8 y 9
8
Camilla
Jamás me propuse ayudar a mi hijo a matarse.
Incluso leer estas palabras me resulta extraño, como si pertenecieran a un
periódico sensacionalista o a una de esas horrendas revistas que la mujer de la
limpieza lleva siempre en el bolso, llenas de mujeres cuy as hijas se escaparon
con sus parejas infieles, relatos de asombrosas pérdidas de peso y bebés de dos
cabezas.
Yo no era el tipo de persona a quien le ocurrían estas cosas. O, al menos, eso
pensaba. Mi vida contaba con una estructura clara. Bastante común, para los
tiempos que corren. Llevaba casada casi treinta y siete años, había criado dos
hijos, había conservado mi trabajo, había ayudado en el colegio, en la asociación
de padres y madres de alumnos y, una vez que mis hijos ya no me necesitaron,
me había incorporado a la judicatura.
Era juez desde hacía casi once años. En el tribunal observaba toda la vida
humana pasar ante mí: los granujas desvalidos que ni siquiera eran capaces de
organizarse para llegar al tribunal a tiempo; los delincuentes reincidentes; los
jóvenes irascibles y duros y las madres agotadas y cargadas de deudas. Es muy
difícil mantener la calma y seguir siendo comprensiva cuando se ven las mismas
caras, los mismos errores cometidos una y otra vez. A veces percibía la
impaciencia en mi voz. Llegaba a ser desalentadora, esa tozuda negativa de la
humanidad a intentar al menos obrar de un modo razonable.
Y nuestro pequeño pueblo, a pesar de la belleza del castillo, de nuestros
edificios históricos, de nuestras pintorescas carreteras rurales, no era inmune a
ello en absoluto. En nuestras plazas de la época de la Regencia los adolescentes
bebían sidra, nuestras tradicionales casas de tejado de paja amortiguaban los
sonidos de maridos maltratando a sus esposas e hijos. En ocasiones me sentía
como el rey Canuto, haciendo declaraciones inútiles ante la devastación y el caos
inminentes. Aun así, me encantaba mi trabajo. Lo hacía porque creo en el orden,
en un código moral. Creo que existen el bien y el mal, por muy anticuada que
resulte esa idea.
Superé los días más difíciles gracias a mi jardín. A medida que mis hijos
crecían, se convirtió en una pequeña obsesión. Me sabía el nombre latino de casi
todas las plantas. Lo más curioso es que yo ni siquiera aprendí latín en el instituto
(estudié en un pequeño centro educativo para señoritas que se centraba en la
cocina y el bordado, esas cosas que nos ayudarían a ser buenas esposas), pero los
nombres de las plantas se me quedan grabados en la cabeza. Me basta oírlos una
vez para recordarlos para siempre: Helleborus niger, Eremurus stenophyllus,
Athyrium niponicum. Soy capaz de repetirlos con una fluidez que jamás habría
alcanzado en el colegio.
Se dice que solo apreciamos de verdad un jardín al llegar a cierta edad, y
supongo que algo de cierto hay en ello. Tal vez tenga que ver con el gran círculo
de la vida. Parece existir un elemento milagroso en el incesante optimismo de los
nuevos brotes tras la crudeza del invierno, en esa exaltación de la diferencia año
tras año, esa manera en que la naturaleza se muestra en todo su esplendor cada
vez en un rincón diferente del jardín. Ha habido épocas (esas ocasiones en que
mi matrimonio estuvo más concurrido de lo que me esperaba) en que fue un
refugio, épocas en que fue una alegría.
Ha habido épocas en que me resultó, sinceramente, un incordio. No hay nada
más decepcionante que plantar un nuevo arriate solo para ver que no florece, o
contemplar una hilera de bellos Allium destruidos en una noche por cualquier
motivo. Pero, incluso cuando me quejaba por el tiempo y el esfuerzo necesarios
para cuidarlo, a pesar de las protestas de mis articulaciones tras una tarde de
poda o de no tener nunca las uñas limpias del todo, lo adoraba. Adoraba los
placeres sensuales de estar al aire libre, los olores, el tacto de la tierra bajo los
dedos, la satisfacción de ver seres vivos, radiantes, embelesados en su belleza
efímera.
Después del accidente de Will, no salí al jardín durante un año. No fue solo
por falta de tiempo, si bien las horas eternas en el hospital, el tiempo perdido de
acá para allá en el coche y las reuniones (oh, Dios, las reuniones) me mantenían
muy ocupada. Solicité una baja de seis meses en el trabajo y aun así nunca
disponía de tiempo suficiente.
Fue porque, de repente, dejé de verle el sentido. Pagué a un jardinero para
que lo mantuviera en buen estado, y no creo que le dedicara ni la más somera de
las miradas durante la mayor parte del año.
Solo cuando trajimos a Will de vuelta a casa, una vez que el pabellón quedó
adaptado y listo, tuvo sentido volver a embellecerlo. Necesitaba que mi hijo
tuviera algo hermoso que contemplar. Necesitaba decirle, en silencio, que las
cosas cambian, crecen o se marchitan, pero que la vida continúa. Que todos
formamos parte de un ciclo superior, de un orden que solo Dios comprende. A
Will no podía hablarle así, por supuesto (a Will y a mí nunca se nos dio bien
conversar de las cosas que de verdad nos importaban), pero quería mostrárselo.
Una promesa silenciosa, por así decirlo, de que existía algo más, un futuro más
radiante.
Steve estaba atizando el fuego. Movía con destreza los leños que quedaban, medio
calcinados, atizador en mano, haciendo saltar chispas relucientes por la
chimenea, tras lo cual echó un leño nuevo en medio del fuego. Se apartó, como
siempre, a observar con discreta satisfacción cómo las llamas se avivaban y se
limpió las manos en los pantalones de pana. Se dio la vuelta cuando entré en la
habitación. Le tendí una copa.
—Gracias. ¿Va a venir George?
—Al parecer no.
—¿Qué está haciendo?
—Está arriba, viendo la tele. No quiere compañía. No le pedí que viniera.
—Ya se le pasará. Es probable que sufra jet lag.
—Eso espero, Steve. No está muy contenta con nosotros ahora mismo.
Nos quedamos ahí, en silencio, observando el fuego. A nuestro alrededor el
salón estaba en penumbras e inmóvil, mientras el viento y la lluvia azotaban el
cristal de las ventanas.
—Qué asco de noche.
—Sí.
El perro entró sin hacer ruido y, con un suspiro, se tumbó junto al fuego; nos
lanzó una mirada amorosa a ambos desde ahí abajo.
—Entonces, ¿qué piensas? —dijo—. Sobre el corte de pelo.
—No lo sé. Me gustaría pensar que es una buena señal.
—Esta Louisa es todo un carácter, ¿no?
Vi cómo mi marido se sonreía. También ella, no, me descubrí pensando, y
rechacé la idea.
—Sí. Sí, supongo que lo es.
—¿Crees que es la persona indicada?
Tomé un sorbo de mi vaso antes de responder. Dos dedos de ginebra, una
rodaja de limón y mucha tónica.
—¿Quién sabe? —dije—. Creo que ya no tengo ni la menor idea acerca de
qué está bien y qué está mal.
—A Will le cae bien. Estoy seguro de que le cae bien. La otra noche
estábamos hablando mientras veíamos las noticias y la mencionó dos veces. No
había hecho eso antes.
—Sí. Bueno. No me haría muchas ilusiones.
—¿Es que hace falta?
Steve se apartó del fuego. Noté que me estudiaba, consciente, tal vez, de las
nuevas arrugas que cercaban mis ojos, de mis labios apretados en un gesto de
ansiedad. Miró el pequeño crucifijo dorado, que ahora siempre llevaba al cuello.
No me gustaba que me mirara así. No lograba evitar la sensación de que me
comparaba con otra.
—Solo soy realista.
—Parece... Parece que esperas que ocurra ya.
—Conozco a mi hijo.
—Nuestro hijo.
—Sí. Nuestro hijo. —Más hijo mío, pensé. Tú nunca estuviste ahí cuando te
necesitaba. No emocionalmente. Eras solo una ausencia a la que él trataba de
impresionar.
—Va a cambiar de idea —dijo Steve—. Todavía queda mucho.
Nos quedamos ahí. Tomé un largo sorbo de mi bebida, el frío del hielo contra
la calidez del fuego.
—No dejo de pensar... —dije, con la mirada en la chimenea—. No dejo de
pensar que hay algo que no comprendo.
Mi marido aún me observaba. Noté su mirada clavada en mí, pero no alcé la
vista. Tal vez, en ese caso, él habría extendido la mano para tocarme. Pero creo
que y a habíamos ido demasiado lejos para eso.
Él también tomó un sorbo de su bebida.
—Estás haciendo todo lo que puedes, cariño.
—Lo sé muy bien. Pero no es suficiente, ¿verdad?
Él se volvió hacia el fuego, atizó innecesariamente un leño hasta que yo me di
la vuelta y salí del salón en silencio.
Tal y como él esperaba.
Cuando Will me dijo lo que quería, tuvo que repetírmelo dos veces, pues yo tenía
la certeza de no haberlo oído bien en un principio. Mantuve la calma cuando
comprendí lo que estaba proponiendo, le dije que era ridículo y acto seguido salí
de la habitación. Era una ventaja injusta: alejarse de un hombre en silla de
ruedas. Hay dos escalones entre el pabellón y la casa y, a menos que cuente con
la ay uda de Nathan, son un obstáculo insalvable para Will. Cerré la puerta del
anexo y me quedé quieta en el pasillo que da a mi habitación, mientras las
palabras sosegadas de mi hijo retumbaban en mis oídos.
Creo que no me moví durante media hora.
Will se negó a desistir. Como siempre, tenía que decir la última palabra.
Repitió su propuesta cada vez que iba a verlo, de modo que tuve que hacer un
esfuerzo de voluntad para no dejar de visitarlo todos los días. No quiero vivir así,
madre. Esta no es la vida que escogí. No hay esperanzas de mejora, así que es
perfectamente razonable poner el punto final de la manera que me parezca
adecuada. Lo oí y no me costó imaginarme cómo se desenvolvería en esas
reuniones de negocios, durante esa carrera que le hizo rico y arrogante. Era un
hombre acostumbrado a hacerse escuchar, al fin y al cabo. Le resultaba
insoportable que yo tuviera el poder de dictar su futuro, que de algún modo me
hubiera convertido una vez más en su madre.
Empleó toda su energía en convencerme. No se trataba de que mi religión lo
prohibiera, si bien era espantoso pensar que Will se condenaría al infierno a
causa de su desesperación. (Preferí creer que Dios, un Dios benigno, se apiadaría
de nuestros sufrimientos y nos perdonaría nuestros pecados).
Se trataba de algo que es imposible comprender hasta que se es madre: no es
solo al hombre adulto (ese hijo torpón, sin afeitar, maloliente, vehemente) a
quien vemos ante nosotras, con sus multas de tráfico y sus zapatos sucios y su
complicada vida amorosa, sino a todas las personas que ha ido siendo,
empaquetadas en un solo cuerpo.
