención hasta que le toca acompañar a
alguien en una silla de ruedas. Por ejemplo, las aceras, que son una porquería,
llenas de agujeros mal arreglados o simplemente desniveladas. Al caminar
despacio junto a Will notaba cómo hasta una pequeña losa mal colocada le
causaba dolor o la frecuencia con que tenía que desviarse para evitar un
obstáculo. Nathan fingía que no se fijaba, pero vi cómo también él prestaba
atención. Will tenía un gesto adusto y decidido.
Además, qué maleducados son casi todos los conductores. Aparcan junto a
las señales de las aceras o tan cerca unos de otros que es imposible cruzar la calle
con una silla de ruedas. Estaba impresionada; un par de veces incluso sentí la
tentación de dejar alguna nota grosera en un limpiaparabrisas, pero Nathan y
Will parecían acostumbrados. Nathan señaló un buen lugar y, cada uno a un lado
de Will, finalmente cruzamos la calle.
Will no había dicho una sola palabra desde que salimos de casa.
El hospital era un edificio reluciente de poca altura, cuya inmaculada
recepción recordaba la de un hotel modernista, tal vez un legado de la medicina
privada. Me quedé atrás mientras Will le decía el nombre a la recepcionista, y a
continuación seguí a Will y a Nathan por un largo pasillo. Nathan llevaba una
enorme mochila que contenía todo lo que Will podría necesitar durante esta
breve visita, desde tazas hasta ropa limpia. La había preparado esa mañana
frente a mí, explicando con gran lujo de detalles todo lo que podía salir mal.
« Menos mal que no tenemos que hacer esto a menudo» , concluyó al ver mi
expresión desolada.
No acompañé a Will a la consulta. Nathan y yo nos sentamos en unas sillas
cómodas. No olía a hospital y había flores frescas en un jarrón en la repisa. Y no
eran unas flores cualesquiera. Enormes y exóticas, estaban dispuestas en grupos
minimalistas y yo no sabía cómo se llamaban.
—¿Qué hacen ahí dentro? —pregunté cuando ya había pasado media hora.
Nathan alzó la vista del libro.
—Es solo la revisión semestral.
—¿Para ver si está mejorando?
Nathan bajó el libro.
—No va a mejorar. Es una lesión en la médula espinal.
—Pero haces fisio y otras cosas con él.
—Eso es para intentar que mantenga la condición física..., para evitar que se
atrofie y que los huesos se desmineralicen, para conservar la circulación de las
piernas, ese tipo de cosas.
Cuando habló de nuevo, su voz era amable, como si pensara que me iba a
decepcionar.
—No va a volver a caminar, Louisa. Eso solo ocurre en las películas de
Hollywood. Lo único que hacemos es evitarle el dolor y conservar el poco
movimiento que tiene.
—¿Contigo lo hace? ¿La fisioterapia? Nunca quiere hacer nada de lo que y o
sugiero.
Nathan arrugó la nariz.
—Lo hace, pero sin ganas. Al principio, cuando comencé, estaba muy
decidido. Había avanzado mucho en la rehabilitación, pero, tras un año sin
mejoras, creo que le resultó muy difícil seguir creyendo que merecía la pena.
—¿Piensas que debería seguir esforzándose?
Nathan miró al suelo.
—¿Sinceramente? Es un tetrapléjico C5/C6. Eso quiere decir que por debajo
de aquí nada funciona... —Se situó la mano en la parte superior del pecho—. No
han descubierto todavía cómo curar la médula espinal.
Me quedé mirando la puerta, pensando en la cara de Will mientras
conducíamos bajo el sol de invierno, y en la cara radiante del hombre durante
sus vacaciones en la nieve.
—Pero hay avances médicos de todo tipo, ¿verdad? Es decir..., en algún lugar
como este... estarán trabajando en ello todo el tiempo.
—Es un hospital muy bueno —dijo en un tono impasible.
—¿Acaso la esperanza no es lo último que se pierde?
Nathan me miró y luego bajó la vista, al libro.
—Claro —dijo.
Fui en busca de un café a las tres menos cuarto, con el visto bueno de Nathan.
Dijo que estas citas a veces tardaban mucho y que él se haría cargo hasta que yo
volviera. Me entretuve un poco en la recepción, donde hojeé las revistas de la
tienda y me demoré ante las chocolatinas.
Tal vez predeciblemente, me perdí al intentar volver al pasillo y tuve que
preguntar a varias enfermeras por dónde ir, dos de las cuales ni siquiera lo
sabían. Cuando llegué, con el café ya frío, el pasillo estaba vacío. Al acercarme,
vi que la puerta del médico estaba entreabierta. Vacilé, pero oía la voz de la
señora Tray nor todo el tiempo, que me criticaba por dejarlo solo. Lo había hecho
de nuevo.
—Entonces, nos vemos dentro de tres meses, señor Tray nor —decía una voz
—. He ajustado la medicación contra los espasmos y me aseguraré de que
alguien le llame con los resultados de las pruebas. Probablemente este lunes.
Oí la voz de Will.
—¿Las puedo comprar en la farmacia de abajo?
—Sí. Aquí. Seguro que también tienen de estas.
Y una voz de mujer:
—¿Le cojo esa carpeta?
Comprendí que estarían a punto de salir. Llamé a la puerta y alguien me dijo
que entrara. Dos pares de ojos se volvieron hacia mí.
—Lo siento —se disculpó el médico, que se levantó de la silla—. Pensé que
era el fisioterapeuta.
—Soy la... asistente de Will —dije, agarrándome a la puerta. Will estaba
apoyado en la silla mientras Nathan le bajaba la camisa—. Lo siento... Pensé que
habían terminado.
—Danos un minuto, ¿vale, Louisa? —La voz de Will llenó la sala.
Farfullando disculpas, me retiré, con la cara roja.
No fue ver el cuerpo de Will al descubierto lo que me conmocionó, a pesar
de estar tan delgado y cubierto de cicatrices. No fue la mirada vagamente
irritada del médico, esa clase de mirada que la señora Traynor me lanzaba un
día tras otro..., una mirada que me hacía comprender que yo seguía siendo la
misma tonta de capirote, por mucho que ahora ganase un salario mejor.
No, fueron las líneas rojas y amoratadas que recorrían las muñecas de Will,
las cicatrices largas e irregulares que no había forma de disimular, por muy
rápido que Nathan le bajara las mangas de la camisa

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