Al mirar a Will veía al bebé que había tenido en brazos, embelesada y
llorosa, incapaz de creer que había creado a otro ser humano. Veía al niño
pequeño que estiraba la mano en busca de la mía, al colegial que lloraba furioso
tras pelearse con el abusón de la escuela. Veía los puntos vulnerables, el amor, la
historia. Eso era lo que me pedía que extinguiera: al niño tanto como al hombre,
todo ese amor, todas esas vivencias.
Y entonces, el 22 de enero, durante un día agotador en el tribunal, atrapada en
un desfile incesante de ladronzuelos y conductores sin seguro, de parejas rotas,
tristes y enojadas, Steven entró en el pabellón y encontró a nuestro hijo casi
inconsciente, la cabeza contra el reposabrazos, en medio de un mar de sangre
oscura y pegajosa que se amontonaba junto a las ruedas de la silla. Había
encontrado un clavo oxidado, que sobresalía apenas un centímetro de un mueble
viejo en el cuarto de atrás, y, con la muñeca contra el clavo, dio marcha atrás y
adelante en la silla de ruedas hasta que la carne acabó hecha jirones. Aún hoy
me resulta imposible imaginar la determinación que le impulsó a continuar, a
pesar de que estaría delirando a causa del dolor. Los médicos me dijeron que solo
veinte minutos le habían separado de la muerte.
No se trata, observaron con una delicadeza exquisita, de un grito de ayuda.
Cuando me dijeron en el hospital que Will sobreviviría, salí al jardín y
descargué mi furia. Descargué mi furia contra Dios, contra la naturaleza, contra
el destino que había arrastrado a nuestra familia al fondo de semejante abismo.
Ahora, al recordarlo, comprendo que debí parecer una loca. Pasé en el jardín
esa fría tarde y arrojé mi brandy contra el Euonymus compactus, y grité hasta
que mi voz desgarró el aire, retumbando en las paredes del castillo y en la
distancia. Estaba tan furiosa de estar rodeada de cosas que se doblaban y crecían
y se reproducían, mientras que mi hijo (mi hermoso muchacho, carismático y
lleno de vida) era apenas un objeto. Inmóvil, mustio, ensangrentado, sufriente. La
belleza que me rodeaba era una obscenidad. Grité y grité y maldije con palabras
que ni siquiera sabía que conocía, hasta que salió Steven y se quedó a mi lado,
con la mano apoyada en mi hombro, esperando hasta que tuvo la certeza de que
y o iba a guardar silencio de nuevo.
Él aún no se había hecho a la idea. No lo comprendía. Que Will lo volvería a
intentar. Que pasaríamos nuestras vidas en un estado de constante vigilancia, a la
espera de la próxima ocasión, a la espera de ver qué horrores se infligiría Will a
sí mismo. Tendríamos que mirar el mundo a través de sus ojos: los venenos en
potencia, los objetos afilados, la creatividad con que terminaría la tarea que había
comenzado ese maldito motociclista. Nuestras vidas tendrían que encogerse hasta
encajar en las posibilidades de ese único hecho. Y él contaba con una ventaja: no
tenía nada más en lo que pensar.
Dos semanas más tarde le dije a Will: « Sí» .
Por supuesto.
¿Qué otra cosa podía hacer?
9
No dormí esa noche. Yací despierta en el pequeño trastero, contemplando el
techo y reconstruyendo paso a paso los dos últimos meses a la luz de lo que sabía
ahora. Todo había cambiado de lugar, se había fragmentado y acabado en otro
sitio, en una forma que a duras penas reconocía.
Me sentí engañada, la cómplice tonta que no sabía en qué se había metido.
Imaginé que se habrían reído en privado de mis tentativas de dar de comer
verduras a Will o de cortarle el pelo..., esas pequeñas cosas que le harían sentirse
mejor. ¿Qué sentido tenían, al fin y al cabo?
Rememoré una y otra vez la conversación que había escuchado, en un intento
de interpretarla de otro modo, de convencerme a mí misma de que había
comprendido mal sus palabras. Pero Dignitas no era exactamente un lugar al que
se iba de vacaciones. No podía creer que Camilla Traynor considerase hacerle
eso a su hijo. Sí, me había parecido una mujer fría, y se portaba, sí, de manera
poco natural ante su hijo. Era difícil imaginarla prodigándole arrumacos, como
solía hacer mi madre con nosotros (intensa, gozosamente) hasta que nos
desprendíamos de sus brazos, rogándole que nos soltara. Si soy sincera, al
principio pensé que así trataban las clases pudientes a sus hijos. Al fin y al cabo,
acababa de leer un libro de Will, Amor en clima frío. Pero ¿ser partícipe, de modo
voluntario, en la muerte de tu propio hijo?
Al pensar de nuevo en ello, su comportamiento resultaba aún más frío, sus
acciones imbuidas de una intención siniestra. Estaba furiosa con ella y estaba
furiosa con Will. Furiosa con ambos por obligarme a participar en una farsa.
Estaba furiosa por todas las veces que me había sentado a pensar en cómo
mejorar las cosas para él, cómo lograr que estuviera más cómodo o feliz.
Cuando no estaba furiosa, estaba triste. Recordé cómo se le quebró la voz a la
señora Traynor cuando trató de consolar a Georgina y sentí una tristeza
insondable por ella. Se encontraba, no me cabía duda, en una encrucijada
imposible.
Sin embargo, por encima de todo, me sentí dominada por el horror. Me
obsesionaba lo que ahora sabía. ¿Cómo vivir a sabiendas de que solo se dejaban
pasar los días hasta la llegada de la muerte? ¿Cómo era posible que ese hombre
cuya piel había sentido bajo los dedos esta mañana (cálida y viva) decidiera
acabar consigo mismo? ¿Cómo era posible que, con el consentimiento de todos,
en apenas seis meses esa misma piel pudiera encontrarse bajo tierra,
pudriéndose?
No se lo podía contar a nadie. Eso era casi lo peor de todo. Era una
encubridora del secreto de los Traynor. Asqueada y desganada, llamé a Patrick
para decirle que no me sentía bien y me iba a quedar en casa. No pasaba nada,
estaba corriendo diez kilómetros, dijo. Probablemente, no llegaría al club de
atletismo hasta las nueve, de todos modos. Ya nos veríamos el sábado. Parecía
distraído, como si tuviera la cabeza en otras cosas, en algún recorrido mítico.
Me negué a cenar. Me tumbé en la cama hasta que mis ideas se volvieron tan
lóbregas y sólidas que no resistí su peso, y a las ocho y media bajé de nuevo y
me senté a ver la televisión en silencio, acurrucada al lado del abuelo, la única
persona de nuestra familia que no me haría preguntas. Estaba sentado en su sillón
favorito y tenía la mirada clavada en la pantalla con una intensidad vidriosa.
Nunca estaba segura de si prestaba atención o si pensaba en sus cosas.
—¿Seguro que no quieres nada, cariño? —Mi madre apareció a mi lado con
una taza de té. Al parecer, no existía nada en nuestra familia que no se pudiera
solucionar con una taza de té.
—No. No tengo hambre, gracias.
Noté que lanzaba una mirada a mi padre. Sabía que más tarde susurrarían a
solas que los Traynor me hacían trabajar demasiado, que la tensión de cuidar a
un inválido era excesiva. Sabía que se culparían a sí mismos por haberme
animado a aceptar el trabajo.
Y yo iba a dejarles pensar que estaban en lo cierto.
Paradójicamente, al día siguiente Will estaba de buen humor: más hablador que
de costumbre, vehemente, provocador. Creo que habló más que cualquier otro
día. Daba la impresión de que quería discutir conmigo y se quedó decepcionado
cuando no le seguí la corriente.
—Entonces, ¿cuándo vas a terminar de trasquilarme?
Yo estaba ordenando la habitación. Alcé la vista del cojín del sofá que tenía
en las manos.
—¿Qué?
—El corte de pelo. Está a medio hacer. Parezco un huérfano victoriano. O un
imbécil de Hoxton. —Giró la cabeza para que yo viera mejor mi obra—. A
menos que sea una declaración de estilo alternativo tuy a.
—¿Quieres que termine de cortarte el pelo?
—Bueno, parecía que te gustaba. Y estaría bien no parecer recién escapado
de un manicomio.
Fui en busca de una toalla y de tijeras en silencio.
—Nathan está mucho más contento ahora que parezco un tipo decente —dijo
—. Aunque, según él, ahora que mi cara ha vuelto a su estado normal, voy a
tener que afeitarme todos los días.
—Oh —dije.
—No te importa, ¿verdad? Los fines de semana tendré que lucir barba.
No lograba hablar con él. Me resultaba difícil incluso mirarlo a los ojos. Era
como descubrir que tu novio te había sido infiel. Sentí, de un modo extraño, que
me había traicionado.
—¿Clark?
—¿Mmm?
—Estás desconcertantemente callada. ¿Qué le pasó a esa mujer tan
habladora que llegaba a ser un poco irritante?
—Lo siento —dije.
—¿Otra vez el Hombre Maratón? ¿Qué ha hecho ahora? ¿No se habrá ido
corriendo?
—No. —Tomé un suave mechón de pelo entre el índice y el dedo medio y
alcé las tijeras para recortar las puntas que sobresalían. Me quedé inmóvil.
¿Cómo lo harían? ¿Le darían una inyección? ¿Una medicina? ¿O le dejarían en
una habitación junto a unas cuchillas?
—Pareces cansada. No iba a decir nada cuando llegaste, pero, qué diablos,
tienes un aspecto horrible.
—Oh.
¿Cómo ay udaban a alguien incapaz de mover las extremidades? Me descubrí
a mí misma contemplando sus muñecas, cubiertas siempre bajo las mangas.
Durante semanas, había dado por hecho que era más sensible al frío que
nosotros. Otra mentira.
—¿Clark?
—¿Sí?
Me alegró estar detrás de él. No quería que me viera la cara.
Will vaciló. Allí donde la nuca estaba cubierta por el pelo, la palidez era
incluso más intensa que en el resto de su piel. Parecía suave y blanca y
extrañamente vulnerable.
—Mira, siento lo de mi hermana. Estaba... Estaba muy alterada, pero eso no
le daba derecho a ser una grosera. A veces es demasiado directa. No es
consciente de cuánto molesta a la gente. —Se detuvo—. Por eso le gusta vivir en
Australia, creo.
—¿Quieres decir que allá se dicen la verdad?
—¿Qué?
—Nada. Levanta la cabeza, por favor.
Corté y peiné, metódicamente, hasta recortarle el pelo por completo, y no
quedó más que un montoncito de mechones alrededor de sus pies.
Al final del día, todo se volvió muy claro para mí. Mientras Will veía la televisión
junto a su padre, tomé un folio de la impresora y un bolígrafo de un frasco de la
cocina y escribí lo que quería decir. Doblé el papel, encontré un sobre y lo dejé
sobre la mesa de la cocina, a nombre de su madre.
Cuando me fui al acabar la jornada, Will y su padre conversaban. En
realidad, Will se reía. Me detuve en el pasillo, con el bolso sobre el hombro, a la
escucha. ¿Por qué se reiría? ¿Cuál sería el motivo de esa alegría, apenas unas
semanas antes de acabar con su propia vida?
—Me voy —dije ante el umbral y comencé a caminar.
—Eh, Clark—dijo Will, pero yo ya había cerrado la puerta detrás de mí.
Pasé el corto trayecto en autobús pensando qué le diría a mis padres. Se
pondrían furiosos al saber que había dejado un empleo que les parecía bien
pagado y perfectamente razonable. Tras la impresión inicial, mi madre, con
aspecto dolido, me defendería, sugiriendo que era demasiado. Mi padre me
preguntaría por qué no me parecía más a mi hermana. Lo hacía a menudo,
aunque y o no era quien había echado a perder su vida quedándose embarazada y
pasando a depender del resto de la familia en lo económico y en el cuidado del
niño. No era posible decir algo así en la casa porque, según mi madre, daría a
entender que Thomas no era una bendición. Y todos los bebés eran una bendición
de Dios, incluso aquellos que decían capullo sin parar, y cuya presencia suponía
que la mitad de los trabajadores en potencia de nuestra familia no podían tener
un empleo decente.
No podía decirles la verdad. Sabía que no debía nada ni a Will ni a su familia,
pero no les condenaría a recibir las miradas inquisitivas de todo el barrio.
Todas estas ideas revoloteaban en mi cabeza cuando salí del autobús y
caminé colina abajo. Y entonces llegué a la esquina de nuestra calle y oí los
gritos, sentí una ligera vibración en el aire y, por un momento, me olvidé de todo.
Una pequeña multitud se había reunido alrededor de nuestra casa. Avivé el
paso, temerosa de que hubiera ocurrido algo, pero entonces vi a mis padres en el
porche, mirando hacia arriba, y comprendí que no era nuestra casa el centro de
atención. Era tan solo la última de esa serie de pequeñas batallas que
caracterizaba la relación matrimonial de nuestros vecinos.
Que Richard Grisham no era el más fiel de los maridos no era precisamente
un secreto en el barrio. Pero, a juzgar por la escena que transcurría en su jardín
delantero, tal vez lo hubiera sido para su mujer.
—Habrás pensado que soy tonta de remate. ¡Esa golfa llevaba puesta tu
camiseta! ¡La que te hice yo para tu cumpleaños!
—Cariño... Dympna... No es lo que piensas.
—¡Fui a buscarte esos huevos rebozados de mierda! ¡Y ahí estaba ella, con la
camiseta! ¡La muy caradura! ¡Y a mí ni siquiera me gustan los huevos!
Caminé más despacio, abriéndome paso entre la multitud, hasta que al fin
logré llegar a la puerta de casa, sin dejar de mirar a Richard, que esquivó un
reproductor de DVD. A continuación, le tocó el turno a un par de zapatos.
—¿Cuánto tiempo llevan así?
Mi madre, con el delantal cuidadosamente atado a la cintura, descruzó los
brazos y miró el reloj.
—Unos buenos cuarenta y cinco minutos. Bernard, ¿crees que han pasado
cuarenta y cinco minutos?
—Depende de si empiezas a contar desde que ella tiró la ropa o desde que él
volvió a casa y lo vio.
—Diría que desde el regreso de él.
Mi padre sopesó la cuestión.
—Entonces, más bien media hora. Aunque ella tiró un montón de cosas por la
ventana en los primeros quince minutos.
—Tu padre dice que, si de verdad lo echa de casa esta vez, va a preguntarle
cuánto cuesta la Blackand Decker de Richard.
La multitud crecía y Dympna Grisham no mostraba indicios de calmarse. En
todo caso, parecía animarla tener un público cada vez más numeroso.
—Llévale tus libros inmundos —gritó, arrojando una andanada de revistas por
la ventana.
Esto ocasionó una pequeña ovación de la muchedumbre.
—A ver si a ella le gusta que te pases en el baño media tarde del domingo con
esas, ¿eh? —Desapareció de la ventana y reapareció con una cesta de la colada,
cuyo contenido arrojó a lo que quedaba del césped—. Y tus calzoncillos
inmundos. ¡A ver si ella sigue pensando que eres, ¿cómo era?, todo un semental
cuando te los tenga que lavar todos los días!
Richard recogía en vano cuanto podía a medida que iba cayendo contra la
hierba. Gritaba a la ventana, pero, con todo el ruido y los abucheos, era difícil
saber qué decía. Como si admitiera su derrota, se abrió paso entre el gentío, abrió
el coche, cargó con todo lo que le cabía en los brazos, lo dejó en el asiento de
atrás y cerró la puerta. Por extraño que parezca, a pesar de lo populares que
resultaron sus colecciones de películas y videojuegos, nadie hizo ademán de
acercarse a su ropa sucia.
Crash. Se hizo un breve silencio cuando la cadena musical se estampó contra
la calzada.
Richard alzó la vista, incrédulo.
—¡Puta loca!
—¿Tú te estás follando a ese trol bizco y sifilítico del garaje y yo soy la puta
loca?
Mi madre se volvió hacia mi padre.
—¿Te apetece una taza de té, Bernard? Creo que empieza a refrescar.
Mi padre no apartó los ojos de la puerta de los vecinos.
—Qué buena idea, cariño. Gracias.
Cuando mi madre entró en casa, reparé en el coche. Fue tan inesperado que
al principio ni siquiera lo reconocí: era el Mercedes de la señora Tray nor, azul
marino, de suelo bajo, discreto. La señora Traynor aparcó, contempló la escena
y dudó un momento antes de bajar. Se quedó ahí, mirando las casas, tal vez en
busca de los números. Y entonces me vio.
Salí del porche y bajé por el camino antes de que mi padre tuviera ocasión de
preguntarme adónde iba. La señora Traynor estaba al lado de la muchedumbre,
observando el incidente como María Antonieta habría mirado una revuelta de
campesinos.
—Una disputa doméstica —dije.
Ella apartó la vista, casi como si le avergonzara que la hubiera sorprendido
mirando.
—Ya veo.
—Es bastante constructiva, para lo que nos tienen acostumbrados. Se nota que
han ido a terapia de pareja.
Su elegante traje de lana, el collar de perlas y el sofisticado corte de pelo la
destacaban en plena calle, entre el gentío ataviado con chándales y prendas
baratas de colores brillantes compradas en supermercados. Su aspecto era rígido,
peor que el de aquella mañana en que me descubrió durmiendo en la cama de
Will. Caí en la cuenta, en un rincón distante de mi mente, de que no iba a echar
de menos a Camilla Traynor.
—Me preguntaba si podríamos hablar un momento. —Tuvo que alzar la voz
para hacerse oír entre los gritos.
La señora Grisham había comenzado a arrojar los caros vinos de su marido.
Cada botella que explotaba era recibida con alaridos de júbilo y nuevos arrebatos
y ruegos sinceros del señor Grisham. Un río de vino tinto se extendió a los pies de
la multitud hasta llegar a la alcantarilla.
Eché un vistazo al gentío y otro detrás de mí, a la casa. Ni se me ocurrió
llevar a la señora Tray nor a nuestro salón, con su follón de trenes de juguete, el
abuelo, que estaría roncando frente a la televisión, mi madre, que rociaría el
ambientador para ocultar el hedor de los calcetines de mi padre, y Thomas, que
aparecería para llamar capulla a la recién llegada.
—Mmm... No es buen momento.
—¿Tal vez podríamos hablar en mi coche? Mira, solo cinco minutos, Louisa.
Sin duda, nos debes por lo menos eso.
Un par de vecinos nos miraron cuando subí al coche. Por fortuna, los
Grisham eran el acontecimiento de la noche o y o habría acabado en todos los
chismorreos. En nuestra calle, si alguien se subía a un coche caro, o bien se había
acostado con un futbolista o bien le había detenido un policía de paisano.
Las puertas se cerraron con un ruido amortiguado y caro, y de repente se
hizo el silencio. El coche olía a cuero y no contenía nada salvo a la señora
Tray nor y a mí. No había envoltorios de caramelos, ni barro, ni juguetes
perdidos, ni ambientadores para disimular el olor del cartón de leche que se había
caído hacía tres meses.
—Creía que tú y Will os llevabais bien. —Hablaba como si se dirigiera a
alguien situado frente a ella. Como no respondí, añadió—: ¿Hay algún problema
con la paga?
—No.
—¿Necesitas más tiempo a la hora de comer? Soy consciente de que es un
descanso corto. Le podría pedir a Nathan que...
—No es el horario. Ni el dinero.
—Entonces...
—En realidad, no quiero...
—Mira, no me puedes entregar una renuncia de efecto inmediato y esperar
que ni siquiera te pregunte qué diablos ocurre.
Respiré hondo.
—Las oí. A usted y a su hija. Anoche. Y no quiero... No quiero ser parte de
ello.
—Ah.
Guardamos silencio. El señor Grisham trataba de abrir a mamporros la
puerta de entrada mientras la señora Grisham le arrojaba a la cabeza todo lo que
encontraba. La elección de los proy ectiles (papel higiénico, cajas de tampones,
la escobilla del váter, frascos de champú) indicaba ahora que se encontraba en el
baño.
—Por favor, no te vay as —dijo la señora Tray nor, en voz baja—. Will está a
gusto contigo. Más de lo que le he visto en mucho tiempo. Yo... Sería muy difícil
para nosotros encontrar a otra persona con quien se sintiera así.
—Pero... lo van a llevar a ese lugar donde la gente se suicida. Dignitas.
—No. Voy a hacer todo lo que esté en mis manos para que no vay a.
—¿Como qué? ¿Rezar?
Me lanzó lo que mi madre habría descrito como una mirada de los viejos
tiempos.
—A estas alturas, supongo que ya sabes que si Will decide retraerse en sí
mismo los demás no podemos hacer gran cosa al respecto.
—Ya lo comprendo todo —dije—. Yo estoy ahí para que no les engañe y lo
haga antes de los seis meses. Es eso, ¿no?
—No. No es eso.
—Por eso no le importaba mi experiencia laboral.
—Pensé que eras inteligente, alegre y distinta. No parecías una enfermera.
No te comportabas... como las otras. Pensé... Pensé que lo animarías. Y no me
equivoqué: está más animado contigo, Louisa. Al verlo ayer sin esa barba
espantosa... Parece que eres una de las pocas personas a quien escucha.
La ropa de cama salió por la ventana. Cayó hecha una bola y las sábanas se
extendieron con elegancia antes de llegar al suelo. Dos niños cogieron una y
comenzaron a correr con la sábana por encima de la cabeza.
—¿No cree que habría sido justo mencionar que yo estaba ahí para evitar un
suicidio?
El suspiro de Camilla Traynor fue el sonido de alguien obligado a explicar
algo con amabilidad a una imbécil. Me pregunté si sabía que todo lo que decía
hacía sentirse como idiotas a sus interlocutores. Me pregunté si era un rasgo que
cultivaba deliberadamente. No creía que yo fuera nunca capaz de hacer sentirse
inferior a alguien.
—Tal vez eso fuera así al principio..., pero tengo plena confianza en la palabra
de mi hijo. Me ha prometido seis meses, y eso es lo que me va a conceder.
Necesitamos ese tiempo, Louisa. Necesitamos ese tiempo para inspirarle la idea
de que hay una posibilidad. Esperaba plantar la idea de que existe una vida que
podría disfrutar, aunque no fuese la vida que él había planeado.
—Pero es todo mentira. Me ha mentido a mí y se están mintiendo unos a
otros.
No dio muestras de haberme oído. Se giró para mirarme, al tiempo que
sacaba la chequera del bolso. Ya tenía un bolígrafo en la mano.
—Mira, ¿qué quieres? Te voy a doblar la paga. Dime cuánto quieres.
—No quiero su dinero.
—Un coche. Prestaciones. Extras...
—No...
—Entonces..., ¿qué puedo hacer para que cambies de opinión?
—Lo siento. Yo no...
Hice ademán de salir del coche. Su mano salió disparada. Y se quedó ahí, en
mi brazo, extraña y radiactiva. Ambas la miramos fijamente.
—Firmó un contrato, señorita Clark —dijo—. Firmó un contrato en el que
prometía trabajar para nosotros durante seis meses. Según mis cálculos, solo han
pasado dos. Lo único que le exijo es que cumpla con sus obligaciones
contractuales. —Su voz se crispó. Bajé la vista a la mano de la señora Tray nor y
vi que estaba temblando—. Por favor. —La señora Traynor tragó saliva.
Mis padres nos miraban desde el porche. Los vi, con las tazas en las manos, y
eran las únicas dos personas que daban la espalda al teatro de la puerta de al lado.
Se dieron la vuelta, torpemente, cuando notaron que los había visto. Mi padre, me
fijé, llevaba las zapatillas a cuadros con manchones de pintura.
Giré la manilla de la puerta.
—Señora Traynor, no puedo quedarme de brazos cruzados y mirar... Es
demasiado raro. No quiero ser parte de ello.
—Piénsalo. Mañana es festivo: le voy a decir a Will que tienes un
compromiso familiar si necesitas tomarte un tiempo. Cuentas con el fin de
semana para reflexionar. Pero, por favor, vuelve. Vuelve y ayúdale.
Volví a casa sin mirar atrás. Me senté en el salón, con la mirada puesta en la
televisión mientras mis padres me seguían adentro, intercambiaban miradas y
fingían que no me estaban observando.
Pasaron casi once minutos hasta que por fin oí el coche de la señora Tray nor
arrancar y alejarse.
A los cinco minutos de haber llegado a casa, mi hermana vino a enfrentarse
conmigo, tras subir la escalera dando pisotones e irrumpir en mi habitación.
—Sí, por favor, entra —dije. Yo estaba tumbada en la cama, con las piernas
estiradas en la pared, mirando al techo. Llevaba leotardos y pantalones cortos
azules con lentejuelas, que en esa postura rodeaban de forma muy poco atractiva
el principio de mis muslos.
Katrina se quedó en el umbral.
—¿Es verdad?
—¿Que Dympna Grisham por fin ha echado a ese marido inútil y
mujeriego...?
—No te hagas la listilla. Lo de tu trabajo.
Repasé el dibujo del papel pintado con el dedo del pie.
—Sí, he entregado la renuncia. Sí, sé que mamá y papá no están muy
contentos. Sí, sí, sí, sea lo que sea lo que me vayas a gritar.
Cerró la puerta con cuidado detrás de sí, se sentó en un extremo de la cama,
pesadamente, y exclamó con energía:
—No puedo creerlo.
Dio un empujón a mis piernas, que cayeron de la pared, de modo que casi
acabé tumbada en la cama. Me incorporé.
—Ay.
—No puedo creerlo. —Tenía la cara de color púrpura—. Mamá está hecha
polvo. Papá finge que no, pero también está hecho polvo. ¿Qué van a hacer
respecto al dinero? Ya sabes que a papá le da miedo perder su puesto. ¿Por qué
diablos tienes que renunciar a un trabajo perfectamente digno?
—No me sueltes un discurso, Treen.
—Bueno, ¡alguien tiene que hacerlo! No vas a ganar tanto dinero en ninguna
otra parte. Y ¿cómo va a quedar en tu currículo?
—Vamos, no finjas que no se trata de ti y lo que tú quieres.
—¿Qué?
—No te importa lo que yo haga, siempre y cuando puedas ir a resucitar tu
carrera de altos vuelos. Solo me necesitas para que dé dinero a la familia y
pague la guardería. Y a la mierda todo lo demás. —Sabía que mis palabras eran
desagradables e hirientes, pero no logré contenerme. Al fin y al cabo, fueron los
problemas de mi hermana los que nos habían metido en este brete. De mi interior
comenzaron a supurar años de resentimiento—. Todos tenemos que aguantarnos
con nuestros trabajos de mierda para que la pequeña Katrina vaya a cumplir sus
sueños.
—No se trata de mí.
—¿No?
—No, se trata de ti, que no conservas ni el único trabajo decente que te han
ofrecido en meses.
—No sabes nada de mi trabajo, ¿vale?
—Sé que pagaban mucho más que el salario mínimo. Y eso es todo lo que
necesito saber.
—El dinero no lo es todo en la vida.
—¿De verdad? Ve abajo y díselo a mamá y a papá.
—No te atrevas a soltarme tus discursos de mierda sobre el dinero cuando tú
no has pagado ni una maldita cosa en esta casa desde hace años.
—Ya sabes que no puedo permitirme gran cosa por Thomas.
Comencé a empujar a mi hermana hacia la puerta. No recordaba la última
vez que le había puesto una mano encima, pero en ese momento quería golpear a
alguien con todas mis fuerzas y me asustó que se quedara ahí, frente a mí.
—Vete a la mierda, Treen. ¿Vale? Vete a la mierda y déjame en paz.
Cerré de un portazo en su cara. Y, cuando al fin oí cómo se alejaba despacio
por las escaleras, preferí no pensar en qué les diría a mis padres, en cómo lo
considerarían una prueba más de mi catastrófica incapacidad para hacer algo
con mi vida. Preferí no pensar en Sy ed, de la Oficina de Empleo, y en cómo le
explicaría mis motivos para dejar este trabajo tan sencillo y bien pagado. Preferí
no pensar en la fábrica de pollos y en que, en algún rincón de sus entrañas, aún
habría un mono de plástico y un gorro desechable con mi nombre en ellos.
Me tumbé y pensé en Will. Pensé en su furia y en su tristeza. Pensé en lo que
había dicho su madre: que yo era una de las pocas personas a quien escuchaba.
Pensé en cuando trató de contener la risa al escuchar la Canción de Molahonkey
una noche en que la nieve caía dorada tras la ventana. Pensé en la piel cálida y el
cabello suave y las manos de alguien muy vivo, alguien mucho más inteligente y
divertido de lo que sería y o nunca y que aun así no veía un futuro mejor que
borrarse de la faz de la tierra. Y, por fin, la cabeza hundida en la almohada, lloré,
porque de repente mi vida era mucho más lóbrega y complicada de lo que
habría imaginado, y deseé volver al pasado, cuando solo me preocupaba si Frank
y yo habíamos pedido bastantes panecillos.
Alguien llamó a la puerta.
Me soné la nariz.
—Vete a la mierda, Katrina.
—Lo siento.
Me quedé mirando la puerta.
Su voz sonaba apagada, como si tuviera los labios pegados al ojo de la
cerradura.
—He traído vino. Mira, déjame pasar, por el amor de Dios, o mamá me va a
oír. Tengo dos tazas de Bob el Constructor metidas en el jersey, y y a sabes cómo
se pone cuando nos pilla bebiendo arriba.
Bajé de la cama y abrí la puerta.
Mi hermana vio mi cara, bañada en lágrimas, y enseguida cerró la puerta
detrás de ella.
—Vale —dijo, y desenroscó el tapón y me sirvió una taza de vino—, ¿qué ha
pasado realmente?
Miré a mi hermana con intensidad.
—No le digas a nadie lo que voy a contarte. A papá nunca. Y menos aún a
mamá.
Y se lo conté.
Tenía que contárselo a alguien.
Había muchas cosas de mi hermana que no me gustaban. Hace unos pocos años
mantenía una lista donde garabateaba con ganas mis razones. La odiaba porque
tenía el pelo liso y grueso, en tanto que al mío se le abrían las puntas en cuanto
me llegaba al hombro. La odiaba porque era imposible contarle nada que no
supiera ya. La odiaba porque, a lo largo de mis años escolares, todos los
profesores insistían en explicarme en voz baja qué inteligente era mi hermana,
como si esa inteligencia no me condenase a vivir para siempre a su sombra. La
odiaba porque a los veintiséis años y o aún dormía en el trastero de un adosado
para que ella y su hijo ilegítimo descansaran en la habitación más amplia. Pero
de vez en cuando me alegraba de que fuera mi hermana.
Porque Katrina no gritaba horrorizada. No se escandalizaba, ni insistía en
contarle todo a mamá y a papá. No me dijo ni una vez que me había equivocado
al marcharme.
Tomó un generoso sorbo de su taza.
—Caramba.
—Ni más ni menos.
—Además, es legal. No se lo pueden impedir.
—Lo sé.
—Mierda. Ni siquiera sé qué pensar.
Nos habíamos tomado dos tazas mientras le narraba la historia y sentí que
tenía las mejillas acaloradas.
—Odio pensar que le estoy abandonando. Pero no puedo ser parte de esto,
Treen. No puedo.
—Mmm. —Mi hermana estaba pensando. De hecho, tiene una « cara de
pensar» . Al verla así, la gente espera para no interrumpirla. Mi padre dice que
cuando y o pongo cara de pensar parece que tengo que ir al baño.
—No sé qué hacer —dije.
Alzó la vista y su rostro se iluminó de repente.
—Es muy sencillo.
—Sencillo.
Sirvió otras dos tazas de vino.
—Huy. Parece que nos la hemos terminado. Sí. Sencillo. Tienen dinero,
¿verdad?
—No quiero su dinero. Me ofreció un aumento. Pero no se trata de eso.
—Cállate. No es para ti, niña tonta. Ellos tendrán su dinero. Y él tendrá un
montón por el seguro, tras el accidente. Bueno, diles que quieres un presupuesto y
emplea ese dinero, y esos..., ¿cuánto era?, esos cuatro meses que te quedan. Para
que Will Tray nor cambie de idea.
—¿Qué?
—Para que cambie de idea. Dijiste que pasa casi todo el tiempo en la casa,
¿verdad? Bueno, comienza con algo sencillo, y luego, una vez que y a esté
cómodo al salir, piensa en todas las cosas fabulosas que podrías hacer por él, todo
aquello con lo que le entrarían ganas de vivir (aventuras, viajes al extranjero,
nadar con delfines, lo que sea) y hazlo. Yo te ayudo. Voy a buscar cosas en
Internet en la biblioteca. Te apuesto algo a que encontraremos cosas maravillosas
para él. Cosas que le harían feliz.
Me quedé mirándola.
—Katrina...
—Sí. Lo sé. —Sonrió, al mismo tiempo que y o—. Soy un puto genio
Camilla
Jamás me propuse ayudar a mi hijo a matarse.
Incluso leer estas palabras me resulta extraño, como si pertenecieran a un
periódico sensacionalista o a una de esas horrendas revistas que la mujer de la
limpieza lleva siempre en el bolso, llenas de mujeres cuy as hijas se escaparon
con sus parejas infieles, relatos de asombrosas pérdidas de peso y bebés de dos
cabezas.
Yo no era el tipo de persona a quien le ocurrían estas cosas. O, al menos, eso
pensaba. Mi vida contaba con una estructura clara. Bastante común, para los
tiempos que corren. Llevaba casada casi treinta y siete años, había criado dos
hijos, había conservado mi trabajo, había ayudado en el colegio, en la asociación
de padres y madres de alumnos y, una vez que mis hijos ya no me necesitaron,
me había incorporado a la judicatura.
Era juez desde hacía casi once años. En el tribunal observaba toda la vida
humana pasar ante mí: los granujas desvalidos que ni siquiera eran capaces de
organizarse para llegar al tribunal a tiempo; los delincuentes reincidentes; los
jóvenes irascibles y duros y las madres agotadas y cargadas de deudas. Es muy
difícil mantener la calma y seguir siendo comprensiva cuando se ven las mismas
caras, los mismos errores cometidos una y otra vez. A veces percibía la
impaciencia en mi voz. Llegaba a ser desalentadora, esa tozuda negativa de la
humanidad a intentar al menos obrar de un modo razonable.
Y nuestro pequeño pueblo, a pesar de la belleza del castillo, de nuestros
edificios históricos, de nuestras pintorescas carreteras rurales, no era inmune a
ello en absoluto. En nuestras plazas de la época de la Regencia los adolescentes
bebían sidra, nuestras tradicionales casas de tejado de paja amortiguaban los
sonidos de maridos maltratando a sus esposas e hijos. En ocasiones me sentía
como el rey Canuto, haciendo declaraciones inútiles ante la devastación y el caos
inminentes. Aun así, me encantaba mi trabajo. Lo hacía porque creo en el orden,
en un código moral. Creo que existen el bien y el mal, por muy anticuada que
resulte esa idea.
Superé los días más difíciles gracias a mi jardín. A medida que mis hijos
crecían, se convirtió en una pequeña obsesión. Me sabía el nombre latino de casi
todas las plantas. Lo más curioso es que yo ni siquiera aprendí latín en el instituto
(estudié en un pequeño centro educativo para señoritas que se centraba en la
cocina y el bordado, esas cosas que nos ayudarían a ser buenas esposas), pero los
nombres de las plantas se me quedan grabados en la cabeza. Me basta oírlos una
vez para recordarlos para siempre: Helleborus niger, Eremurus stenophyllus,
Athyrium niponicum. Soy capaz de repetirlos con una fluidez que jamás habría
alcanzado en el colegio.
Se dice que solo apreciamos de verdad un jardín al llegar a cierta edad, y
supongo que algo de cierto hay en ello. Tal vez tenga que ver con el gran círculo
de la vida. Parece existir un elemento milagroso en el incesante optimismo de los
nuevos brotes tras la crudeza del invierno, en esa exaltación de la diferencia año
tras año, esa manera en que la naturaleza se muestra en todo su esplendor cada
vez en un rincón diferente del jardín. Ha habido épocas (esas ocasiones en que
mi matrimonio estuvo más concurrido de lo que me esperaba) en que fue un
refugio, épocas en que fue una alegría.
Ha habido épocas en que me resultó, sinceramente, un incordio. No hay nada
más decepcionante que plantar un nuevo arriate solo para ver que no florece, o
contemplar una hilera de bellos Allium destruidos en una noche por cualquier
motivo. Pero, incluso cuando me quejaba por el tiempo y el esfuerzo necesarios
para cuidarlo, a pesar de las protestas de mis articulaciones tras una tarde de
poda o de no tener nunca las uñas limpias del todo, lo adoraba. Adoraba los
placeres sensuales de estar al aire libre, los olores, el tacto de la tierra bajo los
dedos, la satisfacción de ver seres vivos, radiantes, embelesados en su belleza
efímera.
Después del accidente de Will, no salí al jardín durante un año. No fue solo
por falta de tiempo, si bien las horas eternas en el hospital, el tiempo perdido de
acá para allá en el coche y las reuniones (oh, Dios, las reuniones) me mantenían
muy ocupada. Solicité una baja de seis meses en el trabajo y aun así nunca
disponía de tiempo suficiente.
Fue porque, de repente, dejé de verle el sentido. Pagué a un jardinero para
que lo mantuviera en buen estado, y no creo que le dedicara ni la más somera de
las miradas durante la mayor parte del año.
Solo cuando trajimos a Will de vuelta a casa, una vez que el pabellón quedó
adaptado y listo, tuvo sentido volver a embellecerlo. Necesitaba que mi hijo
tuviera algo hermoso que contemplar. Necesitaba decirle, en silencio, que las
cosas cambian, crecen o se marchitan, pero que la vida continúa. Que todos
formamos parte de un ciclo superior, de un orden que solo Dios comprende. A
Will no podía hablarle así, por supuesto (a Will y a mí nunca se nos dio bien
conversar de las cosas que de verdad nos importaban), pero quería mostrárselo.
Una promesa silenciosa, por así decirlo, de que existía algo más, un futuro más
radiante.
Steve estaba atizando el fuego. Movía con destreza los leños que quedaban, medio
calcinados, atizador en mano, haciendo saltar chispas relucientes por la
chimenea, tras lo cual echó un leño nuevo en medio del fuego. Se apartó, como
siempre, a observar con discreta satisfacción cómo las llamas se avivaban y se
limpió las manos en los pantalones de pana. Se dio la vuelta cuando entré en la
habitación. Le tendí una copa.
—Gracias. ¿Va a venir George?
—Al parecer no.
—¿Qué está haciendo?
—Está arriba, viendo la tele. No quiere compañía. No le pedí que viniera.
—Ya se le pasará. Es probable que sufra jet lag.
—Eso espero, Steve. No está muy contenta con nosotros ahora mismo.
Nos quedamos ahí, en silencio, observando el fuego. A nuestro alrededor el
salón estaba en penumbras e inmóvil, mientras el viento y la lluvia azotaban el
cristal de las ventanas.
—Qué asco de noche.
—Sí.
El perro entró sin hacer ruido y, con un suspiro, se tumbó junto al fuego; nos
lanzó una mirada amorosa a ambos desde ahí abajo.
—Entonces, ¿qué piensas? —dijo—. Sobre el corte de pelo.
—No lo sé. Me gustaría pensar que es una buena señal.
—Esta Louisa es todo un carácter, ¿no?
Vi cómo mi marido se sonreía. También ella, no, me descubrí pensando, y
rechacé la idea.
—Sí. Sí, supongo que lo es.
—¿Crees que es la persona indicada?
Tomé un sorbo de mi vaso antes de responder. Dos dedos de ginebra, una
rodaja de limón y mucha tónica.
—¿Quién sabe? —dije—. Creo que ya no tengo ni la menor idea acerca de
qué está bien y qué está mal.
—A Will le cae bien. Estoy seguro de que le cae bien. La otra noche
estábamos hablando mientras veíamos las noticias y la mencionó dos veces. No
había hecho eso antes.
—Sí. Bueno. No me haría muchas ilusiones.
—¿Es que hace falta?
Steve se apartó del fuego. Noté que me estudiaba, consciente, tal vez, de las
nuevas arrugas que cercaban mis ojos, de mis labios apretados en un gesto de
ansiedad. Miró el pequeño crucifijo dorado, que ahora siempre llevaba al cuello.
No me gustaba que me mirara así. No lograba evitar la sensación de que me
comparaba con otra.
—Solo soy realista.
—Parece... Parece que esperas que ocurra ya.
—Conozco a mi hijo.
—Nuestro hijo.
—Sí. Nuestro hijo. —Más hijo mío, pensé. Tú nunca estuviste ahí cuando te
necesitaba. No emocionalmente. Eras solo una ausencia a la que él trataba de
impresionar.
—Va a cambiar de idea —dijo Steve—. Todavía queda mucho.
Nos quedamos ahí. Tomé un largo sorbo de mi bebida, el frío del hielo contra
la calidez del fuego.
—No dejo de pensar... —dije, con la mirada en la chimenea—. No dejo de
pensar que hay algo que no comprendo.
Mi marido aún me observaba. Noté su mirada clavada en mí, pero no alcé la
vista. Tal vez, en ese caso, él habría extendido la mano para tocarme. Pero creo
que y a habíamos ido demasiado lejos para eso.
Él también tomó un sorbo de su bebida.
—Estás haciendo todo lo que puedes, cariño.
—Lo sé muy bien. Pero no es suficiente, ¿verdad?
Él se volvió hacia el fuego, atizó innecesariamente un leño hasta que yo me di
la vuelta y salí del salón en silencio.
Tal y como él esperaba.
Cuando Will me dijo lo que quería, tuvo que repetírmelo dos veces, pues yo tenía
la certeza de no haberlo oído bien en un principio. Mantuve la calma cuando
comprendí lo que estaba proponiendo, le dije que era ridículo y acto seguido salí
de la habitación. Era una ventaja injusta: alejarse de un hombre en silla de
ruedas. Hay dos escalones entre el pabellón y la casa y, a menos que cuente con
la ay uda de Nathan, son un obstáculo insalvable para Will. Cerré la puerta del
anexo y me quedé quieta en el pasillo que da a mi habitación, mientras las
palabras sosegadas de mi hijo retumbaban en mis oídos.
Creo que no me moví durante media hora.
Will se negó a desistir. Como siempre, tenía que decir la última palabra.
Repitió su propuesta cada vez que iba a verlo, de modo que tuve que hacer un
esfuerzo de voluntad para no dejar de visitarlo todos los días. No quiero vivir así,
madre. Esta no es la vida que escogí. No hay esperanzas de mejora, así que es
perfectamente razonable poner el punto final de la manera que me parezca
adecuada. Lo oí y no me costó imaginarme cómo se desenvolvería en esas
reuniones de negocios, durante esa carrera que le hizo rico y arrogante. Era un
hombre acostumbrado a hacerse escuchar, al fin y al cabo. Le resultaba
insoportable que yo tuviera el poder de dictar su futuro, que de algún modo me
hubiera convertido una vez más en su madre.
Empleó toda su energía en convencerme. No se trataba de que mi religión lo
prohibiera, si bien era espantoso pensar que Will se condenaría al infierno a
causa de su desesperación. (Preferí creer que Dios, un Dios benigno, se apiadaría
de nuestros sufrimientos y nos perdonaría nuestros pecados).
Se trataba de algo que es imposible comprender hasta que se es madre: no es
solo al hombre adulto (ese hijo torpón, sin afeitar, maloliente, vehemente) a
quien vemos ante nosotras, con sus multas de tráfico y sus zapatos sucios y su
complicada vida amorosa, sino a todas las personas que ha ido siendo,
empaquetadas en un solo cuerpo.
Al mirar a Will veía al bebé que había tenido en brazos, embelesada y
llorosa, incapaz de creer que había creado a otro ser humano. Veía al niño
pequeño que estiraba la mano en busca de la mía, al colegial que lloraba furioso
tras pelearse con el abusón de la escuela. Veía los puntos vulnerables, el amor, la
historia. Eso era lo que me pedía que extinguiera: al niño tanto como al hombre,
todo ese amor, todas esas vivencias.
Y entonces, el 22 de enero, durante un día agotador en el tribunal, atrapada en
un desfile incesante de ladronzuelos y conductores sin seguro, de parejas rotas,
tristes y enojadas, Steven entró en el pabellón y encontró a nuestro hijo casi
inconsciente, la cabeza contra el reposabrazos, en medio de un mar de sangre
oscura y pegajosa que se amontonaba junto a las ruedas de la silla. Había
encontrado un clavo oxidado, que sobresalía apenas un centímetro de un mueble
viejo en el cuarto de atrás, y, con la muñeca contra el clavo, dio marcha atrás y
adelante en la silla de ruedas hasta que la carne acabó hecha jirones. Aún hoy
me resulta imposible imaginar la determinación que le impulsó a continuar, a
pesar de que estaría delirando a causa del dolor. Los médicos me dijeron que solo
veinte minutos le habían separado de la muerte.
No se trata, observaron con una delicadeza exquisita, de un grito de ayuda.
Cuando me dijeron en el hospital que Will sobreviviría, salí al jardín y
descargué mi furia. Descargué mi furia contra Dios, contra la naturaleza, contra
el destino que había arrastrado a nuestra familia al fondo de semejante abismo.
Ahora, al recordarlo, comprendo que debí parecer una loca. Pasé en el jardín
esa fría tarde y arrojé mi brandy contra el Euonymus compactus, y grité hasta
que mi voz desgarró el aire, retumbando en las paredes del castillo y en la
distancia. Estaba tan furiosa de estar rodeada de cosas que se doblaban y crecían
y se reproducían, mientras que mi hijo (mi hermoso muchacho, carismático y
lleno de vida) era apenas un objeto. Inmóvil, mustio, ensangrentado, sufriente. La
belleza que me rodeaba era una obscenidad. Grité y grité y maldije con palabras
que ni siquiera sabía que conocía, hasta que salió Steven y se quedó a mi lado,
con la mano apoyada en mi hombro, esperando hasta que tuvo la certeza de que
y o iba a guardar silencio de nuevo.
Él aún no se había hecho a la idea. No lo comprendía. Que Will lo volvería a
intentar. Que pasaríamos nuestras vidas en un estado de constante vigilancia, a la
espera de la próxima ocasión, a la espera de ver qué horrores se infligiría Will a
sí mismo. Tendríamos que mirar el mundo a través de sus ojos: los venenos en
potencia, los objetos afilados, la creatividad con que terminaría la tarea que había
comenzado ese maldito motociclista. Nuestras vidas tendrían que encogerse hasta
encajar en las posibilidades de ese único hecho. Y él contaba con una ventaja: no
tenía nada más en lo que pensar.
Dos semanas más tarde le dije a Will: « Sí» .
Por supuesto.
¿Qué otra cosa podía hacer?
9
No dormí esa noche. Yací despierta en el pequeño trastero, contemplando el
techo y reconstruyendo paso a paso los dos últimos meses a la luz de lo que sabía
ahora. Todo había cambiado de lugar, se había fragmentado y acabado en otro
sitio, en una forma que a duras penas reconocía.
Me sentí engañada, la cómplice tonta que no sabía en qué se había metido.
Imaginé que se habrían reído en privado de mis tentativas de dar de comer
verduras a Will o de cortarle el pelo..., esas pequeñas cosas que le harían sentirse
mejor. ¿Qué sentido tenían, al fin y al cabo?
Rememoré una y otra vez la conversación que había escuchado, en un intento
de interpretarla de otro modo, de convencerme a mí misma de que había
comprendido mal sus palabras. Pero Dignitas no era exactamente un lugar al que
se iba de vacaciones. No podía creer que Camilla Traynor considerase hacerle
eso a su hijo. Sí, me había parecido una mujer fría, y se portaba, sí, de manera
poco natural ante su hijo. Era difícil imaginarla prodigándole arrumacos, como
solía hacer mi madre con nosotros (intensa, gozosamente) hasta que nos
desprendíamos de sus brazos, rogándole que nos soltara. Si soy sincera, al
principio pensé que así trataban las clases pudientes a sus hijos. Al fin y al cabo,
acababa de leer un libro de Will, Amor en clima frío. Pero ¿ser partícipe, de modo
voluntario, en la muerte de tu propio hijo?
Al pensar de nuevo en ello, su comportamiento resultaba aún más frío, sus
acciones imbuidas de una intención siniestra. Estaba furiosa con ella y estaba
furiosa con Will. Furiosa con ambos por obligarme a participar en una farsa.
Estaba furiosa por todas las veces que me había sentado a pensar en cómo
mejorar las cosas para él, cómo lograr que estuviera más cómodo o feliz.
Cuando no estaba furiosa, estaba triste. Recordé cómo se le quebró la voz a la
señora Traynor cuando trató de consolar a Georgina y sentí una tristeza
insondable por ella. Se encontraba, no me cabía duda, en una encrucijada
imposible.
Sin embargo, por encima de todo, me sentí dominada por el horror. Me
obsesionaba lo que ahora sabía. ¿Cómo vivir a sabiendas de que solo se dejaban
pasar los días hasta la llegada de la muerte? ¿Cómo era posible que ese hombre
cuya piel había sentido bajo los dedos esta mañana (cálida y viva) decidiera
acabar consigo mismo? ¿Cómo era posible que, con el consentimiento de todos,
en apenas seis meses esa misma piel pudiera encontrarse bajo tierra,
pudriéndose?
No se lo podía contar a nadie. Eso era casi lo peor de todo. Era una
encubridora del secreto de los Traynor. Asqueada y desganada, llamé a Patrick
para decirle que no me sentía bien y me iba a quedar en casa. No pasaba nada,
estaba corriendo diez kilómetros, dijo. Probablemente, no llegaría al club de
atletismo hasta las nueve, de todos modos. Ya nos veríamos el sábado. Parecía
distraído, como si tuviera la cabeza en otras cosas, en algún recorrido mítico.
Me negué a cenar. Me tumbé en la cama hasta que mis ideas se volvieron tan
lóbregas y sólidas que no resistí su peso, y a las ocho y media bajé de nuevo y
me senté a ver la televisión en silencio, acurrucada al lado del abuelo, la única
persona de nuestra familia que no me haría preguntas. Estaba sentado en su sillón
favorito y tenía la mirada clavada en la pantalla con una intensidad vidriosa.
Nunca estaba segura de si prestaba atención o si pensaba en sus cosas.
—¿Seguro que no quieres nada, cariño? —Mi madre apareció a mi lado con
una taza de té. Al parecer, no existía nada en nuestra familia que no se pudiera
solucionar con una taza de té.
—No. No tengo hambre, gracias.
Noté que lanzaba una mirada a mi padre. Sabía que más tarde susurrarían a
solas que los Traynor me hacían trabajar demasiado, que la tensión de cuidar a
un inválido era excesiva. Sabía que se culparían a sí mismos por haberme
animado a aceptar el trabajo.
Y yo iba a dejarles pensar que estaban en lo cierto.
Paradójicamente, al día siguiente Will estaba de buen humor: más hablador que
de costumbre, vehemente, provocador. Creo que habló más que cualquier otro
día. Daba la impresión de que quería discutir conmigo y se quedó decepcionado
cuando no le seguí la corriente.
—Entonces, ¿cuándo vas a terminar de trasquilarme?
Yo estaba ordenando la habitación. Alcé la vista del cojín del sofá que tenía
en las manos.
—¿Qué?
—El corte de pelo. Está a medio hacer. Parezco un huérfano victoriano. O un
imbécil de Hoxton. —Giró la cabeza para que yo viera mejor mi obra—. A
menos que sea una declaración de estilo alternativo tuy a.
—¿Quieres que termine de cortarte el pelo?
—Bueno, parecía que te gustaba. Y estaría bien no parecer recién escapado
de un manicomio.
Fui en busca de una toalla y de tijeras en silencio.
—Nathan está mucho más contento ahora que parezco un tipo decente —dijo
—. Aunque, según él, ahora que mi cara ha vuelto a su estado normal, voy a
tener que afeitarme todos los días.
—Oh —dije.
—No te importa, ¿verdad? Los fines de semana tendré que lucir barba.
No lograba hablar con él. Me resultaba difícil incluso mirarlo a los ojos. Era
como descubrir que tu novio te había sido infiel. Sentí, de un modo extraño, que
me había traicionado.
—¿Clark?
—¿Mmm?
—Estás desconcertantemente callada. ¿Qué le pasó a esa mujer tan
habladora que llegaba a ser un poco irritante?
—Lo siento —dije.
—¿Otra vez el Hombre Maratón? ¿Qué ha hecho ahora? ¿No se habrá ido
corriendo?
—No. —Tomé un suave mechón de pelo entre el índice y el dedo medio y
alcé las tijeras para recortar las puntas que sobresalían. Me quedé inmóvil.
¿Cómo lo harían? ¿Le darían una inyección? ¿Una medicina? ¿O le dejarían en
una habitación junto a unas cuchillas?
—Pareces cansada. No iba a decir nada cuando llegaste, pero, qué diablos,
tienes un aspecto horrible.
—Oh.
¿Cómo ay udaban a alguien incapaz de mover las extremidades? Me descubrí
a mí misma contemplando sus muñecas, cubiertas siempre bajo las mangas.
Durante semanas, había dado por hecho que era más sensible al frío que
nosotros. Otra mentira.
—¿Clark?
—¿Sí?
Me alegró estar detrás de él. No quería que me viera la cara.
Will vaciló. Allí donde la nuca estaba cubierta por el pelo, la palidez era
incluso más intensa que en el resto de su piel. Parecía suave y blanca y
extrañamente vulnerable.
—Mira, siento lo de mi hermana. Estaba... Estaba muy alterada, pero eso no
le daba derecho a ser una grosera. A veces es demasiado directa. No es
consciente de cuánto molesta a la gente. —Se detuvo—. Por eso le gusta vivir en
Australia, creo.
—¿Quieres decir que allá se dicen la verdad?
—¿Qué?
—Nada. Levanta la cabeza, por favor.
Corté y peiné, metódicamente, hasta recortarle el pelo por completo, y no
quedó más que un montoncito de mechones alrededor de sus pies.
Al final del día, todo se volvió muy claro para mí. Mientras Will veía la televisión
junto a su padre, tomé un folio de la impresora y un bolígrafo de un frasco de la
cocina y escribí lo que quería decir. Doblé el papel, encontré un sobre y lo dejé
sobre la mesa de la cocina, a nombre de su madre.
Cuando me fui al acabar la jornada, Will y su padre conversaban. En
realidad, Will se reía. Me detuve en el pasillo, con el bolso sobre el hombro, a la
escucha. ¿Por qué se reiría? ¿Cuál sería el motivo de esa alegría, apenas unas
semanas antes de acabar con su propia vida?
—Me voy —dije ante el umbral y comencé a caminar.
—Eh, Clark—dijo Will, pero yo ya había cerrado la puerta detrás de mí.
Pasé el corto trayecto en autobús pensando qué le diría a mis padres. Se
pondrían furiosos al saber que había dejado un empleo que les parecía bien
pagado y perfectamente razonable. Tras la impresión inicial, mi madre, con
aspecto dolido, me defendería, sugiriendo que era demasiado. Mi padre me
preguntaría por qué no me parecía más a mi hermana. Lo hacía a menudo,
aunque y o no era quien había echado a perder su vida quedándose embarazada y
pasando a depender del resto de la familia en lo económico y en el cuidado del
niño. No era posible decir algo así en la casa porque, según mi madre, daría a
entender que Thomas no era una bendición. Y todos los bebés eran una bendición
de Dios, incluso aquellos que decían capullo sin parar, y cuya presencia suponía
que la mitad de los trabajadores en potencia de nuestra familia no podían tener
un empleo decente.
No podía decirles la verdad. Sabía que no debía nada ni a Will ni a su familia,
pero no les condenaría a recibir las miradas inquisitivas de todo el barrio.
Todas estas ideas revoloteaban en mi cabeza cuando salí del autobús y
caminé colina abajo. Y entonces llegué a la esquina de nuestra calle y oí los
gritos, sentí una ligera vibración en el aire y, por un momento, me olvidé de todo.
Una pequeña multitud se había reunido alrededor de nuestra casa. Avivé el
paso, temerosa de que hubiera ocurrido algo, pero entonces vi a mis padres en el
porche, mirando hacia arriba, y comprendí que no era nuestra casa el centro de
atención. Era tan solo la última de esa serie de pequeñas batallas que
caracterizaba la relación matrimonial de nuestros vecinos.
Que Richard Grisham no era el más fiel de los maridos no era precisamente
un secreto en el barrio. Pero, a juzgar por la escena que transcurría en su jardín
delantero, tal vez lo hubiera sido para su mujer.
—Habrás pensado que soy tonta de remate. ¡Esa golfa llevaba puesta tu
camiseta! ¡La que te hice yo para tu cumpleaños!
—Cariño... Dympna... No es lo que piensas.
—¡Fui a buscarte esos huevos rebozados de mierda! ¡Y ahí estaba ella, con la
camiseta! ¡La muy caradura! ¡Y a mí ni siquiera me gustan los huevos!
Caminé más despacio, abriéndome paso entre la multitud, hasta que al fin
logré llegar a la puerta de casa, sin dejar de mirar a Richard, que esquivó un
reproductor de DVD. A continuación, le tocó el turno a un par de zapatos.
—¿Cuánto tiempo llevan así?
Mi madre, con el delantal cuidadosamente atado a la cintura, descruzó los
brazos y miró el reloj.
—Unos buenos cuarenta y cinco minutos. Bernard, ¿crees que han pasado
cuarenta y cinco minutos?
—Depende de si empiezas a contar desde que ella tiró la ropa o desde que él
volvió a casa y lo vio.
—Diría que desde el regreso de él.
Mi padre sopesó la cuestión.
—Entonces, más bien media hora. Aunque ella tiró un montón de cosas por la
ventana en los primeros quince minutos.
—Tu padre dice que, si de verdad lo echa de casa esta vez, va a preguntarle
cuánto cuesta la Blackand Decker de Richard.
La multitud crecía y Dympna Grisham no mostraba indicios de calmarse. En
todo caso, parecía animarla tener un público cada vez más numeroso.
—Llévale tus libros inmundos —gritó, arrojando una andanada de revistas por
la ventana.
Esto ocasionó una pequeña ovación de la muchedumbre.
—A ver si a ella le gusta que te pases en el baño media tarde del domingo con
esas, ¿eh? —Desapareció de la ventana y reapareció con una cesta de la colada,
cuyo contenido arrojó a lo que quedaba del césped—. Y tus calzoncillos
inmundos. ¡A ver si ella sigue pensando que eres, ¿cómo era?, todo un semental
cuando te los tenga que lavar todos los días!
Richard recogía en vano cuanto podía a medida que iba cayendo contra la
hierba. Gritaba a la ventana, pero, con todo el ruido y los abucheos, era difícil
saber qué decía. Como si admitiera su derrota, se abrió paso entre el gentío, abrió
el coche, cargó con todo lo que le cabía en los brazos, lo dejó en el asiento de
atrás y cerró la puerta. Por extraño que parezca, a pesar de lo populares que
resultaron sus colecciones de películas y videojuegos, nadie hizo ademán de
acercarse a su ropa sucia.
Crash. Se hizo un breve silencio cuando la cadena musical se estampó contra
la calzada.
Richard alzó la vista, incrédulo.
—¡Puta loca!
—¿Tú te estás follando a ese trol bizco y sifilítico del garaje y yo soy la puta
loca?
Mi madre se volvió hacia mi padre.
—¿Te apetece una taza de té, Bernard? Creo que empieza a refrescar.
Mi padre no apartó los ojos de la puerta de los vecinos.
—Qué buena idea, cariño. Gracias.
Cuando mi madre entró en casa, reparé en el coche. Fue tan inesperado que
al principio ni siquiera lo reconocí: era el Mercedes de la señora Tray nor, azul
marino, de suelo bajo, discreto. La señora Traynor aparcó, contempló la escena
y dudó un momento antes de bajar. Se quedó ahí, mirando las casas, tal vez en
busca de los números. Y entonces me vio.
Salí del porche y bajé por el camino antes de que mi padre tuviera ocasión de
preguntarme adónde iba. La señora Traynor estaba al lado de la muchedumbre,
observando el incidente como María Antonieta habría mirado una revuelta de
campesinos.
—Una disputa doméstica —dije.
Ella apartó la vista, casi como si le avergonzara que la hubiera sorprendido
mirando.
—Ya veo.
—Es bastante constructiva, para lo que nos tienen acostumbrados. Se nota que
han ido a terapia de pareja.
Su elegante traje de lana, el collar de perlas y el sofisticado corte de pelo la
destacaban en plena calle, entre el gentío ataviado con chándales y prendas
baratas de colores brillantes compradas en supermercados. Su aspecto era rígido,
peor que el de aquella mañana en que me descubrió durmiendo en la cama de
Will. Caí en la cuenta, en un rincón distante de mi mente, de que no iba a echar
de menos a Camilla Traynor.
—Me preguntaba si podríamos hablar un momento. —Tuvo que alzar la voz
para hacerse oír entre los gritos.
La señora Grisham había comenzado a arrojar los caros vinos de su marido.
Cada botella que explotaba era recibida con alaridos de júbilo y nuevos arrebatos
y ruegos sinceros del señor Grisham. Un río de vino tinto se extendió a los pies de
la multitud hasta llegar a la alcantarilla.
Eché un vistazo al gentío y otro detrás de mí, a la casa. Ni se me ocurrió
llevar a la señora Tray nor a nuestro salón, con su follón de trenes de juguete, el
abuelo, que estaría roncando frente a la televisión, mi madre, que rociaría el
ambientador para ocultar el hedor de los calcetines de mi padre, y Thomas, que
aparecería para llamar capulla a la recién llegada.
—Mmm... No es buen momento.
—¿Tal vez podríamos hablar en mi coche? Mira, solo cinco minutos, Louisa.
Sin duda, nos debes por lo menos eso.
Un par de vecinos nos miraron cuando subí al coche. Por fortuna, los
Grisham eran el acontecimiento de la noche o y o habría acabado en todos los
chismorreos. En nuestra calle, si alguien se subía a un coche caro, o bien se había
acostado con un futbolista o bien le había detenido un policía de paisano.
Las puertas se cerraron con un ruido amortiguado y caro, y de repente se
hizo el silencio. El coche olía a cuero y no contenía nada salvo a la señora
Tray nor y a mí. No había envoltorios de caramelos, ni barro, ni juguetes
perdidos, ni ambientadores para disimular el olor del cartón de leche que se había
caído hacía tres meses.
—Creía que tú y Will os llevabais bien. —Hablaba como si se dirigiera a
alguien situado frente a ella. Como no respondí, añadió—: ¿Hay algún problema
con la paga?
—No.
—¿Necesitas más tiempo a la hora de comer? Soy consciente de que es un
descanso corto. Le podría pedir a Nathan que...
—No es el horario. Ni el dinero.
—Entonces...
—En realidad, no quiero...
—Mira, no me puedes entregar una renuncia de efecto inmediato y esperar
que ni siquiera te pregunte qué diablos ocurre.
Respiré hondo.
—Las oí. A usted y a su hija. Anoche. Y no quiero... No quiero ser parte de
ello.
—Ah.
Guardamos silencio. El señor Grisham trataba de abrir a mamporros la
puerta de entrada mientras la señora Grisham le arrojaba a la cabeza todo lo que
encontraba. La elección de los proy ectiles (papel higiénico, cajas de tampones,
la escobilla del váter, frascos de champú) indicaba ahora que se encontraba en el
baño.
—Por favor, no te vay as —dijo la señora Tray nor, en voz baja—. Will está a
gusto contigo. Más de lo que le he visto en mucho tiempo. Yo... Sería muy difícil
para nosotros encontrar a otra persona con quien se sintiera así.
—Pero... lo van a llevar a ese lugar donde la gente se suicida. Dignitas.
—No. Voy a hacer todo lo que esté en mis manos para que no vay a.
—¿Como qué? ¿Rezar?
Me lanzó lo que mi madre habría descrito como una mirada de los viejos
tiempos.
—A estas alturas, supongo que ya sabes que si Will decide retraerse en sí
mismo los demás no podemos hacer gran cosa al respecto.
—Ya lo comprendo todo —dije—. Yo estoy ahí para que no les engañe y lo
haga antes de los seis meses. Es eso, ¿no?
—No. No es eso.
—Por eso no le importaba mi experiencia laboral.
—Pensé que eras inteligente, alegre y distinta. No parecías una enfermera.
No te comportabas... como las otras. Pensé... Pensé que lo animarías. Y no me
equivoqué: está más animado contigo, Louisa. Al verlo ayer sin esa barba
espantosa... Parece que eres una de las pocas personas a quien escucha.
La ropa de cama salió por la ventana. Cayó hecha una bola y las sábanas se
extendieron con elegancia antes de llegar al suelo. Dos niños cogieron una y
comenzaron a correr con la sábana por encima de la cabeza.
—¿No cree que habría sido justo mencionar que yo estaba ahí para evitar un
suicidio?
El suspiro de Camilla Traynor fue el sonido de alguien obligado a explicar
algo con amabilidad a una imbécil. Me pregunté si sabía que todo lo que decía
hacía sentirse como idiotas a sus interlocutores. Me pregunté si era un rasgo que
cultivaba deliberadamente. No creía que yo fuera nunca capaz de hacer sentirse
inferior a alguien.
—Tal vez eso fuera así al principio..., pero tengo plena confianza en la palabra
de mi hijo. Me ha prometido seis meses, y eso es lo que me va a conceder.
Necesitamos ese tiempo, Louisa. Necesitamos ese tiempo para inspirarle la idea
de que hay una posibilidad. Esperaba plantar la idea de que existe una vida que
podría disfrutar, aunque no fuese la vida que él había planeado.
—Pero es todo mentira. Me ha mentido a mí y se están mintiendo unos a
otros.
No dio muestras de haberme oído. Se giró para mirarme, al tiempo que
sacaba la chequera del bolso. Ya tenía un bolígrafo en la mano.
—Mira, ¿qué quieres? Te voy a doblar la paga. Dime cuánto quieres.
—No quiero su dinero.
—Un coche. Prestaciones. Extras...
—No...
—Entonces..., ¿qué puedo hacer para que cambies de opinión?
—Lo siento. Yo no...
Hice ademán de salir del coche. Su mano salió disparada. Y se quedó ahí, en
mi brazo, extraña y radiactiva. Ambas la miramos fijamente.
—Firmó un contrato, señorita Clark —dijo—. Firmó un contrato en el que
prometía trabajar para nosotros durante seis meses. Según mis cálculos, solo han
pasado dos. Lo único que le exijo es que cumpla con sus obligaciones
contractuales. —Su voz se crispó. Bajé la vista a la mano de la señora Tray nor y
vi que estaba temblando—. Por favor. —La señora Traynor tragó saliva.
Mis padres nos miraban desde el porche. Los vi, con las tazas en las manos, y
eran las únicas dos personas que daban la espalda al teatro de la puerta de al lado.
Se dieron la vuelta, torpemente, cuando notaron que los había visto. Mi padre, me
fijé, llevaba las zapatillas a cuadros con manchones de pintura.
Giré la manilla de la puerta.
—Señora Traynor, no puedo quedarme de brazos cruzados y mirar... Es
demasiado raro. No quiero ser parte de ello.
—Piénsalo. Mañana es festivo: le voy a decir a Will que tienes un
compromiso familiar si necesitas tomarte un tiempo. Cuentas con el fin de
semana para reflexionar. Pero, por favor, vuelve. Vuelve y ayúdale.
Volví a casa sin mirar atrás. Me senté en el salón, con la mirada puesta en la
televisión mientras mis padres me seguían adentro, intercambiaban miradas y
fingían que no me estaban observando.
Pasaron casi once minutos hasta que por fin oí el coche de la señora Tray nor
arrancar y alejarse.
A los cinco minutos de haber llegado a casa, mi hermana vino a enfrentarse
conmigo, tras subir la escalera dando pisotones e irrumpir en mi habitación.
—Sí, por favor, entra —dije. Yo estaba tumbada en la cama, con las piernas
estiradas en la pared, mirando al techo. Llevaba leotardos y pantalones cortos
azules con lentejuelas, que en esa postura rodeaban de forma muy poco atractiva
el principio de mis muslos.
Katrina se quedó en el umbral.
—¿Es verdad?
—¿Que Dympna Grisham por fin ha echado a ese marido inútil y
mujeriego...?
—No te hagas la listilla. Lo de tu trabajo.
Repasé el dibujo del papel pintado con el dedo del pie.
—Sí, he entregado la renuncia. Sí, sé que mamá y papá no están muy
contentos. Sí, sí, sí, sea lo que sea lo que me vayas a gritar.
Cerró la puerta con cuidado detrás de sí, se sentó en un extremo de la cama,
pesadamente, y exclamó con energía:
—No puedo creerlo.
Dio un empujón a mis piernas, que cayeron de la pared, de modo que casi
acabé tumbada en la cama. Me incorporé.
—Ay.
—No puedo creerlo. —Tenía la cara de color púrpura—. Mamá está hecha
polvo. Papá finge que no, pero también está hecho polvo. ¿Qué van a hacer
respecto al dinero? Ya sabes que a papá le da miedo perder su puesto. ¿Por qué
diablos tienes que renunciar a un trabajo perfectamente digno?
—No me sueltes un discurso, Treen.
—Bueno, ¡alguien tiene que hacerlo! No vas a ganar tanto dinero en ninguna
otra parte. Y ¿cómo va a quedar en tu currículo?
—Vamos, no finjas que no se trata de ti y lo que tú quieres.
—¿Qué?
—No te importa lo que yo haga, siempre y cuando puedas ir a resucitar tu
carrera de altos vuelos. Solo me necesitas para que dé dinero a la familia y
pague la guardería. Y a la mierda todo lo demás. —Sabía que mis palabras eran
desagradables e hirientes, pero no logré contenerme. Al fin y al cabo, fueron los
problemas de mi hermana los que nos habían metido en este brete. De mi interior
comenzaron a supurar años de resentimiento—. Todos tenemos que aguantarnos
con nuestros trabajos de mierda para que la pequeña Katrina vaya a cumplir sus
sueños.
—No se trata de mí.
—¿No?
—No, se trata de ti, que no conservas ni el único trabajo decente que te han
ofrecido en meses.
—No sabes nada de mi trabajo, ¿vale?
—Sé que pagaban mucho más que el salario mínimo. Y eso es todo lo que
necesito saber.
—El dinero no lo es todo en la vida.
—¿De verdad? Ve abajo y díselo a mamá y a papá.
—No te atrevas a soltarme tus discursos de mierda sobre el dinero cuando tú
no has pagado ni una maldita cosa en esta casa desde hace años.
—Ya sabes que no puedo permitirme gran cosa por Thomas.
Comencé a empujar a mi hermana hacia la puerta. No recordaba la última
vez que le había puesto una mano encima, pero en ese momento quería golpear a
alguien con todas mis fuerzas y me asustó que se quedara ahí, frente a mí.
—Vete a la mierda, Treen. ¿Vale? Vete a la mierda y déjame en paz.
Cerré de un portazo en su cara. Y, cuando al fin oí cómo se alejaba despacio
por las escaleras, preferí no pensar en qué les diría a mis padres, en cómo lo
considerarían una prueba más de mi catastrófica incapacidad para hacer algo
con mi vida. Preferí no pensar en Sy ed, de la Oficina de Empleo, y en cómo le
explicaría mis motivos para dejar este trabajo tan sencillo y bien pagado. Preferí
no pensar en la fábrica de pollos y en que, en algún rincón de sus entrañas, aún
habría un mono de plástico y un gorro desechable con mi nombre en ellos.
Me tumbé y pensé en Will. Pensé en su furia y en su tristeza. Pensé en lo que
había dicho su madre: que yo era una de las pocas personas a quien escuchaba.
Pensé en cuando trató de contener la risa al escuchar la Canción de Molahonkey
una noche en que la nieve caía dorada tras la ventana. Pensé en la piel cálida y el
cabello suave y las manos de alguien muy vivo, alguien mucho más inteligente y
divertido de lo que sería y o nunca y que aun así no veía un futuro mejor que
borrarse de la faz de la tierra. Y, por fin, la cabeza hundida en la almohada, lloré,
porque de repente mi vida era mucho más lóbrega y complicada de lo que
habría imaginado, y deseé volver al pasado, cuando solo me preocupaba si Frank
y yo habíamos pedido bastantes panecillos.
Alguien llamó a la puerta.
Me soné la nariz.
—Vete a la mierda, Katrina.
—Lo siento.
Me quedé mirando la puerta.
Su voz sonaba apagada, como si tuviera los labios pegados al ojo de la
cerradura.
—He traído vino. Mira, déjame pasar, por el amor de Dios, o mamá me va a
oír. Tengo dos tazas de Bob el Constructor metidas en el jersey, y y a sabes cómo
se pone cuando nos pilla bebiendo arriba.
Bajé de la cama y abrí la puerta.
Mi hermana vio mi cara, bañada en lágrimas, y enseguida cerró la puerta
detrás de ella.
—Vale —dijo, y desenroscó el tapón y me sirvió una taza de vino—, ¿qué ha
pasado realmente?
Miré a mi hermana con intensidad.
—No le digas a nadie lo que voy a contarte. A papá nunca. Y menos aún a
mamá.
Y se lo conté.
Tenía que contárselo a alguien.
Había muchas cosas de mi hermana que no me gustaban. Hace unos pocos años
mantenía una lista donde garabateaba con ganas mis razones. La odiaba porque
tenía el pelo liso y grueso, en tanto que al mío se le abrían las puntas en cuanto
me llegaba al hombro. La odiaba porque era imposible contarle nada que no
supiera ya. La odiaba porque, a lo largo de mis años escolares, todos los
profesores insistían en explicarme en voz baja qué inteligente era mi hermana,
como si esa inteligencia no me condenase a vivir para siempre a su sombra. La
odiaba porque a los veintiséis años y o aún dormía en el trastero de un adosado
para que ella y su hijo ilegítimo descansaran en la habitación más amplia. Pero
de vez en cuando me alegraba de que fuera mi hermana.
Porque Katrina no gritaba horrorizada. No se escandalizaba, ni insistía en
contarle todo a mamá y a papá. No me dijo ni una vez que me había equivocado
al marcharme.
Tomó un generoso sorbo de su taza.
—Caramba.
—Ni más ni menos.
—Además, es legal. No se lo pueden impedir.
—Lo sé.
—Mierda. Ni siquiera sé qué pensar.
Nos habíamos tomado dos tazas mientras le narraba la historia y sentí que
tenía las mejillas acaloradas.
—Odio pensar que le estoy abandonando. Pero no puedo ser parte de esto,
Treen. No puedo.
—Mmm. —Mi hermana estaba pensando. De hecho, tiene una « cara de
pensar» . Al verla así, la gente espera para no interrumpirla. Mi padre dice que
cuando y o pongo cara de pensar parece que tengo que ir al baño.
—No sé qué hacer —dije.
Alzó la vista y su rostro se iluminó de repente.
—Es muy sencillo.
—Sencillo.
Sirvió otras dos tazas de vino.
—Huy. Parece que nos la hemos terminado. Sí. Sencillo. Tienen dinero,
¿verdad?
—No quiero su dinero. Me ofreció un aumento. Pero no se trata de eso.
—Cállate. No es para ti, niña tonta. Ellos tendrán su dinero. Y él tendrá un
montón por el seguro, tras el accidente. Bueno, diles que quieres un presupuesto y
emplea ese dinero, y esos..., ¿cuánto era?, esos cuatro meses que te quedan. Para
que Will Tray nor cambie de idea.
—¿Qué?
—Para que cambie de idea. Dijiste que pasa casi todo el tiempo en la casa,
¿verdad? Bueno, comienza con algo sencillo, y luego, una vez que y a esté
cómodo al salir, piensa en todas las cosas fabulosas que podrías hacer por él, todo
aquello con lo que le entrarían ganas de vivir (aventuras, viajes al extranjero,
nadar con delfines, lo que sea) y hazlo. Yo te ayudo. Voy a buscar cosas en
Internet en la biblioteca. Te apuesto algo a que encontraremos cosas maravillosas
para él. Cosas que le harían feliz.
Me quedé mirándola.
—Katrina...
—Sí. Lo sé. —Sonrió, al mismo tiempo que y o—. Soy un puto genio
